viernes, 24 de diciembre de 2010

Otra historia diferente de Navidad


Supongamos, por un instante, que la historia se repitiese hoy otra vez. O mejor aun, que nada hubiese pasado en su momento y que todo sucediese ahora, en este tiempo y por primera vez. Puede que fuese algo parecido a esto. O puede que no:

Éranse una vez un buen tipo llamado Emilio y su bella mujer, Sara. Ambos residían desde hacía ya algún tiempo en un piso de protección oficial de escasos 48 metros, sin trastero ni garaje y con una docena de graves defectos de construcción de los que constructores y promotores, miserables ellos a rabiar, se habían desentendido, entre otras cosas, llevando a una quiebra intencionada sus empresas. El piso les tocó en un sorteo algo amañado, porque Emilio tenía un viejo amigo que militaba en Izquierd Unida y aquel día la suerte se puso de su parte. Bueno, la suerte y su amigo, que además de militar en dicho partido, era o había sido concejal de festejos, bulerías y jolgorios y tenía contactos hasta en el infierno, detalle este último que no le hacía demasiada gracia a Sara. El infierno no era para nada de su agrado. 

Sara no era virgen, o eso contaba su exnovio por los rincones y tabernas del pueblo, aunque mirándola fijamente a los ojos, nadie sería capaz de creerse que una mujer tan guapa, atractiva, brillante y especial, fuese capaz de hacer depende qué barbaridades y cochinadas con su cuerpo, razón por la que todos, incluido su propio esposo, pensaban y asumían que en realidad lo era. Claro, que su marido, con más razón que el resto, pues sabía que con su mísero sueldo en la sección de carpintería del Leroy Merlín, ni condones, ni pastillas, ni díus, ni leches de soja o similar. Y además, este todavía no se había definido sobre si de verdad le gustaban los tronchos o le gustaban las berzas y no estaba el hombre muy por la labor de tener que consumar. Ajo y agua, vamos. O todo eso se rumoreaba al menos por el Radio Patio de la escalera de esta, su comunidad, no vayan a pensar que me lo invento. Por ello y solo por ello, el día que Sara le contó lo de su extraño embarazo, Emilio se mosqueó. Tampoco se creyó la historia aquella que le contaba Sarita sobre una paloma, más que nada porque desde hacía ya un par de años, no quedaban palomas en la ciudad. Un Decreto, aprobado por mayoría en pleno del Ayuntamiento, las había eliminado a todas por razones higiénico sanitarias. Vamos, lo que viene siendo una especie de lavado de imagen municipal que, sin embargo, permitía otras plagas aun peores. Aun así y por no hacer demasiado el primo, ambos, Sara y Emilio, acordaron contar esa versión como real. Aunque a última hora decidieron cambiar a la paloma por una gaviota, por aquello de que ya no quedaban palomas por culpa del Decreto y que a lo mejor alguien dudaba entonces de la historia, y como vivían cerca de la costa, sería algo más creíble el lío aquel, lío que a simple vista, podría resultar un poco increíble. Algunos decían que en realidad lo de la gaviota tenía mucho que ver con el gobierno que en ese momento estaba en el poder, pero nunca entendí ese parecido entre gobierno y gaviota. Aun así, casi nadie les creyó, pero como buenos falsos que somos los humanos y sobre todo por no pararse a pensar más de la cuenta, algo totalmente incompatible con la fe, todos dieron por buena la explicación y atacaron verbalmente a aquellos que dudaron de la historia en público, llamándoles blasfemos, herejes y cosas del estilo. Dieron por buena la explicación, evidentemente, cuando había terceros delante. De lo contrario, eran el hazme reír del pueblo, las cosas como son. -Una gaviota... Embarazada por una gaviota... Ja! Venga ya!- se escuchaba a menudo en los corrillos de confianza y a las salidas de misa de 12, donde se reunían muchas de aquellas marujas más preocupadas en ver como iban vestidas la Josefa y la Pilar, que en escuchar la palabra de Dios. 

El embarazo no tuvo complicaciones, aunque cierto es que al hacerse Sara la amniocentesis, una prueba relativamente importante que su maltrecha y vapuleada sanidad pública no cubría y tuvo que pagarse de su pobre bolsillo, le detectaron algo raro. -El niño viene sano, pero hay algo que no entendemos y no sabemos lo que es. Este niño es especial. Está como iluminado-, les dijeron los médicos un tanto asombrados. Y para enredar las cosas un poco más, añadieron que el ecógrafo no detectaba con claridad el latido de su corazón, pero si se acercaban mucho al altavoz del aparato, se escuchaba un susurro que decía algo así: -como me hagáis daño, os las vais a ver con mi padre, panda capullos-. Para bien o para mal, al final nadie le dio importancia a lo del susurro aquel y lo que hicieron fue comprar un ecógrafo nuevo y aquel enviarlo a Cuba con una pegatina en el dorso que ponía "averiado, pero sirve". El cuñado de uno de los asesores del consejero de Sanidad y militante de su mismo partido, imputado, por cierto, en un caso de corrupción hace un par de años y que tenía una empresa que fabricaba mascarillas de la gripe A, medicamentos genéricos y ecógrafos, se puso muy contento y adelantándose al resto de ciudadanos, afirmó ser ya un fiel creyente de una religión que aun no existía, al tiempo que se frotaba las manos mientras le salían simbolitos del euro y el dolar por las pupilas de sus ojos.

Llegó el día de dar a luz y la verdad es que todo fue un caos. Un verdadero caos. Sara rompió aguas una tarde fría de invierno y nada más percatarse, fue el propio Emilio  quien la llevó en su Renault Megane a las urgencias de maternidad del hospital, pero como era Nochebuena, allí no había nadie, salvo un vigilante de seguridad que encima se les puso agresivo y borde porque aparcaron el coche en ralla amarilla. Un cartel en la puerta decía que estaban en huelga, porque desde el Parlamento les habían obligado a trabajar aquella noche y esa jornada era para estar en familia cenando langostinos a la plancha, percebes y turrón, aunque nadie sabía explicarse un porqué. Sara y Emilio corrieron entonces, de nuevo en su Megane destartalado, a dar a luz al calor de su hogar. En aquel pisito de 48 metros de protección oficial que habían conseguido gracias a sus buenas amistades. Y el niño nació en casa gracias a la ayuda de sus vecinos, algunos ya borrachos como cubas y rebozados de una cosa absurda y extraña de colores llamada espumillón, aunque ninguno sabía qué coño estaban celebrando, porque la Navidad en sí no existía todavía. Y gracias también a una matrona que contrataron "in extremis" por 800 euros, a la que llamaron gracias un papelito que arrancaron del tablón de anuncios de corcho del hospital y a la que pagaron sus honorarios gracias a un telemaratón urgente organizado por Tele5 y presentado por una tal Mercedes Milá, vestida de lechuga de oreja de burro y por un tal Jordi González, con la condición de sacar el caso durante setenta semanas seguidas en un programa llamado "Basura Sálvame" y resúmenes diarios después de las noticias de las nueve de la noche. Todo salió bien en el parto y uno de sus vecinos les hizo poco después una foto como recuerdo con su Canon Digital de 29 millones de megapixeles, procesador de 20 núcleos y sistema de plutones interactivos, que nadie sabía lo que eran, pero quedaban muy cucos en la publicidad de Media Martk. La estampa era preciosa: Sara y Emilio rodeando la pequeña minicuna de Jané, imitación a pesebre de paja, con inserciones en madera y aluminio y sonido dolby sourround, en la que descansaba el pequeño, al que en un principio iban a llamar Jesús, porque era un nombre que le gustaba mucho a Ana, su abuela materna, y después Brian, debido a una película basada en hechos medio reales que hacía poco se había bajado Emilio del Emule, la cual le había hecho partirse de risa, aunque a Sara no le hacían ni puta gracia, ni el largometraje en sí, ni el nombre del susodicho, por lo que al final y de mutuo acuerdo, le llamaron Borja Mari. En aquel precioso retrato que les sacó su vecino del sexto, el mismo que les había regalado un carrito de paseo imitación a Bugaboo, posaban también sus dos perritos coquer y un gato callejero de color marrón que tenían en casa desde hace dos años, todos sentados junto a ellos y mirando a Borja Mari tiernamente. Años después, sería esta misma foto la que usarían para recordar a sus amistades el cumpleaños del pequeño Borja. Algunos amigos, encantados con la idea, moldearon hasta figuritas de pvc con la estampa, que colocaban en sus casas cada cumpleaños. Lo que nunca entendí, fue lo de la figurita aquella del vecino del tercero C cagando en el rellano. Caganet, le llamaron después. 

Entre alegrías y alborotos, algún vecino debió gritar de repente algo acerca del Rey y Emilio muy contento preguntó -¿Vienen los Reyes Magos a ver a mi hijo?-, -No, que empieza en La Primera el mensaje del Rey-, contestó el mismo que había hecho el comentario. Y todos se sentaron a ver el monólogo en la tele, como si del club de la comedia se tratase. Todos menos Borja Mari, que se quedó en su cuna de imitación a pesebre jugando al Walking Dead con su Nintendo 3DS. Puede costar creerse esto último, pero no conviene olvidar que estamos hablando de un bebé que en realidad era más que un simple niño. Borja Mari podía jugar con la Nintendo, milagrosamente, incluso con la batería totalmente descargada. 

Sara tampoco se sentó a ver el monólogo del Rey, ya que últimamente y sobre todo después del parto, se había vuelto algo rebelde. Prefirió asomarse a la ventana para tomar un poco el aire, hasta que una inmensa luz llamó su atención. -¿Será una estrella que viene a guiar a la gente que venga a ver a mi hijo?- Uno de aquellos vecinos, el que más listo se creía por aquello de que había estudiado frente a un colegio de pago, corrió a corregirla y le aseguró que aquella luz era Venus, por eso brillaba tanto. Y es que esto sucede a menudo. Tú te sientas tranquilamente para relajarte un rato mirando las estrellas y siempre aparece el típico listo que te dice lo de Venus y te jode tu relax. Aunque otros te dan la chapa de igual manera, pero con el rollo de la osa mayor, el carro o lo del avión. En realidad, aquella luz que llamaba la atención de Sara, ni era Venus, ni era una estrella, ni tampoco un avión; era una antena de los miserables de Vodafone que había en lo alto del edificio del BBVA, la cual habían decorado con una luz gigante que se movía en todas las direcciones para llamar la atención. Pero cierto es que dicen que la fe a veces mueve montañas y quien sabe... Esta es una de las razones por las que no entiendo que todavía a día de hoy, se sigan cavando túneles para hacer carreteras, autopistas y vías de tren, cuando lo más sencillo y barato sería sentarse y creer, creer mucho y tener mucha fe para que las montañas se abran por sí solas en lugar de tener que agujerearlas. Pero no, en lugar de usar la fe, seguimos usando excavadoras. A lo bruto. Como si todos fuésemos vascos. O más concretamente, de Bilbao. 

Fueron pasando los años y Borja Mari fue creciendo, hasta que un día empezó a ir al colegio. Allí, sus compañeros, malvados niños donde los haya, no tardaron en ponerle, vete a saber porqué razón, el mote de El Mesías. A Borja Mari no le gustaba mucho estudiar, aunque siempre sacaba buenas notas en todos los exámenes. Algunos decían que tenía un don divino incomprensible. Otros, los que más, que Borja era el niño preferido de la señora directora, única religiosa que quedaba ya en aquel centro de enseñanza concertado de monjas, donde solo daban clase profesores eventuales y malhumorados, puesto que los que tenían su plaza fija en aquel centro, o estaban de baja por estrés o estaban liberados para poder acudir a clases de euskera. ¿O eran clases de arameo? En esta parte, la verdad, sí que me lio siempre un poco, pero creo que es un dato que carece de importancia.

Un buen día, siendo aún adolescente, a Borja Mari le dio por no afeitarse y por dejarse el pelo largo. Muy largo. Una mañana de aquellas, tuvo un par de llamadas a su iPhone de un tipo que le dijo ser el mánager de Barón Rojo, explicándole este que necesitaban un nuevo batería para el grupo, ya que el anterior se había ido de gira con Pablo Alborán, pero Borja Mari no quería saber nada, además, que no sabía tocar la batería, que ni mucho menos era heavy y que a ese grupo no lo conocía de nada, aunque sí que conocía al Alboran, puesto que sus canciones le ayudaban a dormir. Fue por entonces cuando, agobiado de la gente, se juntó con los colegas del tío aquel de lo de <>, a los que conoció de compras en un outlet, y tras docena y media de petas, empezó a decir que era el hijo del padre. O el hijo y el padre. O el hijo, el padre y la gaviota. Y no se qué de una tal Trinidad. O Santa Trinidad. O algo así, que yo aquí también me lié y decidí no hacer preguntas. Si total, nadie me hubiese sabido responder y los crédulos y fanáticos hubiesen empezado a pegarme la tabarra con el rollo de la fe. Pero como era evidente, nadie le creyó. Ni siquiera Doña Angustias, la directora religiosa del colegio que, <>, llamó una tarde a Emilio y a Sara y les dijo que su hijo debía ingresar en un psiquiátrico cuanto antes, ya que se creía un ser único, divino y superior. Y le encerraron. Vaya que si le encerraron. Camisa de fuerza, habitación blanca y acolchada, ventanas con candados, música de Pablo Alboran, Alex Ubago y demás. 

Años después, le dieron por sanado. Una buena terapia y docenas de miles de millones de ansiolíticos y antidepresivos, le ayudaron hasta tal punto que le hicieron olvidar el mensaje que supuestamente tenía que darnos a toda la humanidad. Y volvió a su casa con su adorable familia. Tras doce o trece millones de Curriculums en los que mintió como un bellaco poniendo incluso que había acabado teología a distancia por el CCC y que había trabajado de asesor comercial en el Vaticano Bank, encontró un trabajo de dependiente -  doblador de camisetas en el grupo Inditex. Y una tarde, jornada de huelga en el comercio, luchando por sus derechos, por no abrir los domingos y festivos y por mejorar la mierda de convenio que tenían, fue detenido por la policía acusado de romper escaparates arrojando arquetas. Creo que era por Semana Santa o así, aunque esta aun tampoco existía. Su encargada de zona, al reconocerle rompiendo los escaparates, gritó: -que lo crucifiquen! que lo crucifiquen!-, aunque como todo el mundo sabía que aquella mujer era demasiado malvada y un tanto hija de puta, más o menos como casi todas, que no todas, las encargadas del mismo grupo, que se se creen mierda sin llegar a pedo, nadie la hizo caso y Borja Mari solo se comió varios días de interrogación en un sucio calabozo lleno de tierra y paja. La primera noche de calabozo, a Borja Mari le permitieron hacer una llamada, por lo que optó por llamar a Emilio, su padre, quien era sindicalista, de Comisiones Obreras creo, que además estaba liberado, y mirando muy serio Borja hacia el techo le dijo: -padre, ¿porqué me has abandonado?-

Le soltaron al tercer día, sin ni siquiera tener que declarar ante el juez, puesto que el que estaba guardia, pasaba esos días de vacaciones de semana santa en la casa de la costa de una tonadillera muy famosa, en compensación a una sentencia muy comentada en televisión, que le había librado del talego también. Lo primero que hizo Borja Mari al abandonar el calabozo, fue ir al bar de Mauricio Colmenero a desayunar. Allí se pidió un orujo con ginebra y el camarero, un extraño coreano al que llamaban machupichu, le dijo: - coño, Borja, si esto resucita a un muerto! - . - Por eso, por eso - respondió Borja Mari. 

Del resto poco puedo decirles, pues no se más. Algunos hablan de apropiación indebida de derechos de imagen de Borja Mari por parte de señores con sotanas que huelen misteriosamente a muerto, otros hablan de inquisiciones disfrazadas de santas, dictaduras, abusos de menores, creación de un extraño y pequeño estado dentro de otro estado y con más poder que todo el resto de estados juntos, dinero negro y demás, pero como de eso no hay nada demostrado, no nos lo podemos creer. Eso sí, todo lo demás, aunque tampoco se pueda demostrar, hay que tener fe ciega en ello. 

Hoy, Borja Mari celebra su cumpleaños y está de baja, otra vez por depresión. Feliz Navidad.

martes, 21 de diciembre de 2010

Una de ascensores



Un cartel en los accesos de cada planta recuerda las prioridades. Ancianos o personas con limitaciones, sillas de ruedas y carritos de bebé. Tonto el que no lo entienda, vamos. Un servidor, acompañado de uno de estos carritos de bebé en el que descansa mi pequeño tesoro con forma de niño, aprieta el botón de bajada y espera al ascensor. Hablemos de cualquier centro comercial de esos donde uno acude en masa a dejarse los cuartos por culpa del sistema y de la puta comodidad, para que cuatro mierdas con más talegos que todos sus potenciales clientes sigan haciendo caja a destajo a la vez que lloran por culpa de una crisis inventada que en realidd no va con ellos. Aunque también podría aplicarse al ascensor aquel que me lleva a las profundas entrañas del metro de mi ciudad. Única forma de acceder muchas veces cuando uno acude con semejantes artilugios o limitaciones a uno de estos lugares.

Junto al mismo que ahora escribe, cuatro adolescentes con cara de pajilleros y tres fulanas de mediana edad emperifolladas hasta la médula, cargando con una decena de bolsas llenas de trapos o lo que sea, hacen lo propio. Esperar al ascensor. Mientras, tampoco está de más decirlo, las fulanas ponen a caer de un guindo a una cuarta que no está. Típico entre mujeres. Pero no me llamen machista, que no lo soy. Si acaso un tanto realista. Y llega el ascensor. Se abren las puertas y a pesar de que se apea una pareja aparentemente sana y con buena pinta, el trasto va hasta las patas, por lo que ni los pajilleros, ni las fulanas, ni mucho menos el menda con su carrito, hacemos el mínimo esfuerzo por entrar. Aunque antes de cerrarse las puertas para seguir su breve viaje entre plantas, tengo tiempo para observar que aparte de otro carrito de bebé, el aparato va ocupado por gente de lo más normal. De la que podría subir y bajar por las escaleras sin aprieto alguno. Que encima las de ese centro comercial son mecánicas y el esfuerzo sería mínimo, excepto para salvar el medio metro que uno ha de caminar entre plantas para hacer la tan dura tarea del transbordo entre escalera y escalera. Pobres...

Vuelvo a apretar el botón de bajada. El de la flechita hacia abajo. Porque estas máquinas tienen memoria, son inteligentes y todo lo que nos vendan, pero no son tan listas como para saber que todos, pajilleros, divinas de la muerte y el que narra, nos hemos quedado con las ganas de subir al ascensor en aquel rellano. Junto a los baños de la cuarta planta del centro comercial. Con el inconveniente de que a cada rato, va llegando gente y más gente. Y como siempre, sucede que hay alguno más tonto que otro, porque al final aparece aquel tonto a las tres que aprieta botones a destajo. El de subir y el de bajar. Y porque no hay más. En realidad el membrillo lo que quiere es bajar, pero no se qué cojones tendrán esos botones, que siempre hay alguien que tiene que meter el dedo e iluminarlo todo. Total, que al momento abre sus puertas otro ascensor, pero no baja. Sube. Y encima, aunque poco nos importa esta vez, va lleno también. Eso sí, ni una silla.

Sigue acumulándose gente y a uno se le infla la vena y le entran ganas de meter fuego a la mierda de centro comercial con todos sus accionistas dentro, pero con la silla de mi niño a cuestas me iba a resultar complicado escapar de allí, por lo que desisto y mi mente vuelve a la realidad. Y además, qué coño, que ladro mucho, pero tampoco soy tan malo. Y ahí que llega por fin otro ascensor. Esta vez baja, pero de nuevo hasta las cartolas de gente. Más pajilleros. Niñas de las que seguro gritan y lloran con Justin Bieber o con Take That. Un par de señoras con su abrigo en la mano y un señor de traje, que no sé porqué, me da que trabaja allí, pues huele a vendedor brasas a comisión que jode. Pero queda hueco. Poco, pero algo queda. Los cuatro adolescentes no hacen ni el amago, pero las tres payasas que no han dejado de criticar a la Josefa -ya la han nombrado siete u ocho veces-, corren para entrar. -Me cago en los rizos de David Bisbal! Ostias, que yo he llegado primero- suelto de mala ostia, pero las muy perras ni se inmutan. Se acomodan dentro y siguen a lo suyo. Bla, bla, bla y tal y tal. En estas cojo yo con el carrito de mi nene y sin pensármelo ni un segundo, arranco picando rueda y casi de trompo me meto dentro. Aplasto bolsas y barrigas, golpeo espinillas con la silla, blasfemo en ruso y en arameo y tenemos la fiesta en paz porque nadie dice nada. Mi cara de perro mal domado ya lo dice todo. Las gilipollas de las bolsas dejan de hablar de Josefa, la cuarta que no está y de repente me miran y parecen regresar a la realidad, aunque seguro que las muy hijas de puta encima se piensan que yo soy un sinvergüenza. Y solo una de aquellas señoras que ya venía en el ascensor abrigo en mano, se aprieta un poco y se atreve a decir lo que yo ya he dicho antes: -la verdad es que somos la leche, porque nosotros tenemos las escaleras, que encima son mecánicas-. Yo sonrío y le añado: -el pan nuestro de cada día, señora. El pan nuestro de cada día-.

La guinda del pastel la ponen otros al llegar a la planta baja. Otros dos carritos con niños esperan para subir. No había acabado yo de sacar mi silla, cuando el ascensor ya estaba lleno de gente otra vez. Y la historia va y se repite, pero con otros protagonistas. Aquellos de las sillas se encabronan y vuelta a empezar. Me dieron ganas de meter baza, pero iba demasiado quemado y aquella en realidad no era ya mi guerra, así decidí seguir mi camino balbuceando de nuevo, eso sí: -el pan nuestro de cada día-. Y es que además de vagos, sinvergüenzas.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Famosillos, alcahuetas y otros derechos laborales



Que sea yo un defensor de los derechos laborales de la clase trabajadora, no es ningún secreto para nadie que me conozca al menos un poquito. Soy consciente además de que para tener muchas de las cosas que hoy tenemos a nivel laboral, otras generaciones lucharon lo suyo, a base de huelgas, encierros, pataletas, protestas varias y demás. Y aunque algún cantamañanas inorpotuno critique a menudo el trabajo sindical, gracias a ellos, nuestros derechos son algo más numerosos que hace quince, veinte o treinta años. Y el que lo dude, lo siento por su completa ignorancia. Aunque, y como en todo, no pongo en duda que hasta en los sindicatos más serios y peleones haya, no uno, si no mil garbanzos negros. Osea, completos miserables de mierda.

Por ello y por ser ejemplo a diario de nuestra televisiva sociedad, me molestan, y qué coño, me tocan ampliamente las pelotas, detalles puntuales de famosos o famosillos, alcahuetes o alcahuetillos, como el presentador de ese absurdo y patético programa bautizado como "Sálvame", el cual tras un accidente, aparece al día siguiente trabajando, o mejor dicho, dando la brasa y presentando su programa con un brazo escayolado a la birulé. Unos días más tarde, el mismo presentador aparece en su estúpido programa luciendo un aparatoso armatroste metálico del que salían media docena de varillas desde las mismísimas entrañas de las carnes de su brazo, cuando donde tenía que estar el susodicho, era descansando es su puta casa y con una baja médica laboral por su estado. Como hubiese hecho cualquier trabajador.

También me sacan de quicio aquellas mari marujonas, parásitos de la cutrevisión más hortera de todos los tiempos, tipo Carmen Alcaide o Marta López (ex Gran Hermano), las cuales lucieron embarazo colaborando o presentando abobinables programas hasta casi dar a luz. Que algún día acabaremos viendo a alguna gilipollas de estas pariendo sobre su mesa de charla-coloquio barato o bailando como las sin sentido esas del "vuélveme loca". Que me quedé de piedra encima cuando el otro día me enteré de que lo dirige una gachí que conozco personalmente, aunque de eso van ya muchos años y ni ganas de presumir de hazaña. No por ella, que parecía buena gente, sino por el programa. Y después, no contentas solo con casi parir en directo mientras nos nos torturan con títeres y abogados prófugos de una dudosa justicia, las sinvergüenzas estas vuelven a su puesto de trabajo a los pocos días de haber dado a luz, cuando donde deberían estar es compartiendo esos primeros ratos con sus retoños. Como cualquier madre a la que flaco favor hacen, por cierto, con dicha actitud.

Mención aparte tienen todos aquellos amagos de fósiles, sirva como ejemplo una tal Carmen Sevilla, la cual debe de rozar ya el siglo y pico de vida, que deberían de estar jubilados hace años, torrándose al sol de Benidorm, Ibiza o Salou, disfrutando del calor de sus nietos o paseando su garbo desgarbado allá por donde les plazca, pero dejando sobre todo, y esto es lo más importante, esos puestos de trabajo para gente más joven y capacitada.

Total, que tantos años de lucha sindical y tanta maraña, para que vengan toda esta recua de famosos y famosillos y se salten los derechos de los hombres y mujeres por el forro de las pelotas.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El curioso caso de Ibai



Ibai. Cuatro añitos. Demasiado joven para entender esto de la vida. Y demasiado pronto, como no, para saber de errores médicos y humanos.

Ibai. Cuatro añitos. Una revisión cotidiana con su pediatra. Un bulto en un costado. Una primera valoración por especialistas. Una delicada decisión. Un quirófano. Una intervención. Misión sencilla para quien vive de abrir y cerrar a humanos. Extirpamiento de un cuerpo extraño. Cuerpo consistente en un feto. Un nonato. Su hermanito no nacido. Desde hace cuatro años, sin saberlo ni él ni nadie, le acompaña y va creciendo. Extraño, pero real. Como la vida misma.

Ibai. Un niño. Feliz como tantos. Ya va al cole. Y canta. Rie. Grita. Llora. Juega. Y adora los columpios. O eso me imagino yo. Tras ser operado, surgen las inesperadas complicaciones. Un error. Un accidente quirúrjico. Un despiste. Una negligencia... Una putada. Que más da como se le llame cuando el daño ya está hecho.

Ibai. Cuatro añitos. Urge su traslado a otro centro de Madrid. Una ambulancia medicalizada se ocupa de ello. Toda mi vida escuchando a los que nunca voto que aquí tenemos la mejor sanidad del mundo y cuando vienen mal dadas, quien no acaba en Boston, acaba en Madrid. Otros con menos suerte, en sitios peores aun más fríos.

Ibai. Tan pequeño, que aun no sabe qué son los impuestos. Ni el trabajo. Ni el dinero. Ni un amigo de los de verdad. Tampoco sabe apenas nada de los palos de la vida. Ni conoce el amor, salvo aquel que a diario le profesan sus aitas y sus aitites. Desconoce que algún día puede que también él tenga hijos. Y los querrá con locura. Como ahora le quieren a él. Tan pequeño y poca cosa para todo y sin embargo está a la espera de un trasplante multiorgánico. Hígado. Páncreas. Intestino. Bazo... Un descuido al no unirle una arteria en la intervención, hizo que no le llegase oxígeno a sus órganos.

Ibai. Cuatro años. Un milagro hace que de la noche a la mañana, sus pequeños órganos comiencen a funcionar. Nadie se lo explica. Los médicos, dice la prensa, tampoco. Porque yo todo lo que cuento, lo saco de la prensa. Ni si quiera le conozco, pero eso poco importa. Sale del "nivel 0" de la lista de espera. El nivel más alto. Máxima prioridad. Solo es un niño. Y para ser trasplantado, otro niño ha de... (...)

Ibai. De Zaratamo. Cuatro años. Cuatro añitos. Hoy he leido que sus órganos han comenzado a funcionar. La misma arteria que mantuvo durante estos años a su hermanito en forma de feto en su costado, ha sido la que le ha hecho llegar el oxígeno que le faltaba a sus propios órganos.

Ibai. Cuatro añitos. No estaba solo. Tenía un hermanito que en el peor momento, quiso ayudarle. Aun no sabe nada de la vida y ya ha conseguido darnos a todos una lección de supervivencia. De lucha. Y de que los milagros existen. A veces la naturaleza demuestra más bondades que nosotros, los de carne y hueso. Los que nos creemos invencibles.

Ibai. Aun es pronto para alegrías, pero seguro que todo sale bien. Te lo mereces. Y tú puedes con todo. Nadie lo pone en duda. Estaremos pendientes.
 
_________________________________________________________


Esta entrada tiene solo la misión de informar y de dar a conocer el caso de Ibai Uriarte. La fotografía del niño que aparece en esta entrada ha sido sacada de la prensa digital(El Correo, Deia, Eitb) así como parte de la información. Gracias también a Ana (Sorgi Beltza) por tenerme informado.


________________________________________________________


Un día después de hacer pública esta entrada, las noticias no se antojaron alegres. Tras una intervención a Ibai en el hospital de La Paz de Madrid para comprobar el alcance de las lesiones, confirmaron que había que trasplantarle al menos cuatro órganos, por lo que de nuevo entró en lista de espera dentro del Nivel 0. El de Máxima Prioridad Nacional.

El día 29 de diciembre de 2010, Ibai fue trasplantado de los cinco órganos que finalmente necesitaba.

El día 15 de Abril de 2011, Ibai abandonaba el hospital de La Paz y regresaba a su casa de Zarátamo, en Bizkaia. Todo ha salido bien. No obstante, los trasplantes de órganos son un tratamiento, no una cura definitiva. Ahora deberá medicarse día tras día.

El 24 de Julio, cosas del azar, me encontré en un centro comercial con Ibai, con su hermano y con sus aitas, con los que tuve el gusto de charlar unos minutos y los que me hicieron saber que todo iba muy bien. A mediados de agosto volverían a Madrid para realizar una revisión, pero el estado anímico en general parecía bueno. Y pude ver a Ibai corriendo, jugando, riendo y escapando de su madre, la cual le preseguía con la merienda por el centro comercial. Como todos los niños. Y aunque esta era la primera vez en mi vida que yo veía a Ibai personalmente, sentí una emoción imposible de explicar.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Cuando seas padre, comerás huevos



Tuve la suerte de no tener que escuchar esta frase en mi casa jamás. O al menos nunca en serio. Quizás en alguna aislada ocasión y siempre entre risas y ratos poco serios. Y lo agradezco. Nunca tuve queja alguna de mis padres. Y me consta que ellos tampoco de mí, salvo en que en lo referente a los estudios, siempre fui algo patán. O te gusta o no te gusta. Y a mí no me gustó demasiado. Ahora ocupo el rol de padre y espero no utilizar tampoco esa frase jamás. Y es que como viene a decir Khalil Gibran en El Profeta (libro del que ya hablé en otra ocasión -gracias doblemente, Xaho-), nuestros hijos no son nuestros. Son los hijos de la vida. Vienen a través nuestro, pero no vienen de nosotros. Y aunque están con nosotros, no nos pertenecen. Podemos darles nuestro amor, pero no nuestros pensamientos. Podemos albergar sus cuerpos, pero no sus almas. Podemos esforzarnos por ser como ellos, pero no busquemos el hacerlos como nosotros. Nosotros somos el arco desde el que nuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.

Algún día abandonarán nuestra casa, que hasta entonces habrá sido también la suya,. Sin condiciones. Sin bravuconadas. Sin caudilladas tipo “esta es mi casa“. Sin la prepotencia paternal del “cuando seas padre, comerás huevos”. Como si ser padre le diera a uno derecho a gobernar de por vida la vida de otro. De tú a tú. De padre o madre a hijo. Con respeto. Pero respeto mutuo. No el de la fuerza. No el del miedo. Ni el de yo me como los huevos y te jodes que tú no. Abandonarán nuestra casa y entonces empezarán una vida sin nosotros. Formando una nueva familia. O lo que ellos quieran. Ley de vida. Puta vida. Para bien o para mal. Que está de sobra que a estas alturas venga yo con esto. Pero algunos ni aún así.

Alguno pensará que vaya progenitor de las pelotas. Que si la disciplina y tal. Educación y más educación. Respeto, misa del domingo, -buenos días, Padre Ernesto-, buena cara a los ancianos, camisa abrochada hasta el final y zapatos de charol. Como si el “ordeno y mando” fuese educación. Yo eso prefiero dejarlo para el ejército. Allá se apañen, que ahora van voluntarios y a mí ni me va, ni me viene. Pasé en su día el servicio militar rodeado de auténticos miserables que se creyeron mierda sin llegar a pedo y si de algo me alegro por mi hijo al respecto, es que jamás pasará por ello. O eso espero. Porque con los catetos y catetas que nos gobiernan, cualquier día nos lo instauran otra vez hasta sin ellos mismos darse cuenta. Pero este no es el tema, coño. Me pasa a menudo, que me lío, me caliento y se me escapa el tiro por la culata. Y al final acabo hablando de las calabazas que cultiva Goyo en la huerta de La Siebe. Qué barbaridad de calabazas, por cierto.

A lo que iba. Que no hablo aquí de permitirle a un hijo todo lo que quiera. Ni mucho menos. Que tiene que entender que las cosas no vienen del cielo. Que siempre hay que aceptar unas reglas de convivencia. Que nadie regala nada. Ni siquiera los sinvergüenzas de Vodafone, por mucha mierda que nos vendan por la tele (mira que les tengo asco…). Que ganar dinero cuesta mucho. A unos más que a otros. Que la vida no es un juego, aunque a veces sea importante saber jugar. Porque, y lo digo muy en serio, conozco niños, hoy mayores, a los que nunca les dejaron ni jugar. Que lo más importante es ser buena persona. Por encima de cualquier cosa. Por encima incluso del dinero. De la clase que uno tenga. Por encima de los estudios o la profesión. Que las etiquetas que se inventa otro me las paso yo por las pelotas. Y sobre todo, que sea siempre él. Que ningún mangurrino le diga como tiene que pensar. Y que mandar a la mierda de vez en cuando al que lo merece, no es faltar el respeto, ni mucho menos.

Siempre tuve la suerte de no escuchar jamás en mi casa aquello de que “cuando seas padre, comerás huevos”. También tuve la suerte de que nunca me faltó de nada. Quizás sea cierto que nunca me compraron el camión de juguete Pegaso de Rico, ni el tren eléctrico. Tampoco el Cinexín. Pero el mejor filete que fue a parar a la nevera, siempre fue para mí. Mi padre siempre lo reservaba. Incluso cuando ya no vivía bajo su techo.

Y tarde o temprano, mi hijo llegará una noche a casa con exceso de copas. Y yo le diré que eso no está bien. Poco más. Yo también lo hice. Y tú, así que no me vengas ahora con tu puta hipocresía. Le hablaré de las consecuencias del abuso. De que las drogas son una mierda y solo benefician al que las vende y al que las prohíbe. Y me gustará que estudie, lo que no hizo el payaso de su viejo. Y tendrá una edad en la que querrá marcharse de fin de semana. Con sus amigos. Con su chica. Con su rollito pasajero. Con la cartera llena de condones y la mochila de botellas. ¿Y qué le voy a decir? ¿Qué cuando se padre comerá huevos? Llevo un par de años siendo padre y toda una vida comiendo huevos. Así que guárdate tus consejos para tus hijos. No soy yo quien para decirte como educarlos. Pero apúntate esta y recuerda; tú tampoco eres nadie para decirme a mí como hacerlo con los míos. Mi hijo solo tiene dos años y lleva año y medio comiendo huevos. El tuyo los comerá y tú serás tan tonto que ni siquiera te enterarás.

viernes, 19 de noviembre de 2010


Que sí, que me lo dicen tantas veces, que al final me lo voy a acabar creyendo. Que soy raro. Pero no un raro cualquiera, sino un raro de verdad. Raro porque no me gusta el fútbol. Raro porque me aburre ver carreras, ya sean de coches o de motos, de bicicletas o de sacos. Raro porque no me siento identificado por ningún escudo ni camiseta, sea esta del equipo de mi pueblo o del equipo del pueblo de ahí al "lao" . Raro porque no sé jugar ni al tute, ni al mus y tampoco tengo ganas de aprender. Que odio los juegos de cartas, coño. Que sí, que vale, que soy muy raro. Raro porque el baloncesto me parece un coñazo y el tenis aun mucho más. Porque no me gustan los 40 Principales ni Cadena Dial. Porque odio Tele5 y no soporto los ladridos ni de Enrique Iglesias ni de David Bisbal. Raro de cojones porque no entiendo la competición. Porque abogo por la igualdad y en lo que yo entiendo por igual, nadie es mejor que nadie si la suerte no está de su favor. Raro porque me cabrea que todo dios sepa quien es Belén Esteban o Rafa o Nadal y solo unos pocos conozcan el trabajo de un tal Pedro Cabanas. Raro porque si me preguntan por Pedrosa, digo que es un pueblo de Burgos y si lo hacen por Hiniesta (o como se escriba), contesto que un pueblo de Zamora. Si, lo se, soy un tipo raro porque no me gustan las banderas, sean rojas, verdes o amarillas. Raro, porque ni patriota ni nacionalista. Raro porque odio ver la tele y a veces me gusta pasear en soledad observando cosas que ya las tengo vistas. Raro porque critico lo que no me gusta y protesto ante lo que considero injusto, en lugar de cerrar el pico y tragar mierda como hacen los borregos y alguno más que yo me sé. Raro porque aunque mi pasión sea la música, me revientan los productos creados bajo la tutela de un soplapollas experto en hacer dinero que se empeña en hacerme creer que esa mierda que suena por la radio previo pago es una canción. Raro porque aunque me siento estafado por los intocables de la SGAE, me sigo comprando aquellos discos que de verdad merecen ser comprados y no bajados de la red por la puta cara, porque en realidad eso es robar. Robar la creación de un artista. Raro porque no entiendo que haya una iglesia en cada pueblo y solo una ambulancia y un parque de bomberos por cada cincuenta pueblos o a veces más de cien.

Soy raro porque no me gusta la caza ni tampoco me hace gracia el cazador. Porque procuro no matar ni a las hormigas y porque no considero fiesta nacional el ver sufrir a un animal. Raro porque una vez visité el Guggenheim, salí de allí diciendo -vaya mierda- y me prometí no volverlo a visitar, salvo un compromiso, digamos que por obligación, como el que me llevó a hacerlo aquella primera vez. Raro porque me gusta el vino, pero me repatea toda la tontería que hay alrededor de él. Porque el vino sabe a uva, no a cereza. Y su color es el de la uva, no el de la cereza. Y todos los vinos son afrutados, porque todos salen de una fruta llamada uva, menos la mierda de Don Simón y alguno más que venden en brik, que salen de vete tú a saber donde. Y ni son vinos, ni son "ná". 

Lo reconozco. No me queda otra. Soy raro. Raro de cojones. Raro por creer que quien hoy es idiota, mañana puede ser un gran tipo. Al fin y al cabo, el tiempo y solo el tiempo es quien cura el mejor jamón y convierte en un buen vino a un simple mosto fermentado. Raro porque no reposto en aquellas estaciones donde la gasolina me la tengo que echar yo y no me cobro en aquellas de centros comerciales donde me tengo que cobrar yo y raro porque no obedezco ni me gustan las funciones de los vigilantes de seguridad, porque es una forma ruin de privatizar la policía. Soy raro por desconfiar de los hombres que dicen hablarme en nombre de Dios, cuando Dios jamás les ha pedido que hagan eso por él. Por pensar que a mi gobierno se la sudan mi salud y mi bienestar y solo busca su cartera llena de billetes. Raro porque estoy cansado de lo políticamente correcto y aunque me llames cerdo una y otra vez, prefiero tirarme un pedo y sonreír de placer a sufrir un dolor de tripas del que me tenga que retorcer. Soy raro, claro que soy raro, raro porque escribo tonterías como esta en mi muro, y aunque luego me digas que te gustan y que escriba pronto otra vez y que vuelva a ser el mismo cuando dejo de serlo, en el fondo sé que ahora mismo estás pensando lo que yo: -pero que raro es este tío-

lunes, 15 de noviembre de 2010

Gracias por llamar.



Un cortado y un Nestea sobre la barra aun sin empezar, dejaban constancia de que acabábamos de entrar hacía nada en aquel bar junto a las urgencias del hospital. Entre la gente, apareció una señora de avanzada edad, la cual le sugirió al camarero la posibilidad de hacer una llamada de teléfono, aunque el empleado le hizo saber que la única cabina que colgaba de un rincón de la pared se encontraba averiada. Y siguió atendiendo al personal, entre otras cosas porque el local estaba lleno y a nadie le importan los problemas de los demás. Un con leche. Un crianza, tres cortados y un croissant.

Ante la cara de preocupación de aquella desconocida mujer, no pudimos evitar abordarla y sugerirla que dentro de las urgencias encontraría otra cabina, aunque nos afirmó que ya había buscado y que tras la reciente remodelación del centro hospitalario, le habían asegurado que no existía ninguna. Y que la urgía llamar. Acompañaba a un enfermo y ella sola no se valía para estar con él. Le echó cara al asunto y nos pidió que si alguno disponíamos de teléfono móvil, la permitiésemos llamar, no sin antes ofrecerse a pagar lo que considerásemos por el favor.

Con la que cae, reconozco que uno ya no se fía una mierda ni de los octogenarios con muletas, pero algo me llevó a sacar mi móvil del bolsillo, puede que hasta un tanto resignado y dejarla llamar. No tardamos en darnos cuenta de que posiblemente aquel fuese el primer teléfono móvil que la mujer tenía entre sus manos, por lo que la pedí el número con el que quería contactar y yo mismo le marqué. Nerviosa, empezó a hablar y a decir que fuesen al hospital, que le dejaban ingresado, sin saber nosotros en ningún momento a quien se refería ni con quien hablaba. Tampoco nos tenía porqué importar. Al fin y al cabo cada uno va a lo suyo. Pero la inexperiencia de la mujer en esto de la tecnología quedaba patente y al final opté por volver a llamar yo mismo y explicarle su problema al interlocutor, que muy amable me comunicó que por favor le dijese a la señora que no se preocupase y que ellos iban enseguida. La mujer, agradecida, echó mano a su cartera, a la vez que preguntaba cuanto me debía por las llamadas. Yo la dije que nada, que marchase tranquila. Ella insistió, pero yo insistí aun más. Y se marchó. Dio varias veces las gracias y se marchó. Aunque nos dio tiempo a ver que lo hacía entre lágrimas. Solo entonces pensé en lo grande que puede ser una pequeña gran acción. Y en lo gilipollas que pude haber sido si cuando nos pidió el teléfono, le llego a decir que no.

Todo ello no duró más de un par de minutos. Mucho menos de lo que he tardado ahora en contarlo yo. Pero no sé porqué coño, aun no he conseguido quitármelo de la cabeza. No acerté a decirle nada más, pero ojala que todo vaya bien.

lunes, 8 de noviembre de 2010

39 añitos...



Que sea precisamente hoy el día que me decido a romper mi silencio tras más de cuatro largos meses sin escribir ni una sola palabra en mis Mundos Azules, puede que no sea una simple casualidad. Que sea hoy precisamente, el mismo día que se cumple el aniversario en que mis padres me vieron y ayudaron a nacer, puede que no haya sido un simple hecho al azar y que hasta forme parte de mi propio y personal regalo por tal efeméride. Y es que hoy cumplo años. Puede que muchos. Tal vez demasiados. Y de repente, rozando, aunque aun sin llegar a la cifra crucial que empieza por cuatro, uno se da cuenta de que la cosa va en serio. Que la vida no se detiene ante nada y por nadie. Que ayer yo era lo más parecido a un niño y mañana, y siempre con algo de suerte, seré ya un tanto viejo. Que ya no subo la cuesta. La llevo tiempo bajando tras, me imagino, haber hecho cima y esta montaña se sube y se baja una sola vez en la vida. Que noto mi cambio. Que ya no soy el de antes. Que me canso enseguida y me tuesta una mísera copa o una triste cerveza. Que me encabrono más pronto y que suelto más tacos con menos motivos. Que a veces creo en dios y otras siento que ya no sea nadie si no me cago en él antes. Y no es que me guste, pero ni es culpa suya ni es culpa mía, sino de aquel miserable que me engaña y vacila, o al menos lo intenta, en su nombre y hace que pierda mi fe. Que el monigote de rojo de mi hombro izquierdo expulsó casi a tortazos al pobre angelito bueno de blanco que revoloteaba a mi lado tocándome el arpa. Que me tiembla el pulso al pensar ciertas cosas que antes jamás me asustaban y me cuesta lanzarme a la piscina sin pensar antes cientos de veces en sus consecuencias. Que ya no creo en siglas políticas, solo en algunas pocas personas decentes que no se corrompen. Que ya no corro con el coche y me revienta el que conduce borracho o drogado sin importarle una mierda ya no su vida, sino la tuya y la mía. Que los tontos cada vez me dan más grima y más asco y tardo algo menos en detectarles y enviarles por el atajo más corto a la mierda. Y que mis cosas ya no me importan lo mismo. Que prefiero dedicarle ese tiempo a mi hijo. Y a aquello bonito que venga. Disfrutar de la vida junto a mi esposa, aunque sea esta una palabra que suene a “vaya faena” y la asocie a la iglesia y a sus normas absurdas. Y también compartir mis risas y penas junto a esos cuatro o cinco amigos que aun creen en mí y yo más en ellos. Que a veces doy quiebra y otras me siento un figura. Que no me gusta cumplir años y lo que para algunos es guapo, emocionante y la caña, para es una mierda, me acojona y me convierte en un protestón y en un antitodo. Que discuto por todo, aunque puede que esto más que por viejo, sea porque me gusta. Que miro a los niños y quiero volver a ser uno de ellos. Inocencia ante todo y maldades las justas. Que de malos está ya el mundo lleno.

Que sea precisamente hoy cuando por fin escribo algo en mi blog, es algo que tenía ya en mente desde hace algún tiempo. Incluso desde antes de aquel día de boda en que Ane, la prima que me prestó mi mujer, me recordase que llevaba tiempo sin contar nada de nada. Como si de repente hubiese abandonado mis Mundos Azules. Y prometí entonces hablar de ella, aunque fuese solo un poquito. Y de ella he hablado. Legal ante todo. Por mí y por ella.

Que no es que hoy sea un día especial. Más bien un día cualquiera. Triste gris y lluvioso. Nunca me gustó cumplir años y no se porqué, ya que siempre será peor no cumplirlos. Pero hoy me regalé esta entrada, porque es mi cumpleaños y no es que cumplir años me haga del todo feliz, pero creo que me consuela pensar que mañana por fin, será ya otro día. Y que por fin hoy, rompí este largo silencio.

sábado, 26 de junio de 2010

La nueva estrella



Pudo haber sido María, Rebeca o Izaro. Quien sabe si Xabier, Rubén o Arkaitz. Puede que Naroa, Lucía o Ainhoa. Erlantz, Mikel o Unai. Pudo haberse llamado de mil bonitas maneras distintas, pero tener solo un par de apellidos. Los de aquellos que eligieran su nombre y quienes decidieran regalarle la vida. Pudo haber sido rubia o moreno. De ojos verdes o marrones. Guapa, delgada o travieso. Alto, risueño o llorona. Pudo ser de cien mil formas distintas y no quiso ser de ninguna de entre todas ellas. Pudo asomarse a la vida y opinar, sin embargo decidió esconderse para siempre y guardar silencio. Quizás tan solo por no molestar. Dijo adiós sin llegar a saludar y de un portazo se marchó, dejando más preguntas que respuestas a su alrededor. Pudo ser niño y prefirió ser estrella. Pudo ser niña y decidió ser eterna, sin perder mucho de su tiempo aquí en la tierra.

Y un servidor no pudo evitar recordar entonces la letra de aquella bonita canción que terminaba así: "queridos padres, le pusisteis tanto amor, que fui directo al cielo".


____________________________________________



A mi amiga Rebeca y a su marido, por el mal trago. Aunque en breve nos veremos en los columpios.

domingo, 6 de junio de 2010

Por tí... o por todos...



Soñé que aún estaba despierto y me dejaban pedirle a un genio un deseo. Pedí tener suerte y encontrarte en otra vida más decente sin las prisas ni los agobios que me presta mi ciudad. Otra vida de regalo en la que no existiesen las despedidas para siempre ni el miedo a perderte de nuevo, aun sabiendo que camino lejos de la realidad.

Soñé que tuve suerte y gracias a aquel genio te encontré encantado de encontrarme y tras un efusivo abrazo y cuatro risas nos marchamos a comer. Y comiendo recordamos aventuras del pasado que olvidamos olvidar. Y descubrimos que en el fondo y pese a todo, nada había cambiado y que éramos de carne, piel y hueso y de verdad.

Soñé lo que nunca había soñado. Que la magia era el mundo en sí y en el mundo por arte de magia estábamos todos otra vez. No solo tú. También todos ellos. Y compartimos risas a la vez que prometimos respetarnos para siempre con el fiel compromiso de que nadie, ni uno solo de nosotros, nos volviese a abandonar.

Soñé que ya nunca nos echamos más de menos porque nunca faltamos ya a la cita y no tuvimos necesidad.

Al despertar y volver a la vida más real, comprendí sobre todo tres lecciones: que una persona no es más grande por el hueco que llena cuando está, si no por el vacío que nos deja al marchar. Que no se echa de menos a quien tienes, sino a quien ya nunca más verás. Y que el hombre, por exigencias del guión de la vida, muere, pero el amor que le rodea es eterno. Y suspiré porque el genio de mis sueños fuese bueno y lo soñado, quien sabe, fuese un día realidad.

_______________________________________________


Texto inspirado en cientos de canciones que uno no se cansa de escuchar.

viernes, 4 de junio de 2010

Verónica



 Durante los días de verano, y más concretamente, aquellos del mes de Agosto, la explanada de hierba cercana a nuestra casa de veraneo y al hogar de mis abuelos, era el lugar donde las gentes del pueblo trillaban sus cosechas. Al caer la tarde, la era se convertía en zona de encuentro de los rapaces del pueblo. Algunos vivían allí de forma permanente. Otros, los que más, tan solo se dejaban caer cuando sus padres, nacidos generalmente en el lugar, disfrutaban de sus merecidas vacaciones junto a los suyos. Unos y otros nos reuníamos en aquel mágico lugar que aunque aun hoy existe, la magia ya no es tanta.
Un verano de aquellos, posiblemente sin haber llegado aun al ecuador de la década de los ochenta, los inocentes juegos habituales se transformaron en un tanto macabros y cambiamos el escondite o esconderite - nunca tuve claro como llamarlo-, las bicicletas, el balón y las porterías a base de piedras y camisetas, por las cosas ocultas y el rollo del más allá. Creo que fue una de las niñas de Vitoria quien importó la idea, que no tardó en causar furor ante el resto de chavalería. El juego era sencillo. Un libro cualquiera y unas tijeras de costura. Las tijeras eran atadas con hilo de coser a las páginas centrales del libro. El filo siempre hacia dentro y los ojales siempre en la parte exterior del libro para poder sujetar el invento. Dos dedos lo hacían posible. Un dedo de cada niño. Un niño a cada lado. A veces elegidos al azar. Otras, se seleccionaba por mayoría absoluta al más pardillo del grupo. Incluso algún valiente se prestaba en ocasiones voluntario a la faena. Y listos para invocar. Y entonces todos, niños y niñas, en círculo, con el libro cogido entre aquellos dos elegidos, hacíamos preguntas que Verónica no dudaría en contestar. Y cuidadito. Mucho cuidadito con meter los dedos en el interior de los ojales o con que se te cayese el libro al suelo. Aquello era aun mucho más grave que mofarse de ella, algo que por precaución, ni se nos ocurría hacer. El respeto era profundo. Similar al miedo. 
Verónica, la invocada, era una mujer asesinada a manos de su marido, quien para acabar con su vida, se sirvió de unas tijeras que luego guardó en el interior de un libro. O al menos, así nos lo hizo saber nuestra amiga de Vitoria. La misma que si algún desalmado osaba reírse del juego, afirmaba poder enviarle por la gracia divina de vete a saber quien, una sombra negra y maléfica que le seguiría de forma constante y le amargaría las vacaciones y quien sabe si hasta el resto de vida. Un par de caídas en bici, algún ruido que otro al volver a casa de noche y una patada de yegua a Rafita, uno de los niños más pequeños del pueblo, harían crecer el miedo entre el resto.
¿De mayor seré futbolista? ¿Me casaré con Mónica? ¿Aprobaré en septiembre las siete que me quedaron en junio? ¿Me comprarán mis padres a la vuelta de las vacaciones la BH California? ¿Y el camión Pegaso de Rico? ¿Me tocará la lotería para poder estar viajando todo el día y poder llevarme a todos mis amigos en la super mega furgoneta que me voy a comprar? Si aquello giraba hacia la derecha, la respuesta era afirmativa. En cambio si giraba hacia la izquierda, sería negativa. Y siempre giraba. Hacia un lado o hacia el otro, el libro aquel siempre giraba. No se si por el viento, porque alguien motivaba el giro, por peso o porque Verónica realmente estaba presente y contestaba a nuestras dudas del futuro. Y así un día tras otro. Siempre al caer el sol. Cuando la era se quedaba vacía y se llenaba de trillos vacíos que esperaban ansiosos una nueva jornada para volver a su aburrida y rutinaria ruta circular que nunca les llevaba a ninguna parte.
Aquello no era más que una forma de pasar el tiempo, aunque pasábamos miedo. Solo éramos niños, pero sabíamos que aquel juego no entraba dentro de lo normal. Quizás solo fuese una tontería, pero estaba claro que desafiábamos a algo extremadamente desconocido.
Y entre libro y libro y entre tijera y tijera, uno de aquellos días, a otro de los niños del pueblo se le fue un poco la olla también y nos hizo saber que, al igual que nuestra amiga de Vitoria era capaz de comunicarse con Verónica tan solo con taparse la cara con sus manos, él era capaz de hacerlo con un tal Omnibus. Otro espíritu malvado. Aunque este nunca nos contó su leyenda. Digo yo que porque el coco tampoco le daba para tanto y con hacer un poco el Paripé, ya le servía para lograr su protagonismo y su rato de fama. Para darle más realismo, eso sí, y ese punto macabro que te rulas al asunto, Francisco José solo se comunicaba con su ente particular acostado sobre una tumba. Así que muchas tardes al esconderse el sol, entrábamos a escondidas en el cementerio para que aquel charlatán de Valladolid dejase volar su imaginación y de paso nos prometiese el universo a los demás a la vez que nos metía el miedo dentro del cuerpo. 
Hoy sé que nada de aquello fue serio, más que nada porque a mí aquel libro me vaticinó una docena de veces que me casaría con una muchacha que hace casi treinta años no veo y que jugaría de portero en el Athletic Club de Bilbao, cuando en la actualidad sobra que recuerde que aborrezco el fútbol. Pero curiosamente, siento más miedo hoy al recordarlo, que entonces al invocar al espíritu de Verónica.

martes, 18 de mayo de 2010

Laura Fernández




Amanezco a las tres y pico de la tarde por razones laborales y tras la meadita de rigor y una breve ojeada al exterior desde mi terraza por ver lo que el tiempo me depara para el resto de jornada, enciendo mi portátil mientras calienta el agua de la Nespresso y entro en mi Facebook. Que a estas alturas creo que sobra ya que uno explique en qué consiste este fenómeno social de la red al que estamos enganchados millones de borreguitos y al que otros tantos critican sin tan siquiera conocer, por razones obvias de la madre ignorancia, elementalmente.
.
Un par de solicitudes de amistad, un mensaje nuevo de mi viejo amigo "el moreno", una invitación a un concierto de Lorca en Madrid al que no podré asistir y una sugerencia de grupo al que unirme. El grupo en cuestión se hace llamar "Vamos a conseguir que entre todos Laura pueda curarse". Acepto a los amigos, a los que por cierto hace años perdí la pista y gracias a este invento me han encontrado, leo el mensaje del moreno, rechazo la invi del concierto del que para mí es uno de los más grandes cantautores del país a la vez que incomprendido por la puta industria y el negocio de la música e ignoro lo del grupo de la tal Laura sin tan siquiera ver de qué va el jaleo. No por nada, pero es que uno anda saturado ya de tantos grupos que solo sirven para colapsar el perfil y mi página principal del Face. Y además, que ayer hice limpieza, qué coño.
.
Horas más tarde es un telediario de la noche lo que llama mi atención. Hablan de Laura. La del Facebook. Y resulta ser una niña madrileña que con solo tres o cuatro añitos de presencia en este raro mundo, padece una extraña enfermedad de esas que en este país parece que no se tratan. No se si por falta de medios, de personal, capacidad médica o intelectual o simplemente por carencia de dinero, que aquí bastante tenemos con pagar cantidades infinitas a galácticos del balón, Alonsitos Efe Uno y políticos caraduras expertos en tocar los cojones y los duros a sus propios electores. Que ya tiene huevos la cosa.
.
El caso es que me pongo en "on" y le presto atención a la noticia como pocas veces lo hago con la mierda de la tele, para posteriormente rebuscar en las entrañas del caralibro, o como Dios quiera que se traduzca esto del facebook, lo del grupo ese que ignoré. Laura, tres añitos. Una extraña enfermedad llamada Anemia Sideroblástica Hereditaria le complica la vida. Transfusiones de sangre cada poco tiempo le ayudan a seguir sonriendo, pero no es el tratamiento adecuado. Esos cambios de sangre terminan por dañarle otros órganos vitales y necesita un trasplante de médula cuanto antes. Y se hace imprescindible su traslado a Estados Unidos. Que aquí tenemos a los mejores, sí señor. A los mejores futbolines, montañeros, banqueros y empresarios de la moda cutre y mala tipo Zara o similar. Pero de genios de verdad, poca cosa. Y si hay, no preocupan ni salen nunca por la tele.
.
Y al final lo de siempre. El precio de la vida. El puto dinero. Jodido dinero que todo lo manda. Porque la familia de Laura es de las corrientes. Como la tuya o la mía. Y piden nuestra ayuda. Así que desde estas líneas pido, clamo y grito, que se les ayude. Aunque sea poquito, pero que se les ayude. Cada uno en sus posibilidades, aunque solo sea corriendo la voz, que ya es bastante. Y de paso les recuerdo y exijo a aquellos que ofrecieron un avión por la puta cara a un cubano en huelga de hambre por voluntad propia, que le echen cojones al asunto y hagan lo mismo esta vez y se lo pongan a esta niña. Y al Santander, que tanta pasta le suelta a Alonso. O a Endesa, que financia ochomiles a trocho y mocho con lo que me sisa por encender la luz de casa o calentar el bibe de mi hijo al baño maría. O a mi gobierno autonómico, que invierte lo que ni de coña sobra en tiempos de crisis en estadios futboleros. Señores, mójense un poco, que vale más la sonrisa de Laura que todos sus proyectos circenses. Y que lo cortes no quita lo valiente, qué cojones.
.
Y termino recordando a aquel colega del que ya les hablé en otra ocasión. Ander. El hombre vaca. Si no recuerdan o son nuevos en este blog, solo han de bajar hacia abajo en esta página con el ratón. Que bien triste e injusto considero que se financien operaciones de dudosa vinculación con la salud y las autoridades sanitarias miren mientras hacia otro lado en casos tan dramáticos como este. O como ocurre con los bebés de cabeza plana. ¿Se han fijado alguna vez en esos niños que raramente superan el añito de edad que van en su sillita con un casco extraño y blanco que les cubre la cabeza? Es un artilugio destinado a corregir la cabeza plana del bebé, ocasionado generalmente por la postura boca arriba del niño en la silla y en la cuna. La próxima vez que vean uno, piensen que sus padres han tenido que gastarse casi cuatro mil euros en dicho casco, que por cierto, generalmente viene también de EEUU, porque la sanidad pública no lo cubre. Así de cruel, verdad? Igual de triste que lo que sucede con Laura. Por cierto, ¿les he dicho ya que solo tiene tres añitos? Como bien decía el portero de aquella serie de la tele, "un poquito de por favor..."


___________________________

Para más información buscar dicho grupo en Facebook. Más de 18.000 personas se han unido ya. La fotografía de Laura está extraída del propio grupo mencionado, abierto a todo el mundo por sus administradores y está colocada en este blog con el único fin de dar a conocer la historia y de ayudar en lo posible.

domingo, 25 de abril de 2010

A mis amos y señores

Estimados Señores que democráticamente me gobiernan y mandan:
.
No soy un más que un simple ciudadano del montón registrado en su enorme base de datos, con un trabajo mal pagado del que con los tiempos que corren, no puedo ni de lejos presumir de estable. Puedo demostrarles que casi la mitad de lo que gano con el sudor de algo más que mi frente, se lo llevan ustedes en impuestos y sucede que hasta podría haberme quedado corto, pues resulta que entre el IRPF, Seguridad Social, el IVA, el IBI y demás impuestos de sucesiones, transmisiones patrimoniales, vehículos, tabaco, alcohol, gasolina, aparcamiento regulado de zona verde y/o azul, escrituras, tasas a la DGT por diferentes gestiones, las partes proporcionales que me cargan en el café el del bar de la galería y en mis camisetas y pantalones el de la tienda de ropa de al lado para poder pagar ellos mismos sus impuesto de autónomos y demás que también les cargan por sus locales, las multas por no cumplir determinadas normas absurdas inventadas en minoría por algún soplapollas y algún que otro pago que fijo se me olvida, pierde uno la cuenta de tal desorbitada cantidad. Eso sin mencionarle que bajo su complicidad y permisividad, unos señores muy elegantes vestidos de traje, gestores de productos vitales de primerísima necesidad, tales como la electricidad, el agua o el gas, me pasan mes a mes unas facturas que a veces me da por pensar si se habrán equivocado y me habrán enviado a mí solo las de todos mis vecinos. Aparte de recargarlo todo ustedes mismos después con su ya mencionado IVA. Que triste y repugnante me parece que me carguen cuatro veces más de IVA por el gas y la luz que por una botella de vino, pero esto no viene a cuento y si lo viene no lo diré, no sea que se me mosquee el txikitero (o vinatero) del barrio. O mi querida y amada hipoteca, prestada y gestionada, no por un banco privado hambriento de dinero, sino por una Caja de Ahorros de esas que en el fondo dirigen ustedes mismos con la excusa de realizar cosas bonitas y fines sociales, la cual amenaza serme fiel durante los próximos treinta años de mi vida, tras los cuales y si mi calculadora comprada en un chino no me falla, les habré devuelto justo el doble de lo que ellos me dejaron.
.
Me gustaría hacerles mención también a todos aquellos gastos a los que me obligan ustedes, tales como la ITV o el seguro de de mi coche, la renovación de mi carnet de conducir o el DNI, la inspección de la caldera y la instalación del gas cada año, la gestoría que confecciona mi declaración de la renta, notarios, abogados, procuradores, los libros del cole de mi hijo, que me cambian año a año para que nunca me los pueda prestar mi vecino, el canon de la SGAE por mi disco duro y la tarjeta para uso exclusivo de mi cámara de fotos, la ropa que incluso en verano me he de poner, puesto que si salgo en pelotas a la calle, sus agentes de la Ley me detendrían y han sido capaces de conseguir educar al resto de mis vecinos para que encima me tildasen de loco. Sin olvidar que encima intentan hacerme creer que soy un delincuente y un hijo de puta si no me compro todos los discos, películas o libros que salen cada semana al mercado y simplemente me limito a escucharlos o verlos de otras maneras por la sencilla razón de que uno quiere adquirir cultura, pero con tanto impuesto y tanto impuesto, la cartera no le da.
.
Nunca me han escuchado si he tenido problemas, ni tan siquiera creo que sepan que existo, aunque en tiempo de elecciones remitan a casa cartas a mi nombre contando milongas.
.
En fin... Señores del Gobierno... que no es mi intención contarles aquí mis penas ni aquello que nos hace llorar cuando llegan los días 14 o 15 de cada mes, pero me imagino que con todos estos datos, sobra que yo les diga nada y sean conscientes ustedes mismos de como han de obrar, compensándome por mis grandes pérdidas durante todos estos años con una cantidad que según ustedes consideren, podría oscilar entre los 3.000 y los 7.000 millones de euros, elementalmente a fondo perdido. Que digo yo, que después de ayudar a los bancos, a las aerolíneas, a las marcas automovilísticas, a la industria de la cultura (no confundir con "cultura" a secas), a la construcción masiva y sin control, al deporte de élite, ese mismo que nada entre millones, a la iglesia, a las firmas de electrodomésticos y a determinados empresarios que acostumbran a viajar en Porsches Cayenne mientras inundan sus empresas de contratos basura y convierten los nombres propios de las personas de buena fe en simples números, no tendrán inconveniente alguno en hacer lo mismo conmigo, que al fin y al cabo no soy más que un simple caradura como ellos. Uno más.
.
Yo a cambio, les permito que si el día de mañana lío alguna gorda y me trincan en plan corrupto y tal, me utilicen como mejor les convenga. Si soy de su cuerda, me defiendan a muerte en los medios alegando que todo el rollo es un complot y si pertenezco a la oposición, me den caña a saco, aunque solo sea para desviar la atención del humilde ciudadanito de a pie de aquellos problemas importantes de verdad de los que nunca se hablan. Pero bueno, para eso nos dan a diario más circo y más pan. Para olvidar y no rechistar.
.
Por cierto... ¿que ha hecho hoy el Madrid?
.
.
Firmado por millones de ciudadanos.

domingo, 18 de abril de 2010

Una historia de dos imbéciles



¿Recuerdan ustedes a Paloma, aquella vieja amiga que en realidad era más que amiga, pero a nadie le importaba? Pues ahí que sigue la mujer con lo suyo. Digamos que mejor que hace unos meses cuando estuvo ingresada por primera vez, pero no recuperada del todo, razón por la que estos días sigue alojada en una habitación de hospital. Y amenaza crónico el problema, pero sin más. Vida normal y a vivir, que son dos días. Poco más.

.
Pero echemos a Paloma durante un rato hacia un lado y empecemos esta historia por el principio. Retrocedamos hasta aquella tarde en la que debido al bautismo en la fe católica de Hodei, mi primer y único sobrino hasta la fecha, mi mujer y yo nos pusimos manos a la obra a la busca y captura de unos zapatitos chulos y elegantes para Gaizka. En nuestra mente llevábamos ambos dibujadas las típicas botitas Kickers o similar, muy saladas y acordes a como íbamos llevarle vestido para la ocasión. Que no es que para mí sea un evento especial, ni mucho menos, ya que a estas alturas todo lo relacionado con la iglesia cada vez me da más grima y huyo de ella como la oveja al ver al lobo. Y si añadimos que en estos momentos me encuentro inmerso en la lectura de "El catolicismo explicado a la ovejas" de Juan Eslava Galán y que hace unas semanas vi el film "Camino" (recomiendo ambos), mi cariño hacia dicha institución se disuelve entre un enorme amargo mar de dudas. Pero desgraciadamente, la sociedad y el puto "qué dirán" sigue gobernando en este país de bobos y bien quedas.

.
Nuestra primera parada, Calzados Andrés. Sinceros y profesionales ante todo o esa fue la impresión que me dieron.
- Buenas tardes -
- buenas tardes -
- queríamos unas botitas Kickers para el niño -
- ¿botitas? ¿para el niño? ¿de invierno? -
Toma ya. La primera en la frente. Catetos de nosotros, no habíamos caído antes en que la muchacha de aquella zapatería llevaba razón. Esas botas son de invierno.
- Pues tengo poco y retirado ya, pero ahora os busco algo y a ver que encuentro -.
Sin número y sin el color pretendido, abandonamos aquella tienda con el sabio consejo de aquella dependienta de que buscásemos algo más apropiado para el buen tiempo.

.
Siguiente parada, Umetxu. En la misma calle. Unos metros más arriba. La misma historia. Botitas Kickers o similar.
- ¿De invierno? -
Nos las sacan y comprobamos que, elementalmente, aquel calzado le cocería el pie al pobre niño y desistimos, aunque la señora vendedora, pícara ella y con escuela en esto de la venta, intenta convencernos en ese momento de que en realidad son de entretiempo, aunque no lo consigue.
- Tengo algo parecido, pero en zapatito -
nos suelta la fulana.
- Muy bonito y vestidito -
Y va y nos saca un zapato horroroso, de niño tonto o similar que tiene de parecido con las Kickers lo que un caldero con un dragón. Unos zapatos de esos que la tipa no podría quitarse de encima, digo yo, también de invierno, por cierto, y vio aquí una buena oportunidad para deshacerse de al menos uno de los pares. Se lo probamos no obstante y resultó que le quedaba algo justo. Pequeño tal vez. Mi mujer entonces le pide un número más, a la vez que me pregunta, como viendo en aquel zapato rojo y feo como un obispo, su última esperanza de dar con un calzado para el peque al aproximarse la fecha del bautizo:
- ¿te gustan? -
- A mí no. Ni un poquito, pero tú verás. Si a ti te gustan... -
la respondo con cierto pasotismo. La tipa de la tienda, antes de subir las doce o trece escaleras donde se ubicaba el almacén, suelta entonces:
- a mí decirme si os los vais a llevar o no, porque si no, no subo -
Mi mujer y yo nos miramos atónitos y coincidimos a decirle a la muy imbécil que no, que no hacía falta que subiese. No nos los íbamos a llevar, pero solo por una simple razón que poco o nada tenía ya que ver con la belleza abstracta de aquella mierda de zapato. Jamás le compraré a mi hijo un zapato en un comercio regentado por una estúpida como esta.

.
Y mira tú por donde, al salir de aquel cuchitril al que no volveré a entrar, nos vino la inspiración y decidimos calzarle unas Converse All Star. Como su aita. Como yo. Polo, camisa y jersey de Tomy, chamarrita Timberland y zapatillas All Star. Que estará mal que yo lo diga, pero iba que se salía el condenao.

.
Llegado el día de la ceremonia bautismal de mi pequeño sobrino, resulta que mi amiga Paloma, la de antes, la de siempre, la que ahora duerme placidamente en el hospital, Paloma, la que es más que amiga, pero a nadie importa, en plena eucaristía, cuentacuentos, paripé sectario o como cada uno quiera llamarlo, se siente algo indispuesta por lo de su enfermedad, razón por la que decide quedarse quietecita y sentadita en su banco observando el evento y sin hacerle mucho caso a aquello de ponerse de pie, sentarse, ponerse de pie y volverse a sentar. Algo que todo sea dicho, nunca he llegado a comprender. En esto que la señora que se encontraba sentada en el banco de atrás de Paloma, le toca en la espalda y le suelta la muy imbécil:
- Estamos en el credo, a ver si tienes un poco de respeto y de educación, ponte de pies -.

.
Típica beata de pacotilla, del a Dios rogando y con el mazo dando. De esas que abundan. De las que miran como si fuesen yonkis a los melenudos sin ser consciente de que el Cristo que a ella le han vendido llevaba también pelo largo. De esas que con ir a misa ya se creen haber hecho todo el bien para el resto de la semana. La misma que mira con odio al niño que la molesta con el balón. La que mira hacia otro lado cuando un anciano la pide un triste duro para comer. La que va a misa solamente para que la vean y comulga sin saber siquiera qué cojones significa comulgar. La que posiblemente - tampoco me atrevo a asegurarlo - la hubiese gozado en los tiempos de la Santa Inquisición como espectadora de aquellos atroces actos, sin tener del todo claro que la muy paleta sepa de lo que estoy hablando. En fin...

.
Paloma no dijo nada. Es uno de sus fallos, que no acostumbra a sacar su genio y cagarse en la madre que parió a mucho meapilas que anda suelto por ahí, pero otro de los presentes en aquella ceremonia que escuchó a la beata, la puso de vuelta y media. No creo que la muy payasa vuelva a meterse donde no la mandan, aunque bien se hubiese merecido un sopapo. Ya no por beata, que al fin y al cabo me la sopla y seguro que hasta entre las beatas hay buena gente, sino por gilipollas.

.
Por lo demás, el resto del evento de maravilla. Langostinos, pimientos del piquillo rellenos de bacalao, rape y chuletón. Que no todo iba a ser malo en esta historia de imbéciles. Y algo para contar, que llevaba mucho tiempo sin decir nada yo por aquí.

domingo, 31 de enero de 2010

Las paranoias del papeo




Me contaba hace días mi cuñado, el mayor en edad pero pequeño en estatura, que en no se donde había un restaurante al que le habían concedido algunas estrellas de esas con nombre de rueda. O de tripa de verano en la playita, según se mire. Michelín que las llaman, vamos. Y que el fulano al mando del local pasaba un rato grande de dicho premio o concesión. Lo suyo era dar bien de comer a sus clientes y punto pelota, que ya es mucho. Porque comer es un verdadero placer, aparte de una necesidad, las cosas como son. Y si encima hablamos de comer bien, con la boca y con el estómago en vez de simplemente con los ojos, como ocurre en algunos sitios extremadamente pijos, mejor callar y ponerse al tema. Que aproveche y tal. Y humildad ante todo si hablamos de este caballero, que ni siquiera alardea en su local de las "michelinas" de los huevos. O eso me contaba mi cuñado delante de tres hermosos chuletones de casi dos kilos por pieza en el restaurante La Fábrica de Juán, junto a la playa de La Arena, en Zierbena.
.
Por contra, de toda la puta vida ha venido quedando claro que como una madre no cocina nadie. Lo dice hasta Carlos Goñi, cuerpo y alma de Revolver, en una de sus canciones. Da igual que sea la mía que la tuya. Una madre es una madre, de eso no cabe duda. Pero también viene quedando claro que de un tiempo a esta parte, algunos se han empeñado a elevar la cocina y con ello a algunos cocineros, al mismísimo olimpo de los dioses. Porque siempre habían sido cocineros, a lo sumo "chefs", pero ahora a algunos nos los venden como creadores, como artistas, genios, investigadores o innovadores, entre otras gilipolleces propias del humano, animal adiestrado, bobo y cateto por excelencia. Como si el comer fuese un arte y los restaurantes museos, laboratorios o algo del estilo.
.
Y resulta que estos días es noticia un tal Ferrán Adrià. Que ni sé como cocina, crea, investiga o innova, ni creo que lo sabré. Sinceramente, me la bufa. Pero el tío va y se curra una rueda de prensa para anunciar que durante dos años va a cerrar su restaurante. Que pena, verdad? Sí, que pena... Estudiar una carrera de periodismo para acabar tomando apuntes en una rueda de prensa donde se anuncia tan importante noticia. Casi que es mejor ser colaborador del "Sálvame" e intentar llevar a un pais al borde del rídiculo con un absurdo tsunami.
.
Y es que el cocinillas - perdón si le ofendo, señor Adri - necesita reflexionar, investigar, detenerse a pensar y encauzar su profesión. Y lo entiendo, porque yo también lo necesito. Necesito descansar, tocarme los huevos una temporada y dedicarme a mis cosas, pero la señora Doña Hipoteca, fiel compañera de casi el resto de mi vida, no me lo permite. La muy puta. Pero no creo que semejante tontería sea noticia. Y si lo fuese, habría de ser publicada en un nuevo apartado denominado "absurdos y otros menesteres". Y eso que el "chef" de moda puede permitirse abrir solo medio año y ofrecer una sola comida al día. El otro medio año ya lo utiliza para investigar. Y el presente 2010 lo tiene completo ya.
.
El caso es que aunque me encanta comer, nunca lo he hecho en El Bulli ni creo que lo haga, a pesar de que los medios expertos en la materia - hoy cualquiera puede ser un experto en tonterías varias - le consideren el mejor restaurante del mundo y el mejor cocinero a la vez. Toma ya. Y el de David Bisbal el mejor disco del año. Que me parto el culo yo de tales nominaciones sin sentido. Prefiero los chuletones a la brasa de La Fabrica de Juan - os recomiendo una visita a los que seáis de mi tierra -, las albóndigas de mi madre o el pulpo a feira sin espumas, sin aires y sin gelificación alguna que se curra un servidor, antes que las invenciones de un cocinero - que tampoco pongo en duda su profesionalidad - que a menudo debe de creerse que comparte mesa con el mismísimo Dios - no se confíen, que hay otros quinientos como él -. Por ello no he podido evitar contarles esto hoy aquí. Aunque no se quien es más bobo, si el fulano por sus extravagancias o el resto por prestarle atención. Lo único que saco en claro, es que cada día hay más frikis en este planeta de absurdas estrellas virtuales. Y que cada día me da más por el culo encender la tele o abrir un periódico.
 

jueves, 28 de enero de 2010

Los verdaderos piratas del cine



Una tarde cualquiera. La cola de un cine de tropecientas y pico salas. Avatar por ejemplo, que dicen está de moda.
.
- Cuatro entradas, por favor -
- ¿las quiere normales o en versión 3D? -
- ¿Cual es la diferencia? -
- Descomunal. Tres euros. -
- No, me refiero a la película, que si hay mucha dif... ¿Como dice? ¿Tres euros? ¿Entre los cuatro? ¿Tanto? -
- No, perdone, tres euros cada uno. -
- Ostia!! Como os bañáis... Dame, dame... Un día es un día y si merece la pena... Dame cuatro -
- Son cuarenta euros -
- Con esto comen cuarenta niños en muchos sitios... -
- El siguiente... -
.
De haber decidido ver la película en su versión normal, hubiesen sido veintiocho euros. A siete por cabeza.
.
Una parada en la tienda de "chuches" de al lado, que no se de quien será, pero huele a cine que jode. Botellín de Coca Cola, dos con ochenta. Y somos cuatro. Cartón mediano de palomitas con grasas y aceites parcialmente hidrogenados - veneno puro - y desbordando publicidad por los cuatro costados, cinco euros. Ciento y pico gramos de azúcar en forma de gominola, dos con treinta. Bolsita de Aspitos, treinta céntimos. Estos son baratos, pero justo el doble que en cualquier otra tienda de calle. Total de la tarde de cine entre los cuatro, casi cien euros. O dieciséis mil pelillas. Poco más. Una butaca incómoda. Primeras filas, lateral derecho, porque no quedaba más. Dolor de cuello y posible visita en las próximas 48 horas a mi masajista. Ruidos de bolsas, risas, teléfonos móviles... Y el de al lado que tose y huele mal.
.
De repente una densa niebla a mi alrededor... Extraña sensación. Todo ha sido un sueño. Sigo sin ver Avatar. Y he tomado una decisión. Esperaré a que salga en deuvedé. Me la compraré. La veré las veces que me dé la puta gana sentadito en mi sofá sin que nadie me estornude en el cogote, con mi Coca Cola de doscientos litros entre las piernas y mi montón de chuches de la tiendita de la esquina llena de Magia de Sonia y Juanjo. Y por mi parte y con tanto ladrón e hijo de puta suelto, que les den mucho por el culo a los verdaderos "piratas" del cine.

sábado, 16 de enero de 2010

Monillo... Monilla... Munilla... o algo así.



Cualquier ser humano en su sano juicio, creyente o no creyente, humilde o pudiente, policía o delincuente, está capacitado para darse cuenta y ser consciente de que lo ocurrido en Haití ha sido una gran tragedia. Miles de muertos, entre ellos infinidad de niños con su bonita inocencia arrebatada para toda la dura eternidad, nos han demostrado que ni el estrés de vida de mi ciudad entre semana, ni la tranquilidad mostrada en el anuncio del ron Caribú entre los pobres, pero sonrientes caribeños, causa tregua con la muerte a destajo. Aquella que no se conforma con un par de ellos, si no que quiere docenas y docenas de cientos a la vez. Sed de vidas para ella. O de muertes. Todos juntos aunque revueltos. Como si algún todopoderoso hubiese abierto la veda de caza en algún más allá y los ángeles malos carentes de escrúpulos disparasen a matar con armamento pesado del de verdad.
.
Pero no pretendo hablar de catástrofes ni desastres naturales. No hay palabras ni argumentos que no pasen por la solidaridad en un lugar castigado además en exceso por la pobreza y otros abusos. Y por mucho que yo diga, cante o jure en plan "me cago en tó", aquello está como está y punto final.
.
Lo que me ha llenado de rabia y ha inflado infinitamente mis pelotas, llevándome a escribir esto, han sido unas declaraciones hechas por un hombre como tú y como yo. Nacido por la gracia de algún polvo y destinado a cascarla como todo hijo de Dios. Aunque él en este apartado se crea superior. Inmensamente superior.
.
¿Se imaginan a una buena persona, cordial, amable y educada, afirmando que "existen males mayores que los que están sufriendo en estos momentos en Haití"? Uno lee hasta aquí y por un momento podría preguntarse a qué tipo de males se referirá este samaritano de la verdad. Porque existir, digo yo que existirán esos males. No lo sé. No puedo ponerlo en duda, entre otras cosas porque no soy yo quien para juzgar el mal ajeno llegados a ese punto. Pero uno continúa prestando atención al discurso y descubre que esos grandes males a los que se refiere este mamarracho, pasan por afirmaciones tales como que lo que deberíamos de hacer los mortales, sería "llorar por nuestra pobre situación espiritual y nuestra concepción materialista de la vida".
.
(...)
.
¿Y qué cojones sabrá este cantamañanas sobre mi espiritualidad y mi puñetera vida? ¿Y quien coño le ha preguntado a este por lo que yo tengo llorar? ¿Eso es de verdad más importante que la muerte de un solo niño? Póngase un buzo, deje de decir payasadas sin sentido y váyase a Haití a ayudar. Sea útil por una puta vez en su vida. No soy quien para darle órdenes, pero si usted tiene cojones para entrometerse en mi conciencia, yo los tengo para meterme en la suya. Y con más fundamento.
.
Por un momento se me vino a la cabeza el padre Ernesto. ¿Lo recuerdan? Aquel miserable de la sotana que un día se llevo a Esperanza. Pero no. El autor, un tal Munilla o algo así. Obispo de Donosti o eso dicen. Que me la suda tanto o más que el tsunami de la patética Karmele Marchante, vamos. Un tipo que con su nombramiento ha creado una cierta polémica en ambientes políticos que nunca me ha interesado, pero que a partir de ahora me interesarán. Yo tampoco le quiero. Váyase a la mierda.
.
¿De verdad que todavía queda gente que se pregunte el porqué los jóvenes cada vez pisan menos una iglesia? ¿Este tipo de borregos son los que van a mostrarme a mí el camino del Señor? Eso sí que es incomprensible. Que Dios nos pille confesados.