lunes, 13 de diciembre de 2010

El curioso caso de Ibai



Ibai. Cuatro añitos. Demasiado joven para entender esto de la vida. Y demasiado pronto, como no, para saber de errores médicos y humanos.

Ibai. Cuatro añitos. Una revisión cotidiana con su pediatra. Un bulto en un costado. Una primera valoración por especialistas. Una delicada decisión. Un quirófano. Una intervención. Misión sencilla para quien vive de abrir y cerrar a humanos. Extirpamiento de un cuerpo extraño. Cuerpo consistente en un feto. Un nonato. Su hermanito no nacido. Desde hace cuatro años, sin saberlo ni él ni nadie, le acompaña y va creciendo. Extraño, pero real. Como la vida misma.

Ibai. Un niño. Feliz como tantos. Ya va al cole. Y canta. Rie. Grita. Llora. Juega. Y adora los columpios. O eso me imagino yo. Tras ser operado, surgen las inesperadas complicaciones. Un error. Un accidente quirúrjico. Un despiste. Una negligencia... Una putada. Que más da como se le llame cuando el daño ya está hecho.

Ibai. Cuatro añitos. Urge su traslado a otro centro de Madrid. Una ambulancia medicalizada se ocupa de ello. Toda mi vida escuchando a los que nunca voto que aquí tenemos la mejor sanidad del mundo y cuando vienen mal dadas, quien no acaba en Boston, acaba en Madrid. Otros con menos suerte, en sitios peores aun más fríos.

Ibai. Tan pequeño, que aun no sabe qué son los impuestos. Ni el trabajo. Ni el dinero. Ni un amigo de los de verdad. Tampoco sabe apenas nada de los palos de la vida. Ni conoce el amor, salvo aquel que a diario le profesan sus aitas y sus aitites. Desconoce que algún día puede que también él tenga hijos. Y los querrá con locura. Como ahora le quieren a él. Tan pequeño y poca cosa para todo y sin embargo está a la espera de un trasplante multiorgánico. Hígado. Páncreas. Intestino. Bazo... Un descuido al no unirle una arteria en la intervención, hizo que no le llegase oxígeno a sus órganos.

Ibai. Cuatro años. Un milagro hace que de la noche a la mañana, sus pequeños órganos comiencen a funcionar. Nadie se lo explica. Los médicos, dice la prensa, tampoco. Porque yo todo lo que cuento, lo saco de la prensa. Ni si quiera le conozco, pero eso poco importa. Sale del "nivel 0" de la lista de espera. El nivel más alto. Máxima prioridad. Solo es un niño. Y para ser trasplantado, otro niño ha de... (...)

Ibai. De Zaratamo. Cuatro años. Cuatro añitos. Hoy he leido que sus órganos han comenzado a funcionar. La misma arteria que mantuvo durante estos años a su hermanito en forma de feto en su costado, ha sido la que le ha hecho llegar el oxígeno que le faltaba a sus propios órganos.

Ibai. Cuatro añitos. No estaba solo. Tenía un hermanito que en el peor momento, quiso ayudarle. Aun no sabe nada de la vida y ya ha conseguido darnos a todos una lección de supervivencia. De lucha. Y de que los milagros existen. A veces la naturaleza demuestra más bondades que nosotros, los de carne y hueso. Los que nos creemos invencibles.

Ibai. Aun es pronto para alegrías, pero seguro que todo sale bien. Te lo mereces. Y tú puedes con todo. Nadie lo pone en duda. Estaremos pendientes.
 
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Esta entrada tiene solo la misión de informar y de dar a conocer el caso de Ibai Uriarte. La fotografía del niño que aparece en esta entrada ha sido sacada de la prensa digital(El Correo, Deia, Eitb) así como parte de la información. Gracias también a Ana (Sorgi Beltza) por tenerme informado.


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Un día después de hacer pública esta entrada, las noticias no se antojaron alegres. Tras una intervención a Ibai en el hospital de La Paz de Madrid para comprobar el alcance de las lesiones, confirmaron que había que trasplantarle al menos cuatro órganos, por lo que de nuevo entró en lista de espera dentro del Nivel 0. El de Máxima Prioridad Nacional.

El día 29 de diciembre de 2010, Ibai fue trasplantado de los cinco órganos que finalmente necesitaba.

El día 15 de Abril de 2011, Ibai abandonaba el hospital de La Paz y regresaba a su casa de Zarátamo, en Bizkaia. Todo ha salido bien. No obstante, los trasplantes de órganos son un tratamiento, no una cura definitiva. Ahora deberá medicarse día tras día.

El 24 de Julio, cosas del azar, me encontré en un centro comercial con Ibai, con su hermano y con sus aitas, con los que tuve el gusto de charlar unos minutos y los que me hicieron saber que todo iba muy bien. A mediados de agosto volverían a Madrid para realizar una revisión, pero el estado anímico en general parecía bueno. Y pude ver a Ibai corriendo, jugando, riendo y escapando de su madre, la cual le preseguía con la merienda por el centro comercial. Como todos los niños. Y aunque esta era la primera vez en mi vida que yo veía a Ibai personalmente, sentí una emoción imposible de explicar.