lunes, 18 de abril de 2016

Recuerda, tú que puedes...




Nací allá por el treinta y tantos, o eso creo. ¿Mil ochocientos treinta y seis? ¿O sería ya del treinta y siete? No, no, calla, de mil novecientos, mil novecientos. ¿O era ochocientos? A ver, estamos en el... dos mil y pico, no? Sí, dos mil y pico, pero no recuerdo qué pico. Ah, vale, será, será, será del dieciséis, si tú lo dices... Pues entonces creo que del treinta y siente, de mil ochocientos treinta y siete, cuando lo de la guerra aquella. Menudo bandido estaba hecho el Paco aquel... Al primo de la Manoli, que lo mataron en el muro del cementerio y él ni de un bando, ni del otro, pero lo mataron. ¿La Manoli? No, calla, al de la Irene, al primo de la Irene. Lo que sí que recuerdo perfectamente, es donde nací, aunque ahora mismo no te sabría decir como se llamaba el pueblo, pero tampoco queda lejos. "Por ahí creo que pa´llá..." Mi padre murió muy joven. Mi madre, no recuerdo. Tengo un hijo. O no, calla, que tengo dos. Ah no, que no era chico, que era chica. Bueno, ¿qué más da? ¿Y como se llamaba el chico? Calla, Santi, se llamaba Santi. Qué cabeza la mía.... 
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Calla, que te cuento: que ayer vino el médico, pero que no recuerdo para qué. Igual me dolía la cabeza. Oye, y qué majo que era, y creo que nuevo, no le conocía, aunque él a mí me llamó por mi nombre y me trató como si me conociese de toda la vida. Como saben tratar a la gente, se nota que tienen estudios. Ya le dije yo, que a ver si conocía a mí hijo. Que sí hombre, que le tiene que conocer. Pero no sé, no sé ya lo que me dijo, pero mal tiene que andar para que no le conozca. Si andaba antes con esto de las ambulancias... Que sí, coño, que sí...
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¿Qué te estaba diciendo? Ah sí, que le digas a Matilde, la del 7, la del Antonio, que sí, la que me llamó el otro día, que te dije que se le había muerto la cuñada, que estoy aquí, que le digas eso, que estoy aquí, en esta residencia, que igual no sabe nada. Qué mujer, fíjate lo que me dijo el otro día que vino a verme... que a ver si me traes unos calcetines más gordos, hijo, que con las medias estas se me quedan helados los pies, anda. ¿Y qué decías de Matilde? Anda, calla, que yo no te he mentado a Matilde, que has sido tú, hijo, qué cabeza la tuya. Fijate que siempre ha estado enferma esa mujer, oye, que sí no era una cosa, era la otra. Y fijate, que ayer me puse mala y que no vino el médico... como son, anda que... Y llamar, le llamaron. Que aquí otra cosa no, pero las horas de las comidas, ay, como se respetan...
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A ver si mañana vienes a verme otra vez, anda, que no vienes nunca. Y así ya te cuento lo que me dice el médico, que mañana voy, y a ver lo que me dice. Anda, calla, qué va ser domingo mañana, anda... Y fíjate que me han robado 500 pesetas. Sí sí, anda que... 500 pesetas y la cachavica, con el servicio que me hacía, pero calla, que esto ha sido la Matilde. Ándate, que ya lo verás... ¿"Cuala" del siete? ¿Qué siete ni que ocho? Matilde, la mujer que duerme conmigo. La que te dije de los pies, la que le huelen a "meaos". 
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Mira, mira, esta es una de las que nos cuidan; más maja ella. Dile hijo, dile a esta chica como te dijo el médico que se llamaba el este que tenía. Mira chica, mi hijo, este es mi hijo. Ah, ¿que ya le conocías? ¿Pues de qué? Claro, de las ambulancias. Dile hijo, dile como se llamaba. Eso, alzhéimer. Se llamaba alzhéimer.

jueves, 14 de abril de 2016

El pederasta que no era pederasta en una sociedad miedosa y enferma




Disfruto de la lectura de un buen libro sentado en el banco de un parque, cuando observo como un niño de unos cuatro o cinco años, no más, se cae de un columpio y se golpea levemente en la cabeza. Tras comprobar de un vistazo que sus padres no están junto a él y que nadie se acerca a la criatura, dejo el libro sobre el banco y me acerco hasta él, le cojo y compruebo al momento que el niño no tiene daños serios. Aún así, no deja de llorar, imagino que por el susto de la caída. No sé muy bien qué hacer. Soy padre y de repente, siento empatía por el pequeñajo que tengo a mi lado. Sigue llorando y nadie más se acerca a nosotros. Algunos padres de otros niños que juegan en el mismo parque, nos miran sin interés. Como si el que un niño ajeno a su familia se haga daño, no sea cosa suya. De repente, recuerdo que llevo una bolsa de chuches en el bolsillo de mi cazadora vaquera, la saco y se la muestro al pequeño. Este sigue llorando, pero mete su pequeña mano en la bolsa y coge dos gominolas, no al azar, sino que las elige. Una nube de color rosa y un corazón de azúcar, mitad rojo, mitad naranja. Le digo que coja más, pero no me escucha. Está entretenido comiéndose las que ya ha cogido. Sigue llorando, a la vez que observo que sangra, muy poquito, eso sí, por el labio. Intento consolarle como buenamente sé. Con buenas palabras infantiles y jugando con la bolsa de chuches. Coge otra gominola de la bolsa. Una con forma de mora de color rojo. Como sigue sin dejar de llorar, me sale de lo más adentro de mi alma darle un abrazo y decirle que esté tranquilo, que no pasa nada, que ahora mismo nos ponemos manos a la obra y buscamos a sus padres. Y de repente y como por arte de magia, deja de llorar. Pero ya es tarde. A lo lejos, aunque no tan lejos, veo correr a dos mujeres. Vienen hacia mí. Estaban entretenidas un poco más allá, charlando de vete tú a saber el qué, ajenas al destino y a los juegos de sus hijos. Gritan, pero no las entiendo. No tardo en descubrir que una de ellas es la madre de la criatura. Me reconforta pensar que al fin ha aparecido y mientras pienso qué decirle, como explicarle lo que allí ha pasado y que su hijo parece no tener nada grave, empiezo a entender lo que significan sus gritos. 
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- Deja en paz al niño; suéltale; que le sueltes; hijo de puta!! -. 

Todo ocurre en segundos. La gente se arremolina junto a mí. Empiezo a escuchar "hijo de puta" por todas las partes. Un tipo, no más joven que yo, incluso se atreve a mirarme amenzante y pronuncia en tono elevado la palabra "pederasta". No lo asimilo. No termino de ser consciente de que todos esos adjetivos van dirigidos precisamente hacia mí. Y cuando la madre se pone a mi altura, me suelta un manotazo en la cara mientras sigue a viva voz soltando barbaridades por su boca. 

- Hijo de puta. Hijo de la gran puta. Cabronazo. Pederasta de mierda -.
Y es aquí , cuando entiendo lo que ha pasado. Intento explicarle a la madre y a su amiga que nada es lo que parece, que el niño se ha caído, que ellas no estaban pendientes, que solo le estaba consolando, que yo también soy padre, que los pederastas no son más que escoria, pero no me escuchan. Me zarandean, no sólo ellas. También algún que otro padre de los que antes miraban pasivos la escena de las gominolas que yo guardaba para mis hijos y que en un acto de cordialidad, decidí compartir con aquel pequeño que se acaba de caer de un columpio. Gritos y más gritos. El niño vuelve a llorar. Alguien ha llamado a la policía. No tardan en llegar. Tres patrullas. Lo hacen metiendo ruido. Como si de un atentado terrorista se tratase. La zona se llena de curiosos y yo soy el centro de atención. Y también soy el hijo de puta. Y el pederasta. Todo por intentar ayudar a un niño de unos cuatro a cinco años que en el momento en el que se cayó de un columpio,  sus padres no estaban pendientes. 
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El final de esta historia, puedes ponerlo tú. Seguramente, elijas aquel en el que todo se aclara y al final se queda en un simple malentendido. Lo sé. Sería lo correcto. Pero sabes, igual que lo sé yo, que de haber estado en el lugar como mero espectador, tú final hubiese sido que aquel tipo, que en realidad no era yo, hubiese terminado detenido, juzgado, condenado y con su foto rulando día sí, día también, por las diferentes redes sociales, alertando a todos tus contactos con un "cuidado con este hijo de puta pederasta" . Porque, seamos claros, vivimos en una sociedad paranoica que prejuzga antes de tiempo sin detenerte a utilizar el sentido común y sin detenerse a pensar en que, aunque nos parezca extraño, aun queda gente buena en el mundo. 

Pensar lo que compartís en las redes sociales antes de hacerlo. Quizás hagáis más daño del que pensáis.

miércoles, 13 de abril de 2016

Diario de un tipo que lleva media vida trabajando en el turno de noche




Día 1. Lunes. Te levantas, gracias al "tirorí" de tu despertador, a las 7:30 de la mañana, te das una ducha rápida, más por despejarte que por aseo puro y duro y acto seguido, despiertas y preparas a los niños, para llevarles, después de pelearte con ellos para que desayunen y se vistan, al colegio. Genial, que se piensan muchos, porque tienes todo el día libre después y puedes hacer todo aquello que te dé la gana. Elementalmente, este primer día de la semana, desayunas a las 7:45, comes sobre las 14:00 y cenas a las 21:00, más o menos, como cualquier persona normal que lleve una vida ordenada y normalizada. A las 21:50 sales de casa, porque a las 22:30 comienza tu jornada de trabajo. Sobre las 2 de la mañana, haces una parada técnica de entre 15 y 30 minutos, dependiendo del día y del trabajo, y en esa primera jornada de trabajo de la semana recién empezada, como ya has cenado en casa a las 9, te tomas simplemente un tentempié. A veces un café, a veces unas galletas. O unas patatas fritas de bolsa. Cualquier cosa vale para que no te dé el bajón. Llegas a casa sobre las 6:30 de la mañana. En mi caso, por una serie de problemas estomacales un tanto serios, no puedo comer ni tomar absolutamente nada tres horas antes de acostarme, asique, no puedo siquiera disfrutar de ese vasito de Cola Cao, ni frío, ni caliente, que muchos se toman antes de acostarse. Haces tiempo en casa, o bien viendo la tele, escuchando musica o leyendo un libro, hasta que se levantan los niños, a las 7:30, y una vez preparados para ir de nuevo al cole, te acuestas. Son, aproximadamente, las 8:30 de la mañana. Llevas despierto más de 24 horas. Con suerte, no tardarás mucho en dormirte. Aunque, como estás extremadamente cansado, puede costarte mucho más de lo que en principio habías pensado. 
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Día 2. Te levantas sobre las 3 de la tarde. Has dormido regular. A las 10 de la mañana, un coche tocaba el claxon. Te supones que estaría aparcado, querría salir y tenía a un gilipollas aparcado en doble fila. Te ha despertado. Te cuesta un rato, pero acabas cogiendo el sueño otra vez. Sumando todo, has dormido unas seis horas. Poco, la verdad, para alguien que estaba acostumbrado a dormir una media de ocho. Desayunas. Sí, aunque son las 3 de la tarde, no comes, no. Desayunas. Porque recién levantado, a nadie o a casi nadie, le apetece meterse unas alubias, ni unos macarrones, ni un filete, ni tampoco una lubina. A mí al menos, no. Me entra un café y poco más. Tienes la tarde libre. Genial. Comes sobre las 8 de la tarde. Aunque no entras a trabajar hasta las 22:30, tienes que comer un buen rato antes. ¿Porqué tan pronto? ¿Porqué a las 8? Sencillo: porque la cena, la haces luego, en el trabajo, en mi caso, sobre las 2 de la mañana. Y si comes más tarde de las 20:00, apenas dejarías tiempo entre la comida y la cena. La cena, que como ya he dicho, la haces en el trabajo, es una cena rápida, generalmente, a base de bocadillos. Poco sana, la verdad. Regresas de nuevo a casa a las 6:30 de la mañana. Vuelves a hacer tiempo, entretenido con la tele o con algún libro, levantas y preparas a los niños, y te metes de nuevo en la cama. Son las 8:30. De nuevo, te cuesta dormir. Estás agotado. Encima, hoy has discutido con tu encargado. Nada serio, pero lo suficiente para que ahora, con el silencia de las persianas bajadas, te comas el coco y te cueste dormir. A las 11 de la mañana suena el teléfono. Te despiertas y contestas. - ¿Sí?-. Es del ambulatorio, que te citan para esa prueba que estabas esperando desde hacía un par de meses. La cita, es este viernes a las 11:20 de la mañana. Te cuesta volverte a dormir. En parte, porque te has desvelado, y en parte, porque la prueba esa te hace pensar. ¿Estará todo bien? Cuando por fin parace que te quedas dormido, suena el portero automático. Es el cartero. No hay carta para ti, pero como sabe que en este piso siempre hay gente, siempre toca tu puto timbre. Ahora ya no vuelves a dormirte, aunque te pasas algo más de 2 horas intentándolo, dando vueltas y vueltas en la cama. Cualquier ruido del exterior, te altera. Porque es de día. Y el mundo está en movimiento. Sirenas lejanas. El ruido de un camión. La máquina barredora del ayuntamiento que limpia tu calle. El camión que recoge los vidrios. Otro claxon. El helicóptero ambulancia, que sobrevuela tu casa porque vives no muy lejos del hospital. El perro del vecino del primero, que no deja de ladrar. Más sirenas. Gritos de niños en la calle. Más perros que no son de tu vecino del primero...
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Día 3: Te levantas a las 3 de la tarde, aunque las últimas dos horas te las ha pasado despierto dando vueltas y más vueltas en la cama. No has dormido ni 4 horas. Estás agotado. Desayunas. Recoges a los niños del cole y mientras ellos ven la tele y hacen algunos deberes, tú te acuestas un rato y tratas de dormir un poco. Son las 7 de la tarde. No es fácil conciliar el sueño, por pequeño que sea, a esas horas. A las 20:00 te levantas y comes. Has conseguido dormir 15 minutos. Te levantas peor que cuando te acostaste. A las 22:30 entras a trabajar otra vez. Estás agotado. No rindes lo suficiente. No puedes ni con los pies. Pero a tu encargado no le valen las excusas. Al fin y al cabo, él es otra víctima del turno de noche y está igual de jodido que tú, aunque no se le note. A las 2 de la mañana cenas, otra vez un bocadillo, en el trabajo. A las 6:30 llegas de nuevo a casa. A las 8:30 te metes en la cama después de haber dejado a los niños en orden. A las 9:10, con suerte, consigues dormirte. A las 12:20 te despierta el ruido de un taladro. Es el vecino de arriba. Para él, las 12 del mediodía es una hora normal para hacer un simple agujero y colgar un cuadro. Tú, de buena gana, le colgabas a él de las pelotas. No consigues volver a dormirte. Has dormido solo 3 horas. Tu cabeza está a punto de explotar. 
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Dia 4: te levantas de la cama a la una y pico del mediodía, porque no has conseguido volver a dormirte después del ruido del puto taladro y llevas una hora dando vueltas y vueltas. El día promete, porque ya estás de mala hostia desde primera hora. Desayunas. Te tumbas un rato. Te quedas traspuesto. Poca cosa. Veinte minutos, no más. Lo suficiente para levantarte con un fuerte dolor de cabeza que vas a arrastrar todo el puto día, que sumado a tu mala hostia, se convierte en una verdadera bomba de relojería que tarde o temprano, terminará por explotar. Vas al cole a recoger a los niños. A la vuelta, te vuelves a quedar traspuesto en el sofá. Otros veinte minutos que, en realidad, necesitabas casi como el respirar. Cuando te despiertas, no sabes si es de día, si es de noche, si tienes que ir a trabajar, a buscar a los niños al cole, comer, desayunar, al monte, a la playa, a misa de 12... a por agua con el cántaro a la fuente... Cuando por fin reaccionas, ves que son las 8 de la tarde. Sigues con el mismo dolor de cabeza y la misma mala hostia que está mañana. Tú estado de humor es ese al que llaman "de perros". Y claro, lo pagas con todos los que te rodean. Con tus hijos, con tu mujer, con tu madre, que te llama para ver qué tal el día y la pones a caldo sin razón. Todo te parece mal. Tienes la sensación de que el mundo entero se ha puesto en tu contra. Discutes con tu mujer porque... porque... por lo que sea, qué más da?. Comes. Porque ya lo he dicho antes, a las 8 de la tarde, comes. Vuelves al trabajo. Vuelves a cenar en el curro a las 2 de la mañana. Esta vez, para variar un poco la dieta, toca una ensalada de las preparadas de supermercado. Parece un menú sano, pero en realidad no lo es. Ningún producto envasado es sano. Pero estás hasta los huevos de bocadillos. A las 6:30 de la mañana, llegas a casa. A las 8:30 te metes en la cama. Antes, tus hijos han conseguido sacarte de tus casillas un par de veces porque no querían ni desayunar, ni ir al cole. Te cuesta dormir, sobre todo, porque a las 11:20 tienes la prueba esa en el ambulatorio para la que te llamaron el otro día y no te quitas de la cabeza que, siendo ya la hora que es, no vas a poder dormir ni dos horas. 
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Día 5. Viernes. Te levantas a las 10:30 de la mañana. Desayunas. Te vas nervioso al ambulatorio. Tienes un sueño que te caes. A las 11:20 tienes la prueba. Te llaman a las 12:05. En la sala de espera parecías un zombie. Un puto zombie. Los retrasos en la seguridad social, son el pan nuestro de cada día. - Qué mala caras tienes -, te dice la enfermera, -  es porque trabajo de noche -, le digo. Cuando llegas a casa, es la una y media del mediodía. Comes algo. Te acuestas un rato. Te duermes. Poca cosa. Una horita justa. Cuando te despiertas, son las 3. Te sigue doliendo la cabeza. Sabes que es por el puto sueño. Estás agotado. Vas a desayunar, pero de repente recuerdas que hoy ya has desayunado e incluso ya has comido antes de acostarte. Te tomas un café. Tienes el estómago revuelto. Vas a buscar a los niños. Meditas sobre si cenar a las 8 de la tarde en casa, o esperar para hacerlo a las 2 de la mañana en el trabajo. Tienes hambre, así que, picas algo. A las 2 de la mañana vuelves a picar algo más en el curro. Un bocata, que dejas a la mitad. No te entra nada más. Y el estómago revuelto. Necesitas café, pero a esa hora ya no te conviene tomar otro, sino luego ya no duermes. La cabeza te va a explotar. Estás agotado. Vuelves a casa a las 6:30. Hoy te acuestas antes. Es sábado, los niños no tienen cole y se levantarán más tarde. Tú a las 7 de la mañana estás ya en la cama, aunque te cuesta un buen rato dormir. Aun tengo la mente activada y nada relajada. No hace ni una hora, estaba aun en trabajo. Nos creémos que cuando estamos muy cansados, nos dormiremos antes, y la realidad es muy distinta. Los niños se levantan a las 10. Son dos. Pequeños y revoltosos. Qué coño, como todos los niños. 
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Día 6: Diles tú a dos niños, pequeños y revoltosos, que se estén calladitos y sin hacer ruido en casa, porque su padre, pobrecito él, esta durmiendo a deshoras... A las 10:30 ya estás despierto. Los diálogos de Bob Esponja y de la Patrulla Canina por la tele y varios gritos infantiles, son los responsables. Has dormido unas 2 horas y media. Desayunas. Hoy toca jornada con los niños. Son tus hijos. No te queda otra. El parque, un paseo, las bicis, el patin... Yo también trabajo los sábados. Y los domingos. Hoy como a las 3 del mediodía, pico algo a las 8 de la tarde y volveré a picar a las 2 de la mañana. A las 22:30 empiezo a trabajar. A las 6:30 de la mañana, entro de nuevo por la puerta de mi casa. Por el camino, me cruzo con un par de borrachos, viejos conocidos, que se creen que, al igual que ellos, vuelves de fiesta. A las 7 estoy por fin en la cama. Es domingo. Se repetirá el plan del sábado. Niños y más niños. 
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Día 7: Sobre las 11 estás despierto. El ruido de los niños te ha vuelto a recordar aquello de "¿porqué cojones tuve hijos?" . De todas las cosas que se me ocurren en estos momentos, todas ellas son delito, asique, las descarto. Y además, qué coño, que son mis hijos y les quiero. Desayunas. Los niños se van a comer a la casa de los abuelos. Tú te quedas solo en casa y aprovechas para meterte un rato en la cama. Son casi las 2 de la tarde y no has comido. Tampoco tienes hambre y prefieres aprovechar este rato para dormir. Necesitas, si ya no puedes dormir, porque tampoco es tan fácil hacerlo cuando te apetece, al menos descansar. Te levantas a las 5. Tarde para comer y pronto para cenar, asique, ni lo uno, ni lo otro. Te tomas un café. Otro. Comes a las 8. Vas a currar. Llevas ya siete días seguidos de curro de noche. Siete días, sí, que se dicen pronto. Y el cansancio pesa y se acumula. Cenas a las dos de la mañana. Otro puto bocadillo. Los antiácidos y los protectores de estómago, son parte obligada de tu dieta. Tres y dos cada día. Los protectores, uno antes del desayuno y otro antes de la cena. Los antiácidos, uno después de cada una de mis tres desordenadas comidas. Como coño no voy a tener el estómago y el esófago hechos una puta mierda, con este desorden alimenticio... Vuelves a casa a las 6:30. Ya es madrugada del lunes. Haces tiempo de nuevo para levantar a los niños justo una hora más tarde. Les preparas para que vayan al cole y te acuestas. O no. Y es que, aquí viene el gran dilema. Ahora libro tres días seguidos. Lunes, martes y miércoles, aunque  bien podría ser miércoles, jueves y viernes, o domingo, lunes y martes. O en vez de tres días, podría librar cuatro, o tan solo dos. Eso ya, depende de la semana. Pero al lío. O mejor dicho, al dilema: tengo varias opciones. Una, que me acueste y me levante como siempre: si nada me despierta, sobre las 3 de la tarde, pero a la noche no tendría  sueño y me vería obligado a contar más ovejitas de la cuenta para quedarme dormido, seguramente, sin conseguirlo. La otra opción, sería acostarme solo un rato, pero sé, a ciencia cierta, que me levantaría peor y que tendré dolor de cabeza y mala hostia para todo el puto día. Una tercera opción, pasa por no acostarme. Así, a las 9 de la noche estaré muerto de sueño y me dormiré rápido, que luego nunca pasa por lo que ya he dicho antes, que estás tan cansado, que dormir te resulta imposible. Pero claro, de esta manera, iniciaría un ciclo similar al del resto de los mortales, que sería el de dormir de noche, aunque sólo fuese durante tres días. Los tres que libro. Pero ese día sin dormir, semana tras semana, después del cansancio que llevas acumulado, hace que tu primer día libre, se convierta en un verdadero infierno. Elijas la opción que elijas, esa primera noche que duermes en casa, te despertarás a las 3 de la mañana sobresaltado y con el corazón latiéndote a mil, porque sí, porque lo sé, porque me ha pasado siempre y no sé decir una razón. Y no soy el único. Esto mismo le pasa a mucha gente que trabaja de noche. Pasados esos tres días, en los que al final, no has sido capaz de acostúmbrate a dormir de noche y no has dormido ni una sola del tirón, vuelves otra vez al inicio de tu semana laboral, al día 1. Al de levantarte a las 7:30 de la mañana, siendo, por ejemplo, jueves, para preparar a los niños para ir al cole y meterte en la cama a las 8:30 de la mañana del día siguiente, tras más de 24 horas despierto, haciendo lo que te da la gana, porque "joder, qué suerte tienes, cuanto tiempo libre..."  y trabajando tus ocho horas en el puto turno de noche. Y así, día tras día, semana tras semana. Mes tras mes. Año tras año. Y yo llevo ya muchos. Demasiados. Repitiendo la misma historia que te acabo de contar. Sin saber si es de día o es de noche. Sin saber si me toca desayunar, si comer o si cenar. Con mis antiácidos y mis protectores. Sin saber si llueve o si hace sol. Frío o calor. Sin saber si tengo que ir a currar o a dormir. Un año. Y otro. Y otro. Y al final, te acaba pasando factura. Una factura enorme. En tu salud. La física y la mental. En tu calidad de vida. En tu familia. En la relación con tus amigos. En tu estómago, porque cada día desayunas, comes y cenas a una hora distinta. En tu estado anímico, porque no duermes, y cuando lo haces, no descansas. Porque la noche se hizo para dormir. Y al final, acabas como acabas. Volviéndote loco, encabronado todo el santo día, mandando a la puta mierda al primero que te lleva la contraria, deseando partirle la boca a subnormal que te ha dicho lo raro que eres, rodeado de psicologos, psiquiatras y pastillas. Muchas pastillas. Ansiolíticos, analgésicos, hormonas, hipnóticos, antidepresivos y la puta madre que les parió a todos. Y lo sé, es muy fácil decir: "no te tomes eso, que luego te enganchas y es jodido dejarlo". Pero no, que va, lo difícil no es eso, lo difícil, es saber qué es lo que se siente trabajando toda tu puta vida de noche, si nunca has trabajado ni una sola de todas ellas. Y es que al final, te lo creas o no, tienes muchas papeletas para terminar tocado realmente del bolo.