viernes, 24 de diciembre de 2010

Otra historia diferente de Navidad


Supongamos, por un instante, que la historia se repitiese hoy otra vez. O mejor aun, que nada hubiese pasado en su momento y que todo sucediese ahora, en este tiempo y por primera vez. Puede que fuese algo parecido a esto. O puede que no:

Éranse una vez un buen tipo llamado Emilio y su bella mujer, Sara. Ambos residían desde hacía ya algún tiempo en un piso de protección oficial de escasos 48 metros, sin trastero ni garaje y con una docena de graves defectos de construcción de los que constructores y promotores, miserables ellos a rabiar, se habían desentendido, entre otras cosas, llevando a una quiebra intencionada sus empresas. El piso les tocó en un sorteo algo amañado, porque Emilio tenía un viejo amigo que militaba en Izquierd Unida y aquel día la suerte se puso de su parte. Bueno, la suerte y su amigo, que además de militar en dicho partido, era o había sido concejal de festejos, bulerías y jolgorios y tenía contactos hasta en el infierno, detalle este último que no le hacía demasiada gracia a Sara. El infierno no era para nada de su agrado. 

Sara no era virgen, o eso contaba su exnovio por los rincones y tabernas del pueblo, aunque mirándola fijamente a los ojos, nadie sería capaz de creerse que una mujer tan guapa, atractiva, brillante y especial, fuese capaz de hacer depende qué barbaridades y cochinadas con su cuerpo, razón por la que todos, incluido su propio esposo, pensaban y asumían que en realidad lo era. Claro, que su marido, con más razón que el resto, pues sabía que con su mísero sueldo en la sección de carpintería del Leroy Merlín, ni condones, ni pastillas, ni díus, ni leches de soja o similar. Y además, este todavía no se había definido sobre si de verdad le gustaban los tronchos o le gustaban las berzas y no estaba el hombre muy por la labor de tener que consumar. Ajo y agua, vamos. O todo eso se rumoreaba al menos por el Radio Patio de la escalera de esta, su comunidad, no vayan a pensar que me lo invento. Por ello y solo por ello, el día que Sara le contó lo de su extraño embarazo, Emilio se mosqueó. Tampoco se creyó la historia aquella que le contaba Sarita sobre una paloma, más que nada porque desde hacía ya un par de años, no quedaban palomas en la ciudad. Un Decreto, aprobado por mayoría en pleno del Ayuntamiento, las había eliminado a todas por razones higiénico sanitarias. Vamos, lo que viene siendo una especie de lavado de imagen municipal que, sin embargo, permitía otras plagas aun peores. Aun así y por no hacer demasiado el primo, ambos, Sara y Emilio, acordaron contar esa versión como real. Aunque a última hora decidieron cambiar a la paloma por una gaviota, por aquello de que ya no quedaban palomas por culpa del Decreto y que a lo mejor alguien dudaba entonces de la historia, y como vivían cerca de la costa, sería algo más creíble el lío aquel, lío que a simple vista, podría resultar un poco increíble. Algunos decían que en realidad lo de la gaviota tenía mucho que ver con el gobierno que en ese momento estaba en el poder, pero nunca entendí ese parecido entre gobierno y gaviota. Aun así, casi nadie les creyó, pero como buenos falsos que somos los humanos y sobre todo por no pararse a pensar más de la cuenta, algo totalmente incompatible con la fe, todos dieron por buena la explicación y atacaron verbalmente a aquellos que dudaron de la historia en público, llamándoles blasfemos, herejes y cosas del estilo. Dieron por buena la explicación, evidentemente, cuando había terceros delante. De lo contrario, eran el hazme reír del pueblo, las cosas como son. -Una gaviota... Embarazada por una gaviota... Ja! Venga ya!- se escuchaba a menudo en los corrillos de confianza y a las salidas de misa de 12, donde se reunían muchas de aquellas marujas más preocupadas en ver como iban vestidas la Josefa y la Pilar, que en escuchar la palabra de Dios. 

El embarazo no tuvo complicaciones, aunque cierto es que al hacerse Sara la amniocentesis, una prueba relativamente importante que su maltrecha y vapuleada sanidad pública no cubría y tuvo que pagarse de su pobre bolsillo, le detectaron algo raro. -El niño viene sano, pero hay algo que no entendemos y no sabemos lo que es. Este niño es especial. Está como iluminado-, les dijeron los médicos un tanto asombrados. Y para enredar las cosas un poco más, añadieron que el ecógrafo no detectaba con claridad el latido de su corazón, pero si se acercaban mucho al altavoz del aparato, se escuchaba un susurro que decía algo así: -como me hagáis daño, os las vais a ver con mi padre, panda capullos-. Para bien o para mal, al final nadie le dio importancia a lo del susurro aquel y lo que hicieron fue comprar un ecógrafo nuevo y aquel enviarlo a Cuba con una pegatina en el dorso que ponía "averiado, pero sirve". El cuñado de uno de los asesores del consejero de Sanidad y militante de su mismo partido, imputado, por cierto, en un caso de corrupción hace un par de años y que tenía una empresa que fabricaba mascarillas de la gripe A, medicamentos genéricos y ecógrafos, se puso muy contento y adelantándose al resto de ciudadanos, afirmó ser ya un fiel creyente de una religión que aun no existía, al tiempo que se frotaba las manos mientras le salían simbolitos del euro y el dolar por las pupilas de sus ojos.

Llegó el día de dar a luz y la verdad es que todo fue un caos. Un verdadero caos. Sara rompió aguas una tarde fría de invierno y nada más percatarse, fue el propio Emilio  quien la llevó en su Renault Megane a las urgencias de maternidad del hospital, pero como era Nochebuena, allí no había nadie, salvo un vigilante de seguridad que encima se les puso agresivo y borde porque aparcaron el coche en ralla amarilla. Un cartel en la puerta decía que estaban en huelga, porque desde el Parlamento les habían obligado a trabajar aquella noche y esa jornada era para estar en familia cenando langostinos a la plancha, percebes y turrón, aunque nadie sabía explicarse un porqué. Sara y Emilio corrieron entonces, de nuevo en su Megane destartalado, a dar a luz al calor de su hogar. En aquel pisito de 48 metros de protección oficial que habían conseguido gracias a sus buenas amistades. Y el niño nació en casa gracias a la ayuda de sus vecinos, algunos ya borrachos como cubas y rebozados de una cosa absurda y extraña de colores llamada espumillón, aunque ninguno sabía qué coño estaban celebrando, porque la Navidad en sí no existía todavía. Y gracias también a una matrona que contrataron "in extremis" por 800 euros, a la que llamaron gracias un papelito que arrancaron del tablón de anuncios de corcho del hospital y a la que pagaron sus honorarios gracias a un telemaratón urgente organizado por Tele5 y presentado por una tal Mercedes Milá, vestida de lechuga de oreja de burro y por un tal Jordi González, con la condición de sacar el caso durante setenta semanas seguidas en un programa llamado "Basura Sálvame" y resúmenes diarios después de las noticias de las nueve de la noche. Todo salió bien en el parto y uno de sus vecinos les hizo poco después una foto como recuerdo con su Canon Digital de 29 millones de megapixeles, procesador de 20 núcleos y sistema de plutones interactivos, que nadie sabía lo que eran, pero quedaban muy cucos en la publicidad de Media Martk. La estampa era preciosa: Sara y Emilio rodeando la pequeña minicuna de Jané, imitación a pesebre de paja, con inserciones en madera y aluminio y sonido dolby sourround, en la que descansaba el pequeño, al que en un principio iban a llamar Jesús, porque era un nombre que le gustaba mucho a Ana, su abuela materna, y después Brian, debido a una película basada en hechos medio reales que hacía poco se había bajado Emilio del Emule, la cual le había hecho partirse de risa, aunque a Sara no le hacían ni puta gracia, ni el largometraje en sí, ni el nombre del susodicho, por lo que al final y de mutuo acuerdo, le llamaron Borja Mari. En aquel precioso retrato que les sacó su vecino del sexto, el mismo que les había regalado un carrito de paseo imitación a Bugaboo, posaban también sus dos perritos coquer y un gato callejero de color marrón que tenían en casa desde hace dos años, todos sentados junto a ellos y mirando a Borja Mari tiernamente. Años después, sería esta misma foto la que usarían para recordar a sus amistades el cumpleaños del pequeño Borja. Algunos amigos, encantados con la idea, moldearon hasta figuritas de pvc con la estampa, que colocaban en sus casas cada cumpleaños. Lo que nunca entendí, fue lo de la figurita aquella del vecino del tercero C cagando en el rellano. Caganet, le llamaron después. 

Entre alegrías y alborotos, algún vecino debió gritar de repente algo acerca del Rey y Emilio muy contento preguntó -¿Vienen los Reyes Magos a ver a mi hijo?-, -No, que empieza en La Primera el mensaje del Rey-, contestó el mismo que había hecho el comentario. Y todos se sentaron a ver el monólogo en la tele, como si del club de la comedia se tratase. Todos menos Borja Mari, que se quedó en su cuna de imitación a pesebre jugando al Walking Dead con su Nintendo 3DS. Puede costar creerse esto último, pero no conviene olvidar que estamos hablando de un bebé que en realidad era más que un simple niño. Borja Mari podía jugar con la Nintendo, milagrosamente, incluso con la batería totalmente descargada. 

Sara tampoco se sentó a ver el monólogo del Rey, ya que últimamente y sobre todo después del parto, se había vuelto algo rebelde. Prefirió asomarse a la ventana para tomar un poco el aire, hasta que una inmensa luz llamó su atención. -¿Será una estrella que viene a guiar a la gente que venga a ver a mi hijo?- Uno de aquellos vecinos, el que más listo se creía por aquello de que había estudiado frente a un colegio de pago, corrió a corregirla y le aseguró que aquella luz era Venus, por eso brillaba tanto. Y es que esto sucede a menudo. Tú te sientas tranquilamente para relajarte un rato mirando las estrellas y siempre aparece el típico listo que te dice lo de Venus y te jode tu relax. Aunque otros te dan la chapa de igual manera, pero con el rollo de la osa mayor, el carro o lo del avión. En realidad, aquella luz que llamaba la atención de Sara, ni era Venus, ni era una estrella, ni tampoco un avión; era una antena de los miserables de Vodafone que había en lo alto del edificio del BBVA, la cual habían decorado con una luz gigante que se movía en todas las direcciones para llamar la atención. Pero cierto es que dicen que la fe a veces mueve montañas y quien sabe... Esta es una de las razones por las que no entiendo que todavía a día de hoy, se sigan cavando túneles para hacer carreteras, autopistas y vías de tren, cuando lo más sencillo y barato sería sentarse y creer, creer mucho y tener mucha fe para que las montañas se abran por sí solas en lugar de tener que agujerearlas. Pero no, en lugar de usar la fe, seguimos usando excavadoras. A lo bruto. Como si todos fuésemos vascos. O más concretamente, de Bilbao. 

Fueron pasando los años y Borja Mari fue creciendo, hasta que un día empezó a ir al colegio. Allí, sus compañeros, malvados niños donde los haya, no tardaron en ponerle, vete a saber porqué razón, el mote de El Mesías. A Borja Mari no le gustaba mucho estudiar, aunque siempre sacaba buenas notas en todos los exámenes. Algunos decían que tenía un don divino incomprensible. Otros, los que más, que Borja era el niño preferido de la señora directora, única religiosa que quedaba ya en aquel centro de enseñanza concertado de monjas, donde solo daban clase profesores eventuales y malhumorados, puesto que los que tenían su plaza fija en aquel centro, o estaban de baja por estrés o estaban liberados para poder acudir a clases de euskera. ¿O eran clases de arameo? En esta parte, la verdad, sí que me lio siempre un poco, pero creo que es un dato que carece de importancia.

Un buen día, siendo aún adolescente, a Borja Mari le dio por no afeitarse y por dejarse el pelo largo. Muy largo. Una mañana de aquellas, tuvo un par de llamadas a su iPhone de un tipo que le dijo ser el mánager de Barón Rojo, explicándole este que necesitaban un nuevo batería para el grupo, ya que el anterior se había ido de gira con Pablo Alborán, pero Borja Mari no quería saber nada, además, que no sabía tocar la batería, que ni mucho menos era heavy y que a ese grupo no lo conocía de nada, aunque sí que conocía al Alboran, puesto que sus canciones le ayudaban a dormir. Fue por entonces cuando, agobiado de la gente, se juntó con los colegas del tío aquel de lo de <>, a los que conoció de compras en un outlet, y tras docena y media de petas, empezó a decir que era el hijo del padre. O el hijo y el padre. O el hijo, el padre y la gaviota. Y no se qué de una tal Trinidad. O Santa Trinidad. O algo así, que yo aquí también me lié y decidí no hacer preguntas. Si total, nadie me hubiese sabido responder y los crédulos y fanáticos hubiesen empezado a pegarme la tabarra con el rollo de la fe. Pero como era evidente, nadie le creyó. Ni siquiera Doña Angustias, la directora religiosa del colegio que, <>, llamó una tarde a Emilio y a Sara y les dijo que su hijo debía ingresar en un psiquiátrico cuanto antes, ya que se creía un ser único, divino y superior. Y le encerraron. Vaya que si le encerraron. Camisa de fuerza, habitación blanca y acolchada, ventanas con candados, música de Pablo Alboran, Alex Ubago y demás. 

Años después, le dieron por sanado. Una buena terapia y docenas de miles de millones de ansiolíticos y antidepresivos, le ayudaron hasta tal punto que le hicieron olvidar el mensaje que supuestamente tenía que darnos a toda la humanidad. Y volvió a su casa con su adorable familia. Tras doce o trece millones de Curriculums en los que mintió como un bellaco poniendo incluso que había acabado teología a distancia por el CCC y que había trabajado de asesor comercial en el Vaticano Bank, encontró un trabajo de dependiente -  doblador de camisetas en el grupo Inditex. Y una tarde, jornada de huelga en el comercio, luchando por sus derechos, por no abrir los domingos y festivos y por mejorar la mierda de convenio que tenían, fue detenido por la policía acusado de romper escaparates arrojando arquetas. Creo que era por Semana Santa o así, aunque esta aun tampoco existía. Su encargada de zona, al reconocerle rompiendo los escaparates, gritó: -que lo crucifiquen! que lo crucifiquen!-, aunque como todo el mundo sabía que aquella mujer era demasiado malvada y un tanto hija de puta, más o menos como casi todas, que no todas, las encargadas del mismo grupo, que se se creen mierda sin llegar a pedo, nadie la hizo caso y Borja Mari solo se comió varios días de interrogación en un sucio calabozo lleno de tierra y paja. La primera noche de calabozo, a Borja Mari le permitieron hacer una llamada, por lo que optó por llamar a Emilio, su padre, quien era sindicalista, de Comisiones Obreras creo, que además estaba liberado, y mirando muy serio Borja hacia el techo le dijo: -padre, ¿porqué me has abandonado?-

Le soltaron al tercer día, sin ni siquiera tener que declarar ante el juez, puesto que el que estaba guardia, pasaba esos días de vacaciones de semana santa en la casa de la costa de una tonadillera muy famosa, en compensación a una sentencia muy comentada en televisión, que le había librado del talego también. Lo primero que hizo Borja Mari al abandonar el calabozo, fue ir al bar de Mauricio Colmenero a desayunar. Allí se pidió un orujo con ginebra y el camarero, un extraño coreano al que llamaban machupichu, le dijo: - coño, Borja, si esto resucita a un muerto! - . - Por eso, por eso - respondió Borja Mari. 

Del resto poco puedo decirles, pues no se más. Algunos hablan de apropiación indebida de derechos de imagen de Borja Mari por parte de señores con sotanas que huelen misteriosamente a muerto, otros hablan de inquisiciones disfrazadas de santas, dictaduras, abusos de menores, creación de un extraño y pequeño estado dentro de otro estado y con más poder que todo el resto de estados juntos, dinero negro y demás, pero como de eso no hay nada demostrado, no nos lo podemos creer. Eso sí, todo lo demás, aunque tampoco se pueda demostrar, hay que tener fe ciega en ello. 

Hoy, Borja Mari celebra su cumpleaños y está de baja, otra vez por depresión. Feliz Navidad.

martes, 21 de diciembre de 2010

Una de ascensores



Un cartel en los accesos de cada planta recuerda las prioridades. Ancianos o personas con limitaciones, sillas de ruedas y carritos de bebé. Tonto el que no lo entienda, vamos. Un servidor, acompañado de uno de estos carritos de bebé en el que descansa mi pequeño tesoro con forma de niño, aprieta el botón de bajada y espera al ascensor. Hablemos de cualquier centro comercial de esos donde uno acude en masa a dejarse los cuartos por culpa del sistema y de la puta comodidad, para que cuatro mierdas con más talegos que todos sus potenciales clientes sigan haciendo caja a destajo a la vez que lloran por culpa de una crisis inventada que en realidd no va con ellos. Aunque también podría aplicarse al ascensor aquel que me lleva a las profundas entrañas del metro de mi ciudad. Única forma de acceder muchas veces cuando uno acude con semejantes artilugios o limitaciones a uno de estos lugares.

Junto al mismo que ahora escribe, cuatro adolescentes con cara de pajilleros y tres fulanas de mediana edad emperifolladas hasta la médula, cargando con una decena de bolsas llenas de trapos o lo que sea, hacen lo propio. Esperar al ascensor. Mientras, tampoco está de más decirlo, las fulanas ponen a caer de un guindo a una cuarta que no está. Típico entre mujeres. Pero no me llamen machista, que no lo soy. Si acaso un tanto realista. Y llega el ascensor. Se abren las puertas y a pesar de que se apea una pareja aparentemente sana y con buena pinta, el trasto va hasta las patas, por lo que ni los pajilleros, ni las fulanas, ni mucho menos el menda con su carrito, hacemos el mínimo esfuerzo por entrar. Aunque antes de cerrarse las puertas para seguir su breve viaje entre plantas, tengo tiempo para observar que aparte de otro carrito de bebé, el aparato va ocupado por gente de lo más normal. De la que podría subir y bajar por las escaleras sin aprieto alguno. Que encima las de ese centro comercial son mecánicas y el esfuerzo sería mínimo, excepto para salvar el medio metro que uno ha de caminar entre plantas para hacer la tan dura tarea del transbordo entre escalera y escalera. Pobres...

Vuelvo a apretar el botón de bajada. El de la flechita hacia abajo. Porque estas máquinas tienen memoria, son inteligentes y todo lo que nos vendan, pero no son tan listas como para saber que todos, pajilleros, divinas de la muerte y el que narra, nos hemos quedado con las ganas de subir al ascensor en aquel rellano. Junto a los baños de la cuarta planta del centro comercial. Con el inconveniente de que a cada rato, va llegando gente y más gente. Y como siempre, sucede que hay alguno más tonto que otro, porque al final aparece aquel tonto a las tres que aprieta botones a destajo. El de subir y el de bajar. Y porque no hay más. En realidad el membrillo lo que quiere es bajar, pero no se qué cojones tendrán esos botones, que siempre hay alguien que tiene que meter el dedo e iluminarlo todo. Total, que al momento abre sus puertas otro ascensor, pero no baja. Sube. Y encima, aunque poco nos importa esta vez, va lleno también. Eso sí, ni una silla.

Sigue acumulándose gente y a uno se le infla la vena y le entran ganas de meter fuego a la mierda de centro comercial con todos sus accionistas dentro, pero con la silla de mi niño a cuestas me iba a resultar complicado escapar de allí, por lo que desisto y mi mente vuelve a la realidad. Y además, qué coño, que ladro mucho, pero tampoco soy tan malo. Y ahí que llega por fin otro ascensor. Esta vez baja, pero de nuevo hasta las cartolas de gente. Más pajilleros. Niñas de las que seguro gritan y lloran con Justin Bieber o con Take That. Un par de señoras con su abrigo en la mano y un señor de traje, que no sé porqué, me da que trabaja allí, pues huele a vendedor brasas a comisión que jode. Pero queda hueco. Poco, pero algo queda. Los cuatro adolescentes no hacen ni el amago, pero las tres payasas que no han dejado de criticar a la Josefa -ya la han nombrado siete u ocho veces-, corren para entrar. -Me cago en los rizos de David Bisbal! Ostias, que yo he llegado primero- suelto de mala ostia, pero las muy perras ni se inmutan. Se acomodan dentro y siguen a lo suyo. Bla, bla, bla y tal y tal. En estas cojo yo con el carrito de mi nene y sin pensármelo ni un segundo, arranco picando rueda y casi de trompo me meto dentro. Aplasto bolsas y barrigas, golpeo espinillas con la silla, blasfemo en ruso y en arameo y tenemos la fiesta en paz porque nadie dice nada. Mi cara de perro mal domado ya lo dice todo. Las gilipollas de las bolsas dejan de hablar de Josefa, la cuarta que no está y de repente me miran y parecen regresar a la realidad, aunque seguro que las muy hijas de puta encima se piensan que yo soy un sinvergüenza. Y solo una de aquellas señoras que ya venía en el ascensor abrigo en mano, se aprieta un poco y se atreve a decir lo que yo ya he dicho antes: -la verdad es que somos la leche, porque nosotros tenemos las escaleras, que encima son mecánicas-. Yo sonrío y le añado: -el pan nuestro de cada día, señora. El pan nuestro de cada día-.

La guinda del pastel la ponen otros al llegar a la planta baja. Otros dos carritos con niños esperan para subir. No había acabado yo de sacar mi silla, cuando el ascensor ya estaba lleno de gente otra vez. Y la historia va y se repite, pero con otros protagonistas. Aquellos de las sillas se encabronan y vuelta a empezar. Me dieron ganas de meter baza, pero iba demasiado quemado y aquella en realidad no era ya mi guerra, así decidí seguir mi camino balbuceando de nuevo, eso sí: -el pan nuestro de cada día-. Y es que además de vagos, sinvergüenzas.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Famosillos, alcahuetas y otros derechos laborales



Que sea yo un defensor de los derechos laborales de la clase trabajadora, no es ningún secreto para nadie que me conozca al menos un poquito. Soy consciente además de que para tener muchas de las cosas que hoy tenemos a nivel laboral, otras generaciones lucharon lo suyo, a base de huelgas, encierros, pataletas, protestas varias y demás. Y aunque algún cantamañanas inorpotuno critique a menudo el trabajo sindical, gracias a ellos, nuestros derechos son algo más numerosos que hace quince, veinte o treinta años. Y el que lo dude, lo siento por su completa ignorancia. Aunque, y como en todo, no pongo en duda que hasta en los sindicatos más serios y peleones haya, no uno, si no mil garbanzos negros. Osea, completos miserables de mierda.

Por ello y por ser ejemplo a diario de nuestra televisiva sociedad, me molestan, y qué coño, me tocan ampliamente las pelotas, detalles puntuales de famosos o famosillos, alcahuetes o alcahuetillos, como el presentador de ese absurdo y patético programa bautizado como "Sálvame", el cual tras un accidente, aparece al día siguiente trabajando, o mejor dicho, dando la brasa y presentando su programa con un brazo escayolado a la birulé. Unos días más tarde, el mismo presentador aparece en su estúpido programa luciendo un aparatoso armatroste metálico del que salían media docena de varillas desde las mismísimas entrañas de las carnes de su brazo, cuando donde tenía que estar el susodicho, era descansando es su puta casa y con una baja médica laboral por su estado. Como hubiese hecho cualquier trabajador.

También me sacan de quicio aquellas mari marujonas, parásitos de la cutrevisión más hortera de todos los tiempos, tipo Carmen Alcaide o Marta López (ex Gran Hermano), las cuales lucieron embarazo colaborando o presentando abobinables programas hasta casi dar a luz. Que algún día acabaremos viendo a alguna gilipollas de estas pariendo sobre su mesa de charla-coloquio barato o bailando como las sin sentido esas del "vuélveme loca". Que me quedé de piedra encima cuando el otro día me enteré de que lo dirige una gachí que conozco personalmente, aunque de eso van ya muchos años y ni ganas de presumir de hazaña. No por ella, que parecía buena gente, sino por el programa. Y después, no contentas solo con casi parir en directo mientras nos nos torturan con títeres y abogados prófugos de una dudosa justicia, las sinvergüenzas estas vuelven a su puesto de trabajo a los pocos días de haber dado a luz, cuando donde deberían estar es compartiendo esos primeros ratos con sus retoños. Como cualquier madre a la que flaco favor hacen, por cierto, con dicha actitud.

Mención aparte tienen todos aquellos amagos de fósiles, sirva como ejemplo una tal Carmen Sevilla, la cual debe de rozar ya el siglo y pico de vida, que deberían de estar jubilados hace años, torrándose al sol de Benidorm, Ibiza o Salou, disfrutando del calor de sus nietos o paseando su garbo desgarbado allá por donde les plazca, pero dejando sobre todo, y esto es lo más importante, esos puestos de trabajo para gente más joven y capacitada.

Total, que tantos años de lucha sindical y tanta maraña, para que vengan toda esta recua de famosos y famosillos y se salten los derechos de los hombres y mujeres por el forro de las pelotas.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El curioso caso de Ibai



Ibai. Cuatro añitos. Demasiado joven para entender esto de la vida. Y demasiado pronto, como no, para saber de errores médicos y humanos.

Ibai. Cuatro añitos. Una revisión cotidiana con su pediatra. Un bulto en un costado. Una primera valoración por especialistas. Una delicada decisión. Un quirófano. Una intervención. Misión sencilla para quien vive de abrir y cerrar a humanos. Extirpamiento de un cuerpo extraño. Cuerpo consistente en un feto. Un nonato. Su hermanito no nacido. Desde hace cuatro años, sin saberlo ni él ni nadie, le acompaña y va creciendo. Extraño, pero real. Como la vida misma.

Ibai. Un niño. Feliz como tantos. Ya va al cole. Y canta. Rie. Grita. Llora. Juega. Y adora los columpios. O eso me imagino yo. Tras ser operado, surgen las inesperadas complicaciones. Un error. Un accidente quirúrjico. Un despiste. Una negligencia... Una putada. Que más da como se le llame cuando el daño ya está hecho.

Ibai. Cuatro añitos. Urge su traslado a otro centro de Madrid. Una ambulancia medicalizada se ocupa de ello. Toda mi vida escuchando a los que nunca voto que aquí tenemos la mejor sanidad del mundo y cuando vienen mal dadas, quien no acaba en Boston, acaba en Madrid. Otros con menos suerte, en sitios peores aun más fríos.

Ibai. Tan pequeño, que aun no sabe qué son los impuestos. Ni el trabajo. Ni el dinero. Ni un amigo de los de verdad. Tampoco sabe apenas nada de los palos de la vida. Ni conoce el amor, salvo aquel que a diario le profesan sus aitas y sus aitites. Desconoce que algún día puede que también él tenga hijos. Y los querrá con locura. Como ahora le quieren a él. Tan pequeño y poca cosa para todo y sin embargo está a la espera de un trasplante multiorgánico. Hígado. Páncreas. Intestino. Bazo... Un descuido al no unirle una arteria en la intervención, hizo que no le llegase oxígeno a sus órganos.

Ibai. Cuatro años. Un milagro hace que de la noche a la mañana, sus pequeños órganos comiencen a funcionar. Nadie se lo explica. Los médicos, dice la prensa, tampoco. Porque yo todo lo que cuento, lo saco de la prensa. Ni si quiera le conozco, pero eso poco importa. Sale del "nivel 0" de la lista de espera. El nivel más alto. Máxima prioridad. Solo es un niño. Y para ser trasplantado, otro niño ha de... (...)

Ibai. De Zaratamo. Cuatro años. Cuatro añitos. Hoy he leido que sus órganos han comenzado a funcionar. La misma arteria que mantuvo durante estos años a su hermanito en forma de feto en su costado, ha sido la que le ha hecho llegar el oxígeno que le faltaba a sus propios órganos.

Ibai. Cuatro añitos. No estaba solo. Tenía un hermanito que en el peor momento, quiso ayudarle. Aun no sabe nada de la vida y ya ha conseguido darnos a todos una lección de supervivencia. De lucha. Y de que los milagros existen. A veces la naturaleza demuestra más bondades que nosotros, los de carne y hueso. Los que nos creemos invencibles.

Ibai. Aun es pronto para alegrías, pero seguro que todo sale bien. Te lo mereces. Y tú puedes con todo. Nadie lo pone en duda. Estaremos pendientes.
 
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Esta entrada tiene solo la misión de informar y de dar a conocer el caso de Ibai Uriarte. La fotografía del niño que aparece en esta entrada ha sido sacada de la prensa digital(El Correo, Deia, Eitb) así como parte de la información. Gracias también a Ana (Sorgi Beltza) por tenerme informado.


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Un día después de hacer pública esta entrada, las noticias no se antojaron alegres. Tras una intervención a Ibai en el hospital de La Paz de Madrid para comprobar el alcance de las lesiones, confirmaron que había que trasplantarle al menos cuatro órganos, por lo que de nuevo entró en lista de espera dentro del Nivel 0. El de Máxima Prioridad Nacional.

El día 29 de diciembre de 2010, Ibai fue trasplantado de los cinco órganos que finalmente necesitaba.

El día 15 de Abril de 2011, Ibai abandonaba el hospital de La Paz y regresaba a su casa de Zarátamo, en Bizkaia. Todo ha salido bien. No obstante, los trasplantes de órganos son un tratamiento, no una cura definitiva. Ahora deberá medicarse día tras día.

El 24 de Julio, cosas del azar, me encontré en un centro comercial con Ibai, con su hermano y con sus aitas, con los que tuve el gusto de charlar unos minutos y los que me hicieron saber que todo iba muy bien. A mediados de agosto volverían a Madrid para realizar una revisión, pero el estado anímico en general parecía bueno. Y pude ver a Ibai corriendo, jugando, riendo y escapando de su madre, la cual le preseguía con la merienda por el centro comercial. Como todos los niños. Y aunque esta era la primera vez en mi vida que yo veía a Ibai personalmente, sentí una emoción imposible de explicar.