sábado, 16 de julio de 2011

Mañana por ti. Nunca por mí.



Son casi las siete de la tarde y el funeral está a punto de comenzar. La protagonista de esta reunión para este último adiós tiene solo 23 años. La iglesia está a rebosar, aunque es posible que en este momento haya mucha más gente fuera charlando de banalidades, que dentro rezando y prestando verdadera atención a lo que allí se va a decir en unos minutos. Irati no era muy de santos ni de misas. De hecho no era nada. Ni creía, ni dejaba de creer. Simplemente aquel rollo no iba mucho con ella y le daba igual. Tenía mejores cosas que hacer, o eso había dicho en alguna ocasión, que dedicarle un solo minuto a algo que no sabía si de verdad existía o eran simples cuentos de hadas o de vividores sin escrúpulos. Y que nunca en su corta vida le había quitado el sueño nada de eso, vamos. Aunque como muchas muchachas de su edad, había soñado varias veces con casarse algún día de impoluto blanco y por la iglesia. Pero aquí está hoy, a punto de que den las siete de la tarde, de cuerpo presente sin pedir estar y a la vez sin protestar. Al fin y al cabo, tampoco hay nada de malo en ello. Nadie es tan malo como aparenta, ni tan bueno como dice ser.

Hacía poco más de un año que le habían detectado la enfermedad. El diagnóstico fue claro. Demasiado claro. Pero la mayoría de las veces tiene cura, no te preocupes, le dijo con cara de pocos amigos y con más ganas de que llegase el fin de semana y pirarse a la playa, que de atender a pacientes aquel miércoles el hematólogo que le correspondía. Un poco por aquí y un poco por allá. Pruebas y más pruebas. Unos días, quizás una semanas de ingreso en este mismo hospital, un corto pero duro tratamiento y a vivir, que son tres días. Aunque luego pensó que lo de los tres días bien podría habérselo ahorrado. Por si las moscas. Pero ya lo había dicho. Y si las cosas no evolucionan, siempre nos queda el trasplante, añadió el hematólogo, restándole importancia al comentario anterior de los tres días. ¿El trasplante? Si, el trasplante. El trasplante de médula. De médula ósea.

Irati era una gran persona. Conocía a mucha gente. Demasiada. Había sido voluntaria durante muchos años de una famosa entidad benéfica que ayudaba a niños con problemas, había colaborado en infinidad de proyectos con otra infinidad de asociaciones y había sabido durante sus 23 años ser una persona de lo más sociable con todos aquellos que la rodeaban. Aunque solo estuviesen con ella cinco minutos. Presumía de haber tenido hasta siete novios formales e incluso casi media centena de rollitos esporádicos que no la dejaron apenas huella. Pero no sé porqué digo esto, porque no viene a cuento.

La primera vez que le hablaron en serio y como única salida sobre la posibilidad del trasplante, no pudo evitar que de nuevo un escalofrío recorriese su cuerpo y su alma. Fue una sensación un tanto parecida a la que sintió el día en que le diagnosticaron su enfermedad, aunque un poco más leve por aquello del callo que se adquiere con los sustos y con las malas noticias en las frías salas de ambulatorios y hospitales. Leucemia, le habían dicho aquella otra vez. Cuando de verdad sintió como si se le cayese el mundo encima. Pero cuando le explicaron en lo que consistía el trasplante de médula, fue como quitarse un pequeño peso de encima que solo le había durado unos minutos. Tenía sus peros, pero tampoco le parecieron tan graves. Tampoco lo eran. El problema vendría con el donante. Su familia cercana era escasa. No tenía hermanos y con ello se le cerraba una pequeña puerta, aunque insisto en lo pequeña, como acabo de decir. La posibilidad de que su hipotético hermano hubiese sido compatible con ella, era solo de un 30%. Pero ni siquiera existía ese hermano, ni por lo tanto, esa posibilidad. Llegó a tener uno en forma de embrión, pero se apagó antes de decirle buenos días, buenas tardes o buenas noches a la aventura de la vida. Otra opción eran sus padres, aunque ellos se quedaban solo a la mitad de posibilidades. Uno podría y el otro no. Su madre se hizo las pruebas y resultó no ser compatible. Solo tenía un 5% de posibilidades de serlo, como sucedería con uno de sus tíos, que tampoco tuvo suerte al entrar dentro del otro 95%. El de la incompatibilidad familiar. Aun así, ambos, madre y tío, decidieron entrar en los Registros Internacionales de donantes de médula, por si el día de mañana otra persona necesitara de ellos. Su padre ni siquiera tuvo la opción de hacerse las analíticas. Padecía otra enfermedad, que aunque no grave, sí le hacía incompatible con la posibilidad de donar incluso sangre. Elementalmente, cabe destacar que llegados a este punto, el resto de tratamientos habían obtenido resultados nulos. Pero no había nada perdido, le dijeron. Todavía.

Desde aquel día, Irati, entre asustada por su mala suerte con aquella enfermedad que se había acoplado a su forma de vida y animada a la vez por el hecho de que en algún lugar existiese un donante que la pudiese devolver al mundo de los que se preocupan por verdaderas gilipolleces y no le dedican sus pensamientos en pleno a una enfermedad, decidió involucrar a toda su gente en su problema. Ya no solo por ella, sino por todos los que estaban pasando por lo mismo y a los que a algunos había conocido gracias a una famosa asociación que lleva el nombre de su creador. Josep Carreras ( http://www.fcarreras.org/es ). Uno a uno, una a una, aprovechaba cualquier conversación, cualquier café, cualquier paseo o cualquier concierto, comida o cena para explicarle a sus amigos, compañeros de trabajo, excompañeros de clase, vecinos o simples conocidos de poco más que el hola y adiós, en lo que consistía ser donante de órganos y de médula ósea en particular.

Es muy sencillo y no tiene consecuencia alguna, decía siempre con una leve sonrisa en la boca, aunque a mí me daba la impresión de que contarlo una y otra vez no le hacía gracia en exceso. Sobre todo cuando en algunas ocasiones notaba ausente a su compañero de charla. Como si lo que le estaba diciendo Irati fuese un peñazo. Hay dos formas diferentes de donar, seguía contando orgullosa Irati. Una es la donación de médula ósea en sí, la cual requiere solo de un pequeño ingreso de 24 horas del donante en el centro hospitalario en el que se lleva a cabo la donación y que no consiste más que en unas punciones aspirativas realizadas en la cresta ilíaca, siempre bajo anestesia general o epidural, que es la misma que se utiliza cuando una parturienta va a dar a luz. La otra forma es la donación de progenitores hematopoyéticos de sangre periférica, que dicho de una forma más sencilla, viene a ser la donación de células madre. Para esta otra forma, seguía contando Irati, al donante se le administra una medicación inyectable de forma ambulatoria durante los cuatro o cinco días previos a la donación. Luego no requiere ingreso alguno. Simplemente se le realiza una extracción en una o en dos sesiones mediante una sencilla técnica denominada aféresis. Dicen que en algunas personas esto causa una sensación similar a la de la gripe, pero dura solo unos días y tampoco ocurre siempre. A Irati se le iluminaban los ojos cada vez que lo explicaba, no porque le hiciese gracia andar todo el día con el mismo tema a cuestas, sino porque cada vez que exponía el tema, veía en su amiga, en su conocido, en su vecino, compañera de trabajo, del cole o de lo que fuese, a la persona que iba a cambiar sus días. A la persona que iba a salvar su vida. A la que conseguiría que su máxima preocupación fuese qué pantalones o qué vestido ponerse al día siguiente y no otra vez su enfermedad. Ventitrés años no es la edad precisamente a la que debe morir nadie, por mucho que a veces la naturaleza y algún que otro desalmado se empeñen.

Irati seguía con su conversación. Además, el que te hagas las pruebas, no quiere decir que vayas a donar. Es más, muy poca gente acaba donando luego, porque no es compatible con nadie que necesite de ella. Simplemente te hacen la analítica y los resultados se incorporan a una base de datos internacional, que aquí gestionan desde el Registro Español de Donantes de Médula Osea, o REDMO. Si, si, la base de datos es internacional. Y si algún día te necesitan, te llaman. Y si no te necesitan, que es lo más probable, pues tú a lo tuyo. Y si te llaman, sabes que vas a salvar la vida de otra persona. ¿Sabes lo que eso significa?. Salvar la vida de otra persona. Es increíble. ¿Alguna vez has salvado la vida de alguien? ¿Alguna vez te has planteado que en un momento dado, otra persona podría llegar a salvar la tuya? A Irati se le volvía a iluminar la cara. Esa persona podría ser ella misma. Irati. 23 añitos. Siete novios a sus espaldas. Media centena de rolletes pasajeros. Toda una vida por delante. Mil proyectos estancados desde hacía poco más o poco menos de un año, que en determinados momentos, hasta el tiempo carece de importancia. Todos sus planes limitados al mero hecho de intentar sobrevivir hasta vete a saber cuando, sin poder saber siquiera si el próximo verano volvería a ver a sus amigos a los que solo ve en vacaciones.

Muchos de sus amigos parecían interesarse por el tema. Algunos se preguntaban cuales eran los motivos por los que este tipo de cosas no se publicitaban en los medios. Porqué no lo decían a diario en la tele. En la radio. En los periódicos. Porqué las autoridades sanitarias, que tanto empeño le ponen en que no fumemos, en que no corramos con el coche y en que nos pongamos el casco y el cinturón, no le dedican el mismo esmero a concienciar a la sociedad para que se hagan donantes. Porqué el cura en todas las misas en vez de decir amaos los unos a los otros y yo soy la salvación, no dice haceros donantes. Donantes de órganos. Donantes de sangre. Donantes de médula ósea. Donantes de lo que sea. De corazón. De riñón. De pulmón. De felicidad. De vida. De mucha vida. De simple, llana y pura vida.

Irati se lo explicó con extremado cariño a todos sus amigos. A Elena, a Javi, a Leire, a Marta, a Sergio, a Iker, a Paula, a Rakel, a Lorena, a David, a Naroa, a Sara, a Eneko, a Mikel, a Janire... Y todos o casi todos asintieron como convencidos de algo que hasta ese momento ignoraban. Algunos llegaron a informarse en su ambulatorio, que es el lugar donde te van a decir cuales son los primeros pasos que debes dar. Y creo que a unos pocos les llegaron a inscribir en el Registro Internacional de Médula Osea, pero muy a su pesar no eran compatibles con su amiga. Un par de ellos ni siquiera se lo llegaron a contar a Irati. No merecía la pena. Las mejores acciones son aquellas que pasan desapercibidas para todos, menos para el que las hace. Porque cuando las cosas están bien hechas, sobran hasta los agradecimientos. Otros sencillamente no pudieron ni intentarlo. Cualquier enfermedad presente o pasada podía echarlos para atrás. Una hepatitis, anemia, un exceso en sangre de glóbulos, de hierro u otras docenas de enfermedades que a veces desconocemos hasta que alguien de nuestro entorno nos dice que padece.

Son casi las siete de la tarde y el funeral está a punto de empezar. La iglesia está a rebosar. Unos fuera y otros dentro. Puede que haya aquí ahora más de 500 personas. Yo diría que hasta puede que haya más de mil. Tres mil y pico, dice uno que presume de haberlos contado ¿Qué más da?. Irati no pudo superar aquella enfermedad. Nunca apareció un donante compatible con ella. Los dos últimos meses de su vida fueron especialmente duros. Los quince últimos días aun más. Sabía lo que se le venía encima. Las últimas horas no tuvo ya la posibilidad de ser consciente de que todo había terminado. Ya estaba sedada. Sedada para siempre en el mismo hospital donde la habían estado tratando meses antes.

Son ya las siete y pico de la tarde y el funeral ya ha comenzado. Mucha gente llora sin consuelo la todavía breve, pero eterna ausencia de Irati. Su amigo Iker es uno de ellos. Y Leire. Y Elena. Y David. Y Sara. Sará también está llorando. Como también lo hace Naroa. Desconsoladas las dos. Naroa vivía en el mismo barrio que Irati. Solo unas calles separaban sus casas. Sara en otra ciudad un tanto lejos. Era una de sus amigas de vacaciones. Siempre coincidían en un pueblo creo que de Valladolid. Y aunque ambas, Sara y Naroa, eran amigas desde hacía toda una vida de Irati, entre ellas no se conocían. Hace un rato las han presentado. Ambas lloran desconsoladas. Y ninguna de las dos, ni Sara, ni Naroa, ninguna de las dos, saben ahora, como tampoco sabían antes y como tampoco sabrán nunca, jamás, en la vida, que de haberse hecho una simple analítica en su momento, ahora Irati estaría seguramente viva. Y todo gracias a cualquiera de ellas. Gracias a Sara o gracias a Naroa, quienes nunca tan siquiera llegaron a plantearse la posibilidad de hacerse donantes de médula. Aunque solo fuese por su amiga. Irati. La misma por la que ahora lloran sin consuelo. La misma por la que ahora, en este momento y en este maldito funeral que no debería de estar sucediendo, dicen que darían hasta su vida. No solo un trocito de su médula. No. Darían hasta su vida. Pero Irati ya no estará con ellas nunca más.

domingo, 22 de mayo de 2011

Tino vota. Marta gana.


Marta gana. Tino vota. 

Tino no entiende de política. 

Marta vive de ella. 

Tino está casado y tiene dos hijos aun pequeños que ya andan, pero aun no saben hablar. 

Marta no quiere hijos. Alega en su defensa que con ellos no podría viajar como viaja ni vivir como vive. A cuerpo de reina. O de concejala. De diputada o de ministra. Pero a cuerpo de algo. Por ahí van los tiros. Casta los llaman. Por algo será. De sarao en sarao. De pleno en pleno. De congreso en congreso. Al final, para el que no sabe, todo le suena igual. Quince días en Irlanda, quince en Japón. Quince en la playa, quince en la casita de la montaña. Otros quince allá en la Conchinchina -¿existe la Conchinchina?-. Y el resto de tiempo,  sin clavarla mucho, tampoco nos vamos a engañar. 

Tino tiene una hipoteca de más de mil euros mensuales y cuatro cláusulas abusivas que ni se plantea denunciar. Con solo ver a Rato, tan inocente y sonriente por la tele, ya le dan náuseas y malas tentaciones. Al final de su vida, habrá pagado dos pisos. Con suerte para el banco, puede que más. 

Marta vive con su novio en una de las casas de su madre, que tiene creo que tres. Dos en la misma calle, aunque separadas por casi un kilómetro de distancia y cuatro cruces de calles con semáforo. Y otra en Santa Pola, más pequeñita, provincia de Alicante. Yo nunca he estado allí. Tampoco en Benidorm. Ni siquiera en Teruel, aunque me consta que existe. 

Tino está sin trabajo desde hace poco más de un año. No encuentra nada, ni de lo suyo ni de lo otro. Le indemnizaron con cuatro míseros duros, ya que el "espabilao" de su jefe primero le mandó a un invento para joder al currela al que bautizaron como ERE. Así, con mayúsculas. Que viene a significar algo así como "estás jodido, pardillo". Tino es una buena persona. Marta me consta que también, aunque ya no se... Ambos sangran si se cortan. Ambos tienen la sangre roja. Y ambos lloraron cuando murieron sus repectivos padres. Tino le llamaba aita. Marta le llamaba papá. Los dos hablan a menudo de él. Tino aun le echa de menos. Marta también

Tino vive de lo poquito que le pagan unos señores a los que no pone cara llamados "el paro" y del catastrófico sueldo de su mujer, cajera a doce horas de una gran superficie que factura grandes millonadas al mes. Ella tiene una amiga soltera, venida de lejos, de algún que otro país, también con dos hijas, en este caso dos niñas, a la que el Estado le paga por estar sentada en su casa contando azulejos más de lo que gana ella en la caja del súper aguantando pellejas y soportando la estúpida luz roja de una videocámara que no deja de enfocarla y grabarla mientras lo revisa algún soplapollas con contactos y amigos en el partido de Marta. 

Marta vive de la política. Dicen las malas lenguas que se levanta unos 5.500 euros al mes. 

Tino cuenta que de niño robó un paquete de galletas rellenas del Principe de Beckelar y cuatro naranjas en el ultramarinos de debajo de su casa. 

Marta asegura que nunca en su vida robó. 

Tino dice que la política es una mierda. 

Marta dice que ella si está en política, es por hacerle el bien a sus vecinos, incluido el pobre y amable Tino, quien parece no darse cuenta y encima no agradece el duro trabajo de Marta, quien ha tenido el bonito detalle de enviarle a su casa una papeleta con su nombre y su foto para las presentes elecciones. 

Tino a veces siente miedo. Le han atracado dos veces en un mes y en una de ellas le acompañaba su hijo pequeño, que no dejó de sonreirle al dulce atracador ajeno a sus intenciones y acciones, quien tras ser detenido y comprobada su abultada ficha policial, fue puesto inmediatamente en libertad gracias a unas leyes que, al contrario que las de Tráfico o la del tabaco, no se pueden modificar. Tampoco se puede modificar la Ley del menor. Pobres niños. Asesinos, pero niños. Inocentes niños. Asesinos inocentes niños de niños más inocentes aun y más pobres, si cabe. Asesinos que por ser niños, no sólo no pisan la cárcel, sino que además sus muertes no les cuenta como antecedente. 

Marta va siempre acompañada de dos señores de anchas espaldas que le cubren la suya. Y tiene licencia de armas, aunque a pesar de lo abultado de su bolso, jura y perjura que no lleva hierro ninguno con ella. Y puede que, y solo digo que puede, sea por ello, que tampoco lo sé, que a veces sucede que cuando alguien la insulta o la mira con cara de genio en la calle, aunque no la reconozcan y sea solo por, por ejemplo, colarse en la cola del súper donde trabaja la esposa de Tino, se permita levantar el dedo corazón, ese del medio de la mano, "da igual que derecha, que izquierda, que ambas son igual", a la vez que sonríe como queriendo decir - jódete, imbécil!-. Yo no sé si eso es verdad, pero así lo cuenta con gracia y sin gracia alguna a la vez la madre de los hijos de Tino. 

Tino dice que todos los políticos son unos sinvergüenzas y unos ladrones. 

Marta dice que no es verdad. Que puede que haya algunos chorizos, pero que los de su partido nunca lo fueron. Que ellos lo hacen todo muy bien. Que todos los imputados lo están por envidias y encerronas mal paridas. Y que ellos solo han recogido lo que otros les dejaron. 

El otro día fue jornada de reflexión y Tino se pasó el día muy preocupado reflexionando: - ¿Como sacaré adelante a mis hijos cuando se me acabe esto del paro? ¿Y si mañana despiden también a mi mujer?-

El otro día fue jornada de reflexión y Marta se pasó el día muy preocupada reflexionando: -¿Conseguiremos quitarle el poder a los putos sociatas de mierda? Puede que sí. La campaña ha sido realmente buena.- O no, calla, que no es así. Que Marta era sociata. Los malos eran los otros, los de la gaviota. O no. Coño, no se qué me pasa, pero últimamente siempre me acabo liando con pequeños detalles. Sin demasiada importancia, eso sí. 

Hoy han sido las elecciones. Tino está agobiado. No entiende una mierda de política y tampoco quiere entender. Su motor lo alimentan sus dos niños y su mujer. Solo sabe que ha sido domingo y que ha echado de menos a los pequeños. Y los pequeños le han echado de menos a él. Solo sabe que ha sido domingo y que se lo ha pasado sentado en una minúscula silla de colegio infantil donde a diario se sientan niños de nueve y diez años, y se ha pasado el día diciendo trescientas veintisiete veces "vota". "Vota". "Vota". Solo sabe que una carta certificada y urgente le dijo hace un par de semanas que tenía que pasarse obligado el domingo enterito sin mujer y sin hijos allí. So pena de cárcel. So pena de multa. So pena de "en busca y captura". So pena de "yo ordeno y tú obedeces, so gilipollas". Y todo por un bocadillo. Y por un puto puñao de euros. Por vivir en democracia. "Vota". Puta democracia. "Vota" Falsa democracia. "Vota". "Vota". "Vota". Para lo del terrorismo, hemos de ser todos una piña. Para la delincuencia común, te buscas la vida, pringao. Si a tu hijo lo mata una bomba, cuarenta años de cárcel al que la puso y otros cuarenta al que la mandó poner. Si a tu hijo lo mata el yonki del barrio, pobrecito drogata. Con siete años de talego escarmienta. Y con un amiguito bien cerca, no se nos vaya a suicidar. Y como recurras, te cargan las costas. Por tonto del culo. 

Hoy han sido elecciones y Marta está muy contenta. Su voto ha parecido una gran fiesta. Estaban hasta los de la tele. Ha comido pulpo a feira, percebes y chuletón de Galicia con sus compañeros de partido en el mismo restaurante del hotel donde suele alojarse el equipo ese de catetos millonarios cuando juegan contra el equipo local. 

Tino y el resto de esclavos aun no han hecho recuento de votos, pero Marta ya ha salido de nuevo en la tele diciendo que habían ganado. Que por fin llegaba el cambio. Y lo celebra con risas y champán. Risas alegres y champán del bueno. Habían ganado. Marta había ganado. Mientras, Tino solo buscaba el momento de pirarse a su hogar y de echarse a dormir. Ni siquiera de abrazar esa noche a sus hijos, pues sabe que cuando llegue a su casa, llevarán horas durmiendo. Ajenos, gracias a dios o a quien sea, a todas las barbaridades de los adultos. Ajenos a tanto y tanto hijo de puta. Ajenos a todos aquellos que no solo se ríen de mi presente, sino también de su futuro. Del futuro de aquellos dos niños que ahora duermen sin haber visto en todo el día a su padre. Al amable "indignado" y quemado Tino. Al presidente de mesa por el Artículo de "me sale a mí de las pelotas"
Y eso que Marta había ganado. Y eso que Tino no había perdido. Tampoco había ganado. Tino nunca ganó. Tino nunca perdió. Ni ahora ni otras veces. Siempre, y ahora también, se había quedado exactamente tal y como estaba. Como hace un año, cuando se quedó en el paro. Como hace seis meses, cuando seguía en el paro. Como hace nueve años, cuando también fue un parado. Ahora volvería a pasar de nuevo desapercibido. Hasta el año que viene. Hasta las generales. Y ahora, igual que antes, Tino estaba Jodido. Bien jodido. Y eso que Tino también votó. Aunque solo fuese en honor a su abuelo, al que nunca dejaron votar. Entonces había una dictadura y todo el mundo lo sabía. Ahora hay otra y pocos logran darse cuenta. 

Cualquier parecido con la coincidencia, no es más que pura realidad. No le den más
vueltas, no sea que encima les vayan a ilegalizar.

viernes, 11 de marzo de 2011

Adios, esposa mía


Aquella fosa cavada con picos y palas tan solo unas horas antes por los propios vecinos del pueblo, esperaba abierta y ansiosa a la anciana que reposaría para siempre en sus entrañas. Una misa en su honor. Un oscuro sermón cansino e inservible. Un último paseo, caja en hombros, por las calles embarradas del pueblo y el adiós definitivo en aquel pequeño cementerio, casi visible desde la misma casa de la fallecida, convertiría la jornada en algo agobiante y triste, como pocas cosas ocurren en la vida, a la vez. 

Ante aquel tétrico agujero, con un montón de tierra en uno de sus lados que serviría para taparlo después, nos reuníamos unas pocas personas para darle a Josefa el último adiós. La pequeña familia de la difunta. Los escasos vecinos del pueblo casi al completo y algunos que otros venidos de pueblos colindantes. Aunque dudo que entre todos sumásemos más de medio centenar de almas vivientes. Rezos continuos, súplicas imposibles, ancianas y no tan ancianas de impoluto, riguroso y patético luto, ancianos con su cabeza al aire y su boina entre las manos, sotanas con olor a naftalina caducada, gemidos agónicos y lloros casi forzados, me traían a la memoria escenas nunca vividas por un servidor de lo que podría haber sido un funeral en la España profunda de años peores. Y es que aunque parezca mentira, en muchos lugares poco o nada ha cambiado en estos aspectos.

A mi lado, un hombre alto, amable, bueno y curtido en la vida. Contaba en sus buenos tiempos que con catorce años tuvo que buscarse la suya en América. Un ratito en Cuba y otro en Nueva York. Hablaba inglés casi como cualquier norteamericano. Al regresar de nuevo a su hogar, casi de la misma manera que se marchó, y tras poner en orden su vida, esposa, rapaces y tal, le sorprendió la guerra civil, siendo amenazado y coaccionado en varias ocasiones por aquellos que decían querer una España mejor. No buscaban su apoyo. Simplemente dinero. Puto y maldito dinero. Curiosamente, vecinos y amigos de toda la vida. Aunque como casi todos los que pasaron por ello sin ser de ningún bando y de todos por derecho adquirido a la vez, evitaba hablar casi siempre de aquello. Pasaron página como solo los buenos hombres saben pasar. Olvidando y perdonando. Cerrando puertas al dolor dando portazos. No hacía falta más que mirarle a los ojos. Eran los ojos de una bella persona. Valiente y humilde. Elegante y con clase.

Aquella fría tarde de Febrero en aquel cementerio, se colocó a mi izquierda. Brazo con brazo. En primera linea. Delante de aquella fosa hambrienta de cuerpo recién fallecido. Aunque dudo que en aquel preciso momento, aquel hombre supiera quien era yo, aun conociéndome de toda mi vida. Los años no pasan en balde y las enfermedades ni saben de cribas ni entienden de buenos y malos. Tomás había perdido la cabeza hacía ya algún tiempo y a mi llegada horas antes, no había sido capaz de reconocerme. Tampoco a mi padre. Y ni siquiera fue consciente de que su casa fue convertida durante horas en un velatorio. En un ir y venir de lágrimas con piernas. Rezando rosarios. Uno tras otro. Como martillos gigantes golpeando paredes en días de resaca. Pegándote palmaditas, apretones de manos y diciendo que te acompañaban y que sentían lo mismo que tú, cuando de sobra sabemos que no es más que un aburrido e innecesario cumplido.

Entre unos pocos metieron la caja en aquel agujero. Mientras, la escena no parecía ir con el señor Tomás, que más bien tenía su mirada perdida y quien sabe qué pasaría por su vieja y trabajada cabeza. Fue entonces, cuando al echar la primera palada de tierra sobre aquel ataúd donde descansaba Josefa, pareció reaccionar y de repente dio un paso al frente y para mi sorpresa, con la mirada triste y la voz firme, dijo: -adiós, esposa mía-. Y volvió a sumergirse en su mundo de incógnitas.

Dos años más tarde, cuando el calendario mostraba el mes de Marzo de 1994, falleció Tomás. Tenía 89 años. Ley de vida. No conviene darle vueltas ni hacerse más preguntas de las necesarias. Y volvimos a juntarnos casi los mismos en aquel pequeño cementerio de aquel pueblo perdido de la mano de Dios. Con la compañía de los mismos rezos. El mismo luto. Las mismas tradiciones. Los mismos miedos. La misma sotana. Esta vez para darle el último adiós a un hombre bueno. A un hombre grande. A un ejemplo a seguir. A una persona que fue capaz de impresionarme para el resto de mi vida con tres simples palabras que hoy le dan título a esta historia. 
Allí estábamos, en el mismo lugar dos años más tarde. Esta vez para darle el último adiós a mi abuelo.

lunes, 21 de febrero de 2011

El rebelde y un par de botones.


Eran días de escuela. Mediados de la década de los 80. Los martes, antes de acceder al "puente caracol" que me llevaba directo al colegio, paraba por la tienda de chuches conocida como la de "las viejas" con el fin de comprar la revista Tele Indiscreta. No por su inútil y patético contenido informativo en sí, sino por las pegatinas preadolescentes que siempre regalaban con ella. Era un fanático, especialmente de las pegatinas las de la serie "V", que pegaba con esmero en portada,  contraportada y por todo el interior de mi carpeta- clasificador estudiantil. He de reconocer que humana o lagarta, Diana -léase Daiana- tenía su morbazo. Sabrina, Samantha Fox, Sandra o C.C. Catch eran otras de las habituales de aquellas pegatinas de las que uno presumía en clase. A uno les costaba dejar de mirarlas.

Mi relación con los compis de clase era generalmente buena. Con algunos, aunque no muchos, sigo manteniendo el contacto, algo que después de 30 años, no es tarea fácil. 
A veces decir la verdad te convertía en el villano de la escena y la infundada fama de malo, rebelde o yo qué sé que tenía, vencía a la razón. La inteligencia no se medía entonces, como tampoco se mide ahora, de forma superficial ni por instinto, aunque muchos piensen lo contrario. Y como muestra, no un botón, sino mejor un par de ellos. De botones digo... Os cuento:

El botón de la payasa.

Una mañana de escuela cualquiera de aquellas mañanas de mediados de los 80, al salir de casa, mochila a la espalda, con mi meta puesta en el cole, a escasos cien metros de mi portal, me encontré tirado en la calle un sobre abierto. Al curiosear en su interior, descubrí que dentro había un cheque a nombre de un tipo, que para mi grata sorpresa, resultó ser el padre de una de mis compañeras de clase. Casualmente, no de una compañera cualquiera, sino que aquella era la niña que me gustaba. Bueno, a mi y creo que a media clase de "A". No solo me gustaba, me volvía loco, las cosas como son. Ella, sabiéndose de su relativo atractivo y de su lista de "bobo-seguidores", no era precisamente la más humilde del lugar, pero bueno, digamos que tampoco es algo reprochable hacia una niña de 12 o 13 años, guapa por la gracia divina de Dios y no por méritos propios. Emocionado entonces yo por el hallazgo como una adolescente devota católica y practicante en el día de su confirmación, me acerqué a ella nada más entrar en clase y le di el cheque, pensando, tonto de mí, en que con aquel gesto me ganaría para siempre su simpatía y eso me daría infinidad de puntos frente al resto de admiradores. Nada más lejos de la realidad. La muy payasa, guapa por fuera, pero payasa por dentro, se mosqueó conmigo y me preguntó una y otra vez que de donde coño había sacado yo aquel sobre con aquel cheque. Insinuó en varias ocasiones que yo se lo había quitado del buzón de su casa e incluso así se lo hizo saber a los profesores, que aunque en un principio me interrogaron algo mosqueados, al final creo que optaron por creerme, más que nada, por aquello de que zanjaron el asunto sin más miramientos y no volvieron a sacar el tema. Aunque ella, la guapa y payasa a la vez, creo que nunca me creyó. Luego me arrepentí de habérsela dado y de no haberla hecho pedazos o mejor aun, haberla dejado a merced de algún desalmado. Su padre no tenía culpa, lo sé. Pero yo tampoco y de haberla creído, es posible que me hubiese metido en un lío. Desde entonces me empezó a caer mal. Incluso dejó de gustarme. No se lo merecía. Crucé el paso de cebra que separa  el amor del odio en menos de lo que se cobra un cheque. Por payasa.

El botón de la pizarra.

Cabe destacar que durante mi etapa de la EGB, nunca fuí el mejor de la clase. De hecho, es posible que ni siquiera estuviese entre los 20 o 25 mejores. Y aun superando la treintena de niños en el aula, no éramos tampoco muchos más. Yo creo más bien que encabezaba la lista de los malos. La de los trastos y rebeldes. O los capullos. Como quieras llamarlo. Porque vago tampoco era. Cuando me pongo y el tema me interesa, no hay quien me gane. Pero el cole me aburría más que a Belén Esteban un museo de Bellas Artes. A veces me pasaba horas desahuciado y castigado en el pasillo del colegio, aunque esto me sirvió para aprender a bailar breakdance, ya que allí, bajo el mismo castigo, nos reuníamos lo mejorcito de cada clase y tampoco era plan de estarnos quietecitos mirando al techo. Raúl, Tanti o Toni eran compañeros de pasillo habituales. Está claro que si no éramos buenos en clase, tampoco íbamos a serlo en los pasillos. Hoy lo pienso y reconozco mi maldad y mi pasotismo, pero también es verdad que tuve unos maestros que nunca pusieron el más mínimo interés por aquellos que no queríamos estudiar. Preferían enseñar a los que ya sabían. A los buenos estudiantes. A los que no les daban problemas. Y al fin y al cabo yo solo era un niño. Un niño que comparado con todo lo que se cuece hoy en día, sería algo rebelde, pero era un completo bendito. 

Una tarde, después de terminar las clases y siendo yo el último en salir del aula, escribí algo a tiza en la pizarra. Lo que ya no recuerdo bien es que fue lo que puse, pero algo del estilo a "tonto el que lo lea" o similar. Elementalmente, a la mañana siguiente, nada más empezar la clase, se lió. La tutora, a la cual yo le tenía un profundo odio y, rencores aparte, juro que olía peor que mal, preguntó a ver quien había sido el gracioso y sinvergüenza que había escrito aquello. Y como no podía ser de otra forma, allí nadie contestó. Yo tampoco. Sería malo, porque lo era, pero de  tonto ni un pelo. Entonces la tutora, en su linea de mala malísima de la muerte, que también lo era, aparte de como ya he dicho antes, oler a demonios, nos amenazó a toda la clase con suspender una excursión que teníamos prevista en breve si no salía a lo largo de la mañana el autor de aquella pintada, que decidió no borrar para hacernos sentir a todos, especialmente al autor, aun más culpables. Todos nos mirábamos unos a otros como presuntos cabrones, suplicándonos en silencio unos a otros que levantase la mano aquel que lo hubiese escrito. Y es que a todos nos jodía que nos robasen por la cara aquella excursión que ya no recuerdo donde era. En un acto de buena fe y solo por salvar aquella salida del cole, me delaté. - He sido yo - dije en voz alta. La mofeta que tenía por tutora, de nombre Mariangeles, y esposa a la vez del propio director del cole, me miró extrañada y me dijo que yo no había sido. Un gamberro y capullo como yo, nunca se delataría. Insistí. - He sido yo, de verdad -. Pero siguió sin creerme e insistiendo para que se delatase el verdadero autor de aquel "tonto el que lo lea". Al final fuimos de excursión y me libré de aquel marrón solo por ser malo. El puesto de culpable quedó desierto. Algunos compañeros de clase me dieron las gracias por autoinculparme. Aunque me llamaban tonto por hacerlo. Si yo no había sido ¿para qué coño digo yo que sí? Nadie me creyó. Y es que hasta ser malo tenía su lado bueno. 

Situaciones parecidas me han pasado más veces en la vida. Pero creo que por hoy, es suficiente. Y si no les apetece, pues no me crean. De verdad que me la pela.

lunes, 14 de febrero de 2011

El blog de Janire



Janire tendría como cosa de quince años cuando hace al menos otros quince que la perdí la pista. No era más que una niña, una mocosilla, las cosas como son. Y tampoco podría aventurarme a lanzar una opinión sobre ella. Ni buena, ni mala. Por una parte, debido a que tampoco la conocí lo suficiente y no pretendo juzgar. Tampoco soy quien. Y por otra, que son ya muchos los años que han pasado y tampoco me acuerdo. Digo yo que típica niña con cien millones de fantasías, sueños locos de adolescente y muchas ostias por pegarse en esta puta vida. Es lo que hay. Ni más, ni menos.

No hace mucho, se me cruzó uno de mis tantos cables y en un cortocircuito cerebral de los tantos que me dan, rebusqué entre mis dos enormes, viejas y desgastadas cajas de zapatos, repletas de todas aquellas cartas que recibí en otros tiempos a lo largo de mi edad del pavo y del postpavo, con el objetivo de buscar y con suerte encontrar a aquella gente que olvidé o que me olvidó por culpa del tiempo, de la distancia o por simple falta de interés, y gracias a los remites de los sobres, intentar localizarles en este otro siglo a través del Facebook. Y Janire fue una de esas personas. Que igual ni se acuerda, pero conservo un par de cartas suyas mataselladas en Francia, creo que allá por el 96.

Por su perfil de la página social mencionada, descubrí que como yo, ella también tenía un blog. Pero no un blog cualquiera. Nada que ver con este que estás leyendo ahora. El suyo no es un blog donde Janire exprese aquello que se le pasa por la cabeza, haciendo crítica o metiéndose con todo bicho tonto y raro viviente. Tampoco es un blog divertido, ni de los que de verdad agrada del todo leer. Pero no me malinterpreten, porque a mí me ha encantado. No me hizo falta más que empezar a leer, para darme cuenta de por donde iban los tiros. Y me impresionó hasta el punto de que ya no pude parar. Y una vez situado, decidí buscar su primera entrada y leerlo al revés. Quiero decir, empezando desde el principio, cuando Janire empezó a escribir hace ya casi tres años e ir leyendo hasta la actualidad. Creo que he sabido explicarme, verdad? No obstante, creo que es así como se deberían de leer todos los blogs cuando uno entra por primera vez. Puede que el mio también. Pero en este caso tampoco es del todo necesario. En el de Janire, sin duda, sí.

El caso es que Janire, aquella a la que perdí la pista hace ya más de una docena de años, había pasado por una enfermedad de esas que no dejan indiferente a nadie que la padece. Y en su blog no solo habla de temas relacionados con dicho mal, sino que además intenta darnos a conocer casos similares al suyo y nos explica como nadie en que consiste, por ejemplo, ser donante de médula. Aunque lo que más me sorprendió, y por cierto, me ha llevado a escribir esto, es como cuenta el día a día de su enfermedad. Con una valentía asombrosa. Ganando terreno al miedo. Y con una sinceridad que hizo que se me pusiesen los pelos de punta. Nos recuerda que tenemos que vivir cada día como si fuese el último de nuestras vidas. Y cada año, como si de repente alguien nos dijese que este era el último. Porque seamos sinceros; la señora de la guadaña pasea a diario junto a nosotros. Como bien dice mi suegro, calle arriba, calle abajo. Decidiendo a quien coño llevarse con ella esta vez. Quien sabe si a un sitio mejor, pero por si las moscas, mejor que pase de largo también esta vez.

Y cosas así, como las que cuenta Janire, te hacen ver lo frágiles que somos. Hoy tenemos unos proyectos estupendos y mañana todo esto puede esfumarse y nuestra única inquietud consiste en la mera supervivencia. Y me hace regresar a aquellos días de no hace tanto, cuando un médico un tanto hijo de puta y sin escrúpulos me dijo de buenas a primeras que yo tenía cáncer. Y me pasé una semana dándole vueltas a toda mi vida. Cagado de miedo, pero plantándole cara como nunca hubiese imaginado. Pensando en mi hijo y en mi mujer. Y en lo puta que era la vida. Aunque tras soltar unos duros en la medicina privada, por aquello de que la salud es lo primero y en casos como este que le den por el culo al dinero, descubrí que el tal Doctor Robador, así se apellidaba y se seguirá apellidando, había confundido mis pruebas con las de otra persona, que encima ya ni siquiera formaba parte de los vivos. Manda cojones. Mi angustia duró solo una semana, pero me pareció toda una vida. Y aunque ganas no me faltaron de partirle el careto a aquel subnormal de bata blanca, otros de su gremio me recomendaron no hacerlo. Al fin y al cabo, había sido un error y yo estaba perfectamente. Decidí entonces olvidarlo, aunque creo que aun no lo he conseguido.

Por ello que entiendo a mi vieja amiga Janire. Aunque me alegra saber que a estas alturas todo está bien. Que lo ha superado. O en esas está. Y por ello desde aquí, os animo y qué cojones, os suplico que entréis en su blog. Que lo leáis. Que le prestéis atención. Que dejéis de cruzaros de brazos y de miraros solo el ombligo. Que os hagáis donantes. Donantes de órganos. Donantes de sangre. Donantes de médula. Donantes de vida.

(El blog de Janire de momento no está en servicio, debido a una decisión personal)