viernes, 1 de junio de 2018

Me gusta cerrar los ojos, por ejemplo, y ver...




Me gusta cerrar los ojos y ver, por ejemplo, cosas que nunca vería con ellos abiertos. 

Me gusta cerrar los ojos y verme, por ejemplo, jugando al fútbol en el medio de la calle donde vivía de pequeño. Cuando apenas pasaban coches. Y si pasaba alguno, muy de vez en cuando, simplemente parábamos el juego y volvíamos a empezar justo donde nos habíamos quedado. 

Me gusta cerrar los ojos y verme, por ejemplo, subiendo la cuesta que me llevaba al cole, que aunque no me gustasen las clases, iba contento, porque era la única forma de ver a la chica que me gustaba. Qué coño a la chica, a las chicas, que a mí siempre me gustaron muchas. 

Me gusta cerrar los ojos y ver, por ejemplo, a mi madre cocinando, mientras cantaba una canción que decía: “yo vendo unos ojos negros, ¿quien me los quiere comprar? los vendo por embusteros, porque me han tratado mal”. Y luego seguía así: “más te quisiera, más te amo yo, y todas las noches las paso, suspirando por tu amor”. 

Me gusta cerrar los ojos y verme, por ejemplo, correr con mis amigos, después de haber tocado a una docena de timbres. O de haber robado un paquete de aceitunas en el pequeño súper del barrio. O de haber.. no, esto mejor no lo cuento. 

Me gusta cerrar los ojos, y verme, por ejemplo, sentado en aquel parque del barrio, donde solo comíamos pipas y más pipas y nos reíamos de todo y de todos. Y a eso le llamábamos felicidad. Cuanto amor dejamos allí..

Me gusta cerrar los ojos y seguir creyendo, por ejemplo, en los Reyes Magos; en el Ratoncito Pérez; en que mis padres vivirían para siempre, que eran superhéroes e inmortales. En que mi vida sería siempre así. En que los mayores siempre habían sido y serían mayores y los niños siempre seríamos niños. En que la vida era un camino de rosas y las malas cosas solo le pasaban a otros. A los malos, solo a los malos, por supuesto. 

Me gusta cerrar los ojos y jugar, por ejemplo, al hinque, a la rayuela, a la vuelta ciclista con las chapas de la Coca Cola, al barrenazo, a beso verdad o consecuencia, al pilla pilla, al escondite, al que no pita no pasa, bailar break dance, escuchar a Enrique y Ana y a Parchís, también a Modern Talking y a C.C. Catch, comprarme la Tele Indiscreta, más por las pegatinas de V, que por la revista en sí, leer el Nuevo Vale y la Súper Pop, esconder revistas donde salían tetas en cualquier lugar donde luego quedaban olvidadas, leer a Mortadelo y Filemón,  ver en la tele a David el Gnomo y a Jose Antonio Abellán en Tocata, llorar con la muerte de Chanquete, envidiar hoy a Javi y mañana a Pancho, fumar a escondidas, toser, toser, volver a toser y seguir fumando; ser un niño... un niño de verdad. Un niño inocente y sin maldad. 

Me gusta cerrar los ojos y ver, por ejemplo, a mi padre volviendo de trabajar. A mi madre poniéndole la cena, por machista que pueda sonar. Juntarme de nuevo con mi vecina Ainhoa todos los viernes en su casa, para ver en su tele nueva el Un, Dos, Tres. Jugar con ella al Monopoli y al Parchís. Celebrar los cumpleaños con Casera Cola y algo similar con sabor a naranja. Sin regalos. Solo con la presencia de tus amigos. 

Me gusta cerrar los ojos y verme, por ejemplo, de vacaciones en el pueblo. Trillando. Jugando. Corriendo. Viviendo. Bailando de verbena en verbena. Creyendo que ligabas y volviendo de vacaciones sin haber ligado. 

Y aunque ya, poco o nada queda de todo aquello, reconozco, por ejemplo, que me queda lo mejor. Aquellos momentos nunca volverán, pero muchas de las personas con las que compartí vivencias, siguen ahí. Mis amigos. Solo mis mejores amigos. Ellos saben quienes son. Daria nombres, pero sé que no es necesario. Basta con que cierres los ojos y si tú también me ves a mi, tú eres uno de ellos. O de ellas. Haz la prueba y luego me dices. 

Gracias. Por nada, por tanto y por todo.

(Salva Belver)

miércoles, 30 de mayo de 2018

Vivencias de un día cualquiera en el que la nostalgia no tiene cabida.



Una terracita de bar. 10 y pico de la mañana. Me siento solo en una de sus mesas. Me pido un pincho de bonito con anchoa y un cortado. “Con muy poca leche, por favor”. En mis auriculares, el ultimo disco de David Ojeda. Fresquito. Ha salido hoy mismo a la venta. Sé que no te sonará de nada. Dale una oportunidad. No solo a sus discos; también a sus libros. Poesía pura. De la que te hace pensar. Y observo. Observo a la gente de las mesas de al lado. Todos absortos en sus conversaciones. Unos sonríen. Otros discuten amenamente. Cada uno a lo suyo. Cada uno con su café. Pero parecen felices. Quizás eso sea la vida. Compartir una charla y un café. Una mirada distraída a veces y una mirada devuelta otras. 

Los de la mesa de al lado se dan cuenta de que les observo. Me miran y sonríen. Les devuelvo la sonrisa. Creo que se han percatado de que simplemente observo. Me gusta observar. Y el cielo promete lluvia. No me gusta la lluvia. Siempre me jode los planes. Yo soy más de sol. De sol y de calor. Por eso me gusta tanto el sur. A pesar de los encantos y paisajes del norte. Mis gafas de sol protegen mis ojos, no de un sol inexistente, sino de una mirada triste. Y eso que no estoy triste. Lo prometo. Pero a veces las miradas son así. Van por libre. Será el sueño. Esta noche me ha despertado un trueno y me ha costado volverme a dormir.  Nada nuevo en la vida de un tipo que olvidó dormir. 

Terminaré mi cortado. El pincho me lo he comido sin ganas. Me levantaré y me iré. Aunque primero me fumaré un cigarro. Otro. Si, he vuelto a fumar; y qué? Es mi vida. Mi puta vida. Me agobian tantos "¿porqué has vuelto a fumar?". Porque me sale del coño. Aunque mi madre sé que no me espera hoy, como tampoco me esperaba ayer, ni me esperará mañana, quiero estar un rato con ella. Hacerle reír. Contarle un chiste que no entenderá. Dejarla que yo sea quien quiera ella que sea. Me da igual que su hijo, que su hermano fallecido hace casi 20 años, que el chico de la residencia que le ayudó ayer a acostarse. Seré quien ella quiere que sea. Aunque yo tenga claro que soy solo su hijo. Ese mismo que ella no parió de forma natural, pero que salió de sus entrañas un 8 de noviembre de principios de los 70. 

Y así pasaré la mañana. Disfrutando de los pequeños detalles. Cuatro WhatsApp que te animan la jornada. Un par de “me gusta” en Facebook. Un email que te dice que hacienda te devuelve, no te quita. Una llamada que te hace una oferta de telefonía que rechazas. Mi música en mis auriculares, donde suena de todo, salvo el puto reggeaton. Mi pincho, mi cortado y la soledad de una mesa de bar con otra silla enfrente vacía, aunque yo la llene con mi imaginación. 

Y yo aquí, escribiendo chorradas que no dicen nada, pero que me gusta escribirlas. Porque la vida es esto. La vida no es nada, pero a la vez lo es todo. Vive. Si tú vives, yo vivo. 

“Dos con sesenta”. Pago y me voy. Me voy con mi rollo a otra parte. Siento no haberte contado nada decente esta vez, pero me apetecía escribir. Aunque sean solo chorradas. Y David Ojeda sigue en mis auriculares, mezclándose con Andrés Suarez, con Lorca o con Siloé. No sé si son canciones tristes o alegres. De amor o de desamor. Por mis amigos. Los de toda la vida y los nuevos. Por mis amores pasados y mis amores futuros. Por mi madre, que no sé si está. Por mi padre, que sé que no está. Por mis hijos, que siempre estarán. Por ti. Por mí. Y por esa gente que tomaba su café a mi lado, sin estar conmigo. Por esa silla vacía frente a mí que yo he llenado con mi imaginación. 

Y al final, acabo engañándote. La nostalgia sí que ha tenido cabía. Quizás sea por eso de que, la nostalgia, ay, la nostalgia, es el patrimonio de los adultos. Y yo peco demasiado de nostálgico. A mis 46 y medio...

(Salva Belver)

miércoles, 23 de mayo de 2018

Elegí ser yo mismo




Elegí ser yo mismo. 
Elegí ser sincero. 
Elegí ser claro. 
Elegí saber estar. 
Elegí ser prudente. 
Elegí, si no saber lo que quiero, al menos sí saber lo que no. 
Elegí decir lo que pienso. Siempre. Lo que siento. Siempre. Lo que noto. Siempre. Lo que percibo. Siempre. Lo que me sale del nabo. Casi siempre. Solo casi siempre, porque aquí, a veces sí que me corto. Más por ellos que por mí. Aún así...
Elegi ser yo mismo. 

Elegí llorar cuando me apetece llorar, reírme cuando algo me hace gracia y descojonarme cuando el momento lo requiere. Elegí borrarte de mi Facebook, no porque me caigas mal, simplemente porque eres tonto. Elegí borrarte de mi vida, no porque seas tonto, simplemente porque eres subnormal. Elegí no contar contigo para nada, no porque seas subnormal, simplemente porque ya no existes. Y quien para mí no existe, para mí no es nadie. Elegí bloquearte de mí WhatsApp, exactamente por lo mismo. Por tonto. Por subnormal. Porque ya no existes. Porque no eres nadie. 
Y elegí ser yo mismo. Le pese a quien le pese. Incluidos todos esos tontos a los que eliminé. 

Elegí querer a quien me quiera. Mirar a quien me mire. Sentir a quien me sienta. Y borrar a quien me borre, procurando, en la medida, no odiar a quien me odie. Pero solo en la medida. Aunque a veces no me salga y te tenga que mal odiar. 
Y elegí ser yo mismo. Siempre yo mismo. 

Elegí vivir. Quedarme aquí. Abrir los ojos casi a la vez que las persianas y cerrarlos media hora después, siempre media hora después, de volver a bajarlas. Cuando ya no queda luz en la habitación. Y sin luz, todas las habitaciones serían iguales, si no fuese por su olor. Todos tan diferentes... 

Y elegí ser yo mismo. Con mis cosas buenas y mis cosas malas. Con mis rarezas. Con mis virtudes, que no serán muchas, eso ya lo sé. Con ese extraño punto de madurez y con ese niño que se esconde bajo mi piel. Con mis tristezas y mis alegrías. Con mis gritos y mis susurros. Con mis amigos y enemigos. Con mi ying y con mi yang. Con mi cordura y mi locura. Conmigo mismo. 

Y decidí ser yo mismo, y a pesar de todo... hay veces que no sé ni quién soy.


(Salva Belver)


lunes, 21 de mayo de 2018

No lúcida, bella y loco





Lúcida. Hoy no está lúcida. Bella. Hoy esta bella. Comprende, del verbo comprender. Pero ella hoy no comprende. Nada. Nada de nada. Desvaría. Hoy desvaría. Hoy desvaría mucho. Demasiado quizás. Más que nunca, me arriesgaría a decir. Loco. Ese soy yo. Loco. Que no entiende. Loco. Que no quiere entender. Loco. Que no puede entender. Madre solo hay una, hasta cuando no te conoce. A un lado de la cama, ella, bella, vestida de hospital. Al otro lado de esa misma cama, yo, loco, vestido de calle. Me llaman “visita”. A ella le llaman “paciente”. Y no es de paciencia. Se quiere levantar, pero no sabe que no puede. Se quiere marchar, pero no sabe a donde. Me quiere llamar por mi nombre, pero no sabe como me llamo. Espera que venga su hijo, pero su hijo lleva aquí rato. Aunque ella no lo sepa. Quiere decirme algo, pero no sabe lo que me dice. Y tengo que darle la razón. Siempre la razón. Como a los tontos, como me dijo su neuróloga. Como a los tontos, pero ella no es tonta. También me lo dijo su neuro. Solamente está enferma y no tiene cura. El Alzheimer no tiene cura. Nunca la tuvo. La locura tampoco. O sí. Yo que sé. 

Y aquí seguimos, a un lado de la cama, ella. Bella. Con su mala o nula memoria, hablándome en presente de sus hermanos, esos que hace años se convirtieron en almas, pero ella no recuerda. Y al otro lado, yo, loco, que a veces sufro la locura, pero otras disfruto de ella. 

Sé que muchos no entenderéis de lo que hablo, pero a mí eso me da igual. A mi madre también. A mi madre aún más que a mí. 


(Salva Belver)

lunes, 14 de mayo de 2018

46 y medio

46 y medio. Esa es mi edad, que nos empeñamos en tener que medirla en años y sería más fiable y emocionante medirla en vivencias. En las hostias que nos damos. En las veces que reímos. Que sentimos que volamos. Que nos caemos. O que nos tiramos. Que gozamos. Años (o vivencias) de experiencia. De bandazos por la vida. De estar y de no estar. De bondades y de maldades. De aventuras y desventuras. De amores y desamores. De amigos y desamigos. De risas y de llantos. De miedos y... (no me sé el antónimo de miedo), así que... de miedos y de lo que coño sea contrario al miedo. De guerras y de paz. De tira y afloja. O de tira y no aflojes, que a veces pasa, que estirar la cuerda hasta que se rompe, también tiene su punto. De estoy y no estoy. De soy y no soy. Que quiero no quiero. De quiero y no puedo. De puedo y no quiero. De quiero y también puedo. 

46 y medio. Casi 17.000 días. No llega por poco, pero se andará. 408.000 horas, con sus más de 24 millones de minutos. De segundos ya no hablo, porque un segundo significa bien poco, aunque a veces sea el tiempo que separa a la vida de la muerte. O que separa e estar muerto con estar vivo (o revivo, del verbo revivir), que a veces uno se sorprende. Aunque a veces, baste un solo segundo de esos para recibir un balde de agua sucia. Pero como siempre cuesta asimilar las desgracias, ese maldito segundo es el que menos vale de todo lo que te queda por ver tras el baldazo (suena feo, pero la palabra viene en la RAE). 

46 y medio. Y aún no tengo claro si soy niño o soy viejo. Si soy simpático o desagradable. Guapo, feo o del montón (¿qué quiere decir del montón? ¿que eres feo, pero no sé atreven a decírtelo?). Querido u odiado. Porque el espejo nunca te dice la verdad. Ni el de casa (o el del ascensor), en el que te ves reflejado cuando te miras, ni el del alma, que es más importante, si cabe, aunque nunca te veas. Los espejos siempre mienten. Hoy te muestran una cara y mañana te muestran otra bien diferente. Y depende de la cara que te muestre, la arruga se acentúa o se disimula. 

46 años y medio, con sus meses de enero, que tan poco me gustan, y con sus meses de agosto, que nunca son lo que uno se espera, por mucha playa o piscina que te refresque. Porque nos empeñamos en creer y aceptar que la vida es eso que pasa mientras tú haces otros planes, cuando los planes deberían ser simplemente vivir y dejarte llevar, sin más metas que el horizonte. 

Y los años pesan. Pesan y pasan. Pesan, pasan y nos van dejando posos. Posos y posos, hasta que el filtro se ensucia.  Y una vez que el filtro se ensucia, o lo cambias, o la vida, igual que el café, nunca vuelve a sabernos igual. Por eso me compré la Nespresso, que no necesita filtro. Pero para tomarte bien la vida, aún no han inventado una máquina. O la tomas o la dejas. 

¿A donde quiero llegar con todo eso? A ninguna parte y a todas a la vez. Te lo juro por mis hijos y por alguien más que ya no está y que se llamaba como yo. Pero sobre todo, a que tengo 46 años. 46 y medio, para ser exactos. (Y perdona, porque sé que ya te lo había dicho al empezar. Me refiero a mi edad). A que ya coroné la cima y ahora solo hay que bajar. Soltar freno y bajar. Dejarte llevar. A donde sea, eso da igual. Pero dudo mucho que sean otros 46. Otros 46 y medio, para ser exactos. 

Tengo 46 años y medio y toda una media vida, o algo menos, por delante. Vivámosla como si hoy fuese el primer día del resto de ella misma. De hecho, lo es. 

46 y medio. 




(Salva Belver) 

jueves, 3 de mayo de 2018

Dos partes


Tengo mis dos formas de ser. El niño y el adulto. El niño que que yo quiero ser. El adulto que tengo que aparentar que soy. El niño al que adoro. El adulto al que aborrezco. El niño al que quiero. El adulto al que nunca querré. 

Tengo mis dos sentimientos a flor de piel. La tristeza y la alegría. Una me acompaña por la noche. La otra lo hace por el día. Pero no me preguntes, no sé ordenarlas y encima creo que se han hecho amigas. 

Tengo todo lo que uno puede tener y a la vez no tengo nada. Nada más que todo, que no sé si es poco o es mucho. Que no sé si es todo o no es nada. Que no sé si es bueno o es malo. Que no sé si es niño o es adulto. Que no sé si es tristeza o es alegría. Que no sé si es noche o es día. Que no sé si eres tú o soy yo. Que no sé si es sol o es frío. Que no sé si me quedo y me río o me voy sin decirte ni pio. Que no sé si estoy o no estoy. Que no sé si soy o no soy. Pero tengo mis dos partes. La buena y la mala. Tú coge la que quieras. Yo solo mostraré la que me dé la gana. 



(Salva Belver)

miércoles, 4 de abril de 2018

Soledad de un hombre

Era mediodía y apurábamos, creo, el tupper de comida en aquel viejo puesto de Cruz Roja, ya cerrado. Un aviso hizo que dejásemos la tortilla y la Coca Cola a medias y salíésemos pitando con aquella ambulancia, denominada internamente como "doscientos diez primera". Al llegar, la escena no imponía. Un tipo, de unos 40, descansaba tranquilamente en su cama. Fue claro, tranquilo y sobre todo, sincero:

- No me pasa nada, no he hecho nada malo, tampoco estoy enfermo. Solo quiero morirme.

El aviso, lo habían dado sus padres, quienes le habían encontrado en esa situación de casualidad. A su alrededor, docenas de cajas de pastillas vacías, nos confirmaban sus intenciones.

No teníamos opción. Aquel tipo tenía que ser trasladado de forma urgente al hospital. Y así se lo hicimos saber. Pero lo tenía todo estudiado:

- Ni se os ocurra ponerme una mano encima y si me sacáis de mi casa sin mi consentimiento, os denunciaré por secuestro. Os he dicho que me quiero morir.

Ante el cariz que tomaban los hechos, pusimos el caso en conocimiento del centro coordinador, desde donde procedieron a enviarnos una patrulla de la policía. Mientras esperábamos y con el tipo aquel un poco más tranquilo, conseguimos charlar, digamos que de forma amena, con él. Y de nuevo, volvió a ser claro:

- Tengo razones suficientes para hacer lo que acabo de hacer. Si queréis saberlas, ir al salón, allí hay una foto, la más grande.

Fuimos al salón y, elementalmente, había una foto. Una mujer, más o menos de su edad, y un niño pequeño. ¿Tres, cuatro años? No más. Y fueron precisamente aquellos que nos habían avisado, sus padres, quienes nos dijeron quienes eran. Su hijo y su mujer. -  Murieron en un accidente de coche. Conducía nuestro hijo.

Ante una situación de estas, te quedas bloqueado. Entiendes los deseos del hombre, pero tu función, es no permitírselo, de ninguna de las maneras. Cuando poco después, llegó la policía, les pusimos en antecedentes. Todos coincidimos en la dureza de la situación y en no saber muy bien como actuar. El tipo seguía tranquilo y lo mismo que nos había dicho a nosotros, se lo dijo a ellos. "Me quiero morir. Si me sacáis de mi casa sin mi autorización, os denunciaré por secuestro" . Mientras, informado el centro coordinador de las cajas y los nombres de los medicamentos que habíamos encontrado en la habitación, nos conminaban a llevarle a un centro hospitalario cuanto antes. Es fácil dar instrucciones cuando uno no está en el ajo.

Entonces, uno de los policías, pareció tener una idea, aunque sólo nos dijo que estuviésemos atentos, con la camilla en el pasillo y que actuásemos rápidos una vez nos dijese. Llevábamos ya mucho tiempo perdido. Se acercó al tipo de la cama y le dijo algo, que no pudimos entendeder, al oído. Entonces, el tipo de la cama se revolvió, intentó agarrar al policía, cosa que no consiguió, y le soltó un "hijodeputa", con toda la mala baba que alguien pueda guardar en su interior. El policía fue rápido. Sacó las esposas, le indicó que estaba detenido y que se lo llevaban a comisaría, pero que antes, deberíamos de pasar por el hospital para un reconocimiento. Fuimos rápidos. Muy rápidos. El tipo seguía llamando hijo de puta al policía. Sus padres lloraban y nos daban las gracias. Nosotros corríamos escaleras abajo con un tipo que solo quería morir.

No sé cómo acabaría aquel hombre, aunque al hospital llegó vivo y tranquilo, ni tampoco sé como justificaría la patrulla el incidente, que, aunque nos dijeron que quizás nos llamasen para declarar, nunca lo hicieron. Pero para mí, aquel policía fue todo un héroe. De esas "salidas", como le llamamos en el mundo de la ambulancia a cualquier urgencia, que uno nunca olvida.

viernes, 23 de marzo de 2018

“Dos historias reales, como la vida misma, parecidas entre ellas, que ni siquiera iguales, con un final demasiado diferente”

Hace solo unos días, concretamente, el 8 de este mismo mes de Marzo, día de la mujer, quien ahora escribe, salía a la huelga por la igualdad entre hombres y mujeres. Y repito, por si no ha quedado del todo claro: servidor salía a la huelga por la IGUALDAD entre hombre y mujer. He dicho bien. Hombre y mujer. Igualdad. Pero igualdad, no solo en derechos laborales, económicos, sociales y demás, no solo en lo bonito, sino en todo. Igualdad es igualdad. Mismos derechos, mismas obligaciones. También igualdad en justicia. Pero esto, por desgracia, no es así. Y es algo que no puedo evitarlo, pero me repugna. Hoy más que ayer. Quizás también, menos que mañana. ¿Y porqué digo esto? Sencillo. Ahora se lo explico. 

“Dos historias reales, como la vida
misma, parecidas entre ellas, que ni siquiera iguales, con un final demasiado diferente”

Primer acto: María y Alex llevan doce años casados. Desde hace meses, no se llevan del todo bien. Su matrimonio hace aguas y huele a separación. De repente un día, ninguno de los dos sabe como, llegan a las manos. Ella le da un tortazo a él, o él se lo da a ella, nadie sabe en realidad como ha sido, porque cada uno dice una cosa bien distinta. “Ha sido él; no, ha sido ella; no, él; no ella; él, ella”. Alex, al final, responde, eso sí queda claro, con dos puñetazos y con un corte, no muy profundo, que le hace a Maria en un brazo, no queda claro si con un cúter o con unas tijeras. El arma no aparece nunca. Alex es detenido de inmediato, puesto a disposición judicial, quien ordena su ingreso inmediato en el talego y cuando sale el juicio, es condenado a ocho años de prisión, condena a la que acompaña una orden de alejamiento sobre Maria, cuando salga en libertad, de otros cinco años más. Hasta aquí, podríamos decir que todo correcto. La violencia ha de tener su castigo. Basta de violencia. Insisto, basta de violencia. A secas. Sin coletillas. La chorrada esa de “de género”, me repugna. Maldito el mal nacido que se la inventó. 

Todas las televisiones se hicieron eco de la noticia. Ana Rosa Quintana hizo varios directos con la agredida y una noche, en horario “prime time”, hubo hasta un especial. La prensa, en general, le dedicó varias paginas al suceso. Pobre Maria. Maldito Alex. 

El ayuntamiento convocó una concentración en muestra de repulsa, a la que acudieron un 80% de mujeres y un 20% de hombre. Allí, un representante del consistorio, hizo lectura de un comunicado en el que se condenaban este tipo de actos y pedía que “ni una mujer más agredida”. No hablaba de personas. Solo de mujeres. Ni de listos, ni de tontos. Ni de guapos, ni de feos. Ni de niños, ni de hombres. Solo de mujeres. “Ni una agresión más a una mujer”. 

Segundo acto: Ana y Luis. Se casaron solo dos semanas después que María y Alex. Pasados los años, tampoco andaban muy bien. Ya han tenido varios conatos de violencia que nunca han llegado a más, pero no de él hacia ella, sino al revés. De ella hacia él. O al menos, eso es lo que indican las denuncias. Luis ha puesto más de una contra Ana. Ana ninguna contra Luis. Todas por violencia física y amenazas. 

Se sospecha que Ana se ve, desde hace tiempo, con otros hombres, pero seamos claros: eso hoy en día, es demasiado habitual. Lealtad y fidelidad, son un don que, o se tiene o no se tiene. Y no todo el mundo posee. Hasta que un día, nadie sabe ni cómo ni porqué, ella apuñala a Luis con un cuchillo de gran tamaño. Cuando llegan policía y ambulancias al domicilio, a quienes llama él mismo informando del suceso, Luis se encuentra tirado en el suelo, inconsciente, rodeado de sangre y con una grave puñalada que, en principio, preocupa extraordinariamente a los sanitarios, quienes temen por su vida. Luis es trasladado de urgencia al hospital, donde, tras ser intervenido de varios órganos vitales, aún se debate entre la vida y la muerte. Ana es detenida y puesta a disposición judicial, para concederla la libertad casi de inmediato. No han pasado ni 36 horas del encontronazo. Ella alega defensa propia. Él aún no ha alegado nada. Todavía, y por su estado, no han podido tomarle declaración. No saben las posibilidades que tiene de vivir.

No ha salido en ninguna televisión. En algunos periódicos, le han dedicado un pequeño recuadro sin importancia. Nada más. Ningún acto de condena, ni concertación. En el ayuntamiento, no ha sacado el tema ni él ordenanza en la máquina del café. 

Resultado final: Alex, el protagonista de la primera historia, quien le dio dos puñetazos a María y le hizo un leve corte en un brazo con unas tijeras o cúter que nunca han aparecido, ha sido condenado a 8 años de cárcel y a otros 5 de alejamiento. Las versiones eran del todo diferentes. Aún así, le condenaron. No ha pisado la calle desde el mismo día de los hechos, cuando fue detenido. Primero, prisión preventiva. Luego, la condena. Y cargará para siempre con el san Benito de “maltratador”. 

Ana, la protagonista de la segunda historia, que ha admitido agredir a su pareja con un cuchillo de grandes dimensiones, aunque alegando defensa propia y presentando ella misma también unas leves lesiones, de las cuales uno de los policías dice: “podría habérselas hecho ella misma”, y el otro contesta: “o incluso el marido, pero al tratar de defenderse del apuñalamiento”, porque son lesiones muy leves para una pelea de ese calibre y esa “defensa propia”, 36 horas después del apuñalamiento, es puesta a disposición judicial y queda en libertad. Sí sí, como lo leen. En libertad. A Luis todavía no han podido tomarle declaración. Se debate en la UCI entre la vida y la muerte, pero la simple versión de los hechos de Ana, sirve para dar por buena su defensa propia. Eso y la ley de violencia de género, que ampara siempre a la mujer solo por ser mujer y castiga siempre al hombre solo por ser hombre. Ah, aún no os lo he dicho, pero Ana tenía, desde hacía poco, por otra agresión, una orden de alejamiento de Luis. Sí sí. Ella de él, no al revés. No me he equivocado al escribir. 

Y a esto le llaman, como ya he dicho, “violencia de género”. Y perdonadme, mujeres del mundo. Perdonadme, amigas. Compañeras. Conocidas. Perdóname, madre. Perdóname, esposa. Perdóname, tía, prima, sobrina... Pero esto no es justicia. Esto no es igualdad. Esto no es feminismo. Esto es machismo. Esto es hembrismo. Eso es hijoputismo. Un atentado en toda regla contra el honor de las personas de un tipo concreto de sexo. Esto es marcar una diferencia muy grande entre las personas por razones de sexo y eso mismo, creo, va contra la propia Constitución española, esa a la que se agarran muchos cantamañanas solo para lo que ellos quieren. Esto, seamos claros, es una puta mierda, pero puta, puta, puta, puta mierda de justicia, que se ha inventado el hombre a su libre albedrío, el político, el mangante, el que tiene la sartén por el mango, el políticamente correcto y bien queda de mierda, al que el hembrismo más rancio y radical y hasta muchas que van de feministas, pero que en el fondo son más machistas que un cardenal, aplauden. Y no, esto no es igualdad. Esto es una puta mierda pinchada en un sucio palo. 

Y mientras yo les cuento esto, Alex cumple condena por violencia de género. Le quedan aún más de 7 años en el talego, viviendo una experiencia que nunca en su vida imaginó. Maria vive en la casa de Alex con otro hombre. Luis se debate entre la vida y la muerte, sedado y sin dar aún su versión de los hechos, porque no puede ni hablar. Y Ana, la que para mí ha intentado asesinar a Luis, está en libertad, contándole a sus amigos lo hijo de puta que ha sido Luis y que menos mal que le clavó el cuchillo, que fue en defensa propia y que se lo merecía. Y yo, que conozco a Luis, no dejo de pensar “qué cojones, pero si ese tío era un puto trozo de pan”.  Y encima, Ana sabe que si Luis fallece, ella cobrará una pensión de viudedad. 

Pero la ley sobre la violencia de género, es así. Una mierda. Una puta mierda. El año que viene no saldré a la huelga el 8 de Marzo. Que alguien me lo recuerde si en algún momento digo, llegado el día, lo contrario, por favor. No, mientras las propias leyes hagan diferencia entre hombres y mujeres en cuanto a este tipo de cosas y nadie diga: esto hay que cambiarlo. La lay ha de ser severa, pero para todos, no sólo para nosotros, por tener una polla y un par de huevos. Así NO. Así os vais todos a la mierda. 



martes, 5 de diciembre de 2017

Valentina



Hoy la vi, sonriendo por primera vez en su vida. Valentina. 75 años, si no son más. Creo que su marido la pega, aunque nunca lo he visto. Lo creo, porque en los 80, Andrés presumía ante sus vecinos de hacerlo. También se jactaba de ser el más macho del barrio. 

- Valentina, cuanto tiempo, que es de su vida? 

- Aquí andamos, hijo. Feliz y contenta. 

Poco después, me enteré de que Andrés había muerto. 

Duro, pero comprensible. 

- Me alegro de que todo la vaya tan bien, Valentina.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Que viene que viene, uh, uh!

Joder, a cuenta de la inminente llegada de la Navidad, hoy me he levantado de la cama con un jaleo monumental en mi cabeza. No sé si habrá sido efecto del madrugón, de alguna extraña pesadilla durante el mal sueño de la noche, o de la tortilla de pastillas (que no patatas) que a diario le meto a mi cuerpo. Veamos: el día de Navidad, nos cuentan, nació un niño llamado Jesús. Bueno, y no solo llamado Jesús: Jesús, Nuestro Señor, El Hijo, El Padre, Cristo, Jesucristo, El Salvador, Nuestro Salvador, Josué, Jehová, Emanuel, La Palabra, El Cordero De Dios, Hijo de Dios, Hijo del Mundo, Hijo de Daniel, Rey de los Judíos... Jesús... Y supuestamente, nació ahora, en breve, el 25 de este mes, va a hacer 2017 años. Jesús. El Padre. Padre, Hijo Y Espíritu Santo, todo a la vez. Vamos, que nace Jesús y nace Dios. Pero Dios ya había nacido también mucho antes (toma ya, qué lio), porque fue, precisamente él, quien creó el mundo en siete días, empezando, toma ya, un lunes (a quien se le ocurre). Bueno, en seis días, que el septimo fue, dicen, que para descansar, aunque yo me voy más bien por el lado de la monumental resaca de las copas del sábado. Así que, el rollo ese de que venimos del mono, podría ser todo mentira, salvo, claro está, que Adán y Eva hubiesen sido monos, que aquí todo cabe. Fuera aparte, entonces, de esta desechada teoría, yo conozco a varios que, ni de Dios, ni del mono. Conozco a unos pocos que vienen del cerdo, a un par de ellos del elefante, a siete u ocho, del buitre carroñero, animal favorito, por culpa del desamor, del gran músico y poeta Robe Iniesta. 

El caso es que, en breve, nos veremos celebrando, un año más, el nacimiento de un niño que, más que un niño, fue de todo menos niño. De un niño del que pocos, muy pocos, sabéis nada, pero nada de nada, desde pasado el día de los Reyes Magos, en que le jartaron a oro, incienso y mirra, que salvo el oro, menuda mierda de regalos,  hasta la Semana Santa, aniversario extraño de su muerte.  Porque al menos, nacer, nació siempre el mismo día, el 25 de diciembre (fum fum fum), pero morir, un año dicen que a finales de Marzo, al otro que a mediados de Abril, al siguiente, que a principios. Y es que, con tanto cambio, nadie con dos dedos de frente puede creerse semejante majadería... Pero bueno, la daremos por buena, no vayan a llamarnos blasfemos y a señalarnos con el dedo en bodas, bautizos y funerales, que es cuando podrían verme merodear a mí por las cercanías de una iglesia. Que ya no sé cuál de todos ellos me da más miedo, porque los funerales son jodidos, pero al menos, si consigues hacerte el loco cuando algún colega "bienqueda" te dice para poner pasta para una corona o ramo, te salen gratis. Lo de las bodas roza ya el abuso, y es que, des lo que des, siempre tienes la sensación de que, los recién casados, ya no te vuelven a mirar igual. "¿Habré dado poco?",  Fijo que sí. Des lo que des, siempre es poco. "¿O es que con el pedo de ayer, se me habrá olvidado darles el sobre?", "y si no se lo he dado, ¿qué coño he hecho con él?", "¿se lo quedaría la tía aquella tan buena que me ligué anoche, que yo creía que en broma me dijo, son 300 euros, cuando acabó y se marchó y en vez de llamarme "amor", me llamó "cliente"? 

En fin, que me estoy yendo por los cerros de Ubeda. (Por cierto, ¿alguien sabe de donde viene esta expresión? En la Biblia no viene, pero seguro que en Wikipedia sí, y hay que abrirse un poco la mente). Hablando de biblias, que antes, casi todo el mundo tenía una en la mesita de su habitación. Ahora no, ahora tenemos una tablet. Bueno, una tablet y el móvil cargando. 

Resumiendo, que eso era lo que quería decirles, que vale, que el 24 del mes en curso, nació un niño, pero que a día de hoy, no me ha quedado para nada claro su nombre ni su función. Y si ya no me ha quedado para nada claro ni su nombre, ni su función, ni su muerte, ni su resurrección, no voy a sacar el tema de su madre, la Virgen, porque si niño solo hay uno, madre debería de ser igual: un niño, una madre, pero no: tenemos a la Virgen del Carmen, a la del Rocío, a la Pura y Dolorosa, a Maria Auxiliadora, a la de los Remedios, la de la Esperanza, la del Camino, la de las Angustias, la de Begoña... Y así, creo que hasta cerca de cien. Y unas se aparecen y las otras no. Y cada una con su festividad en el calendario, su jolgorio con verbena en el pueblo y sus adoradores, como única virgen y madre de Dios, de Jesús, de Jehová, de Josué, Emanuel, El Cordero de Dios, o yo que sé. Porque dile tú a un devoto de la Virgen del Rocío, que por un par de días se vaya de romería a adorar a la virgen de Begoña. Y hablando de la virgen de Begoña, que anda que no dan la brasa en mi tierra con que es la virgen de Bilbao; pues que no, cojones, que no, que la virgen nació en Nazaret, no en Bilbao. Y si te descuidas seguro que hasta cobra la RGI. 

En fin, que se acerca la navidad. Lo sé ya por el montón de gilipollas que decoran sus ventanas con luces como si sus casas fuesen puticlubs de carretera, por los que cuelgan de las ventanas "papanoeles", olentzeros o similares, y porque me han quitado la sección de libros y discos en el super y me la han llenado, por una parte de turrones y mazapanes y por la otra de juguetes. 

El mismo día de nochebuena, volveré, casi seguro, a contarles, aquí mismo, mi otra historia de Navidad. La de Borja. Mari. ¿Alguien la recuerda? 

PD. Hoy me ha dicho mi mujer que este fin de semana colocaremos el árbol en casa. Si alguien tiene algún plan mejor, por favor, que cuente conmigo. Aunque sea para jugar un partido de fútbol. Me apunto.


(Salva Belver)

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Yo También Fui A EGB





20 de Junio de 1986. No sé si estoy triste o contento. Los sentimientos chocan entre ellos. Es viernes, pero un viernes de esos que son un poco más raros que los viernes habituales que tanto gustan. Ahora os contaré el porqué. En breve, darán las 5 de la tarde en mi Casio negro, creo que modelo F10, con luz, alarma y con ese “pipí” que suena a todas las en punto y que mola que te cagas, me levantaré de este “pupitre adosado” para dos, con algo más de la mitad del barniz saltado, lleno de agujeritos hechos con las agujas de mil compases y algún que otro nombre de chica grabado, envuelto en corazones y escrito, borrado, reescrito y vuelto a reborrar (¿amor y desamor o simple mala leche?), saldré por esa puerta de color azul y no volveré a tener que soportar los feos de José Luis, ni los aires de grandeza de su mujer, Mariangeles, quien por cierto, huele a rayos, algo así como a mezcla de regla rancia y no aseada y amoniaco, dos de mis profesores a los que, algo me dice, nunca olvidaré. O mejor dicho, nunca dejaré de odiar. De hecho, creo que les sigo odiando tanto o más que el primer día. 

Y es que, hoy, 20 de junio del 86, es mi último día de cole. Mi último día de EGB. De octavo de “egebé”.  Aquí, en este colegio del barrio bilbaíno que me ha visto crecer. Zorroza. En Fray Juan, donde tus padres siempre te dijeron que no cogieses nada que te diese algún desconocido al salir de clase, que podría ser droga. Como estaba barata... y los narcos la regalaban, pues eso, que en una puerta repartían albumnes de cromos y en la otra droga. Yo creo que mis padres siempre lo creyeron así. Y lo siguieron creyendo cuando crecí y siendo ya adolescente, salía de fiesta. “Nunca dejes de lado el vaso en el pub, que te pueden echar droga”. Si si, a 10.000 pesetas el gramo, negocio redondo para el camello, papá. (¿10.000 pesetas?  ¿Qué coño es eso? Se dirán los más jovencitos). En fin, al grano, que me pierdo. Fray Juan. El primer lugar del mundo donde, creo, he conocido la amistad. Y por eso, hoy, 20 de junio del 86, es un día en el que siento un poco de miedo, porque sé que junto con las clases de este colegio, abandonaré también a muchos de mis amigos. O me abandonarán ellos a mí. Son otros tiempos. Aún no existe el teléfono móvil, ni los emails. Tampoco tengo Facebook, WhatsApp ni Twitter. Y Ramón no solo se ha enfadado conmigo, sino que encima nos hemos peleado y me ha mordido. Fue el otro día, no hace mucho, a la salida, por la tarde, por culpa indirecta de una de las chicas de clase. La “Moni”, que sé que no la gusta que la llamen así, pero ale, una por otra. “La Moni”. Y asunto zanjado. 

Son las 5 y pico de la tarde y me voy a mi casa. Hoy bajo por el puente, aunque normalmente suelo bajar por las vías. Creo que es más corto, si no te pillan las barreras abajo, claro. Pero el puente mola más. Cuando pasan camiones por debajo, este se mueve. Estoy contento; a la mierda con el cole. A la mierda con la puta de la Mariangeles y sus putas clases de Lengua. ¿O eran de historia? A la mierda con la Inés, que era maja y encima me consta que me aprobó por la cara al final de curso, pero con ella terminaba siempre castigado en el pasillo, y aunque era divertido, porque gracias a tantas horas de pasillo, me aprendí varios pasos de breakdance, era un tanto humillante. Y a la mierda con el cole entero, qué coño. Pero... ¿y mis amigos? ¿Y esas chicas que tanto me gustaron? Anteayer una y ayer otra... ¿Nos seguiremos viendo? ¿Se seguirán acordando de mí? ¿Sentirán este mismo vacío en el estómago, que ahora siento yo? No, seguro que no. Seguro que este sentimiento, será pasajero. En breve, después del verano, para ser más exactos, unos se irán al insti, otros a algún centro de FP, después, me llamarán los hijos de la gran puta esos que llevan lo del rollo de la mili, y me obligarán a cumplir, año y pico vestido de verde, con un estado que nunca me ha dado ni me dará nada, me pondré a trabajar en algo que, aunque en principio me guste, luego acabaré odiando, me echaré una novia de esas que apenas me querrán y convertirán mi vida en un tormento y me olvidaré de todos ellos. O de casi todos. Algunos seguirán al pie del cañón. Es el caso de Juan Carlos, que mi intuición me dice que, si algún día tengo hijos, él será sin duda el padrino del primero. Espero poder cumplirlo. Aunque de vez en cuando, nos robemos las novias. 

Y la vida empezará a repartir. “A este le dejo en Soria. A este par de raras en Galicia. Este va para Asturias. Este a Zaragoza. A esta la enviaremos un poco más cerca, a Santurtzi, pero bien escondida del mundo egebero. Esta para la margen derecha. Un par de ellos al extranjero. Bien lejos, que se jodan. Siete u ocho van para Barakaldo. A unos cuantos, les dejaré por el barrio, pero les concederé el don de la pasividad y que os quede claro que será algo que os pasará a todos. Pasividad. ”. 

Y la vida que sigue. Dale que dale. Pasan los meses. Pasan los años. Y vas madurando. Que no solo la fruta madura. Prosperas, te casas o te arrejuntas, depende, o te quedas vistiendo Santos, que también es una buena opción, y así nadie te riñe cuando meas fuera, cuando tiras el vino en la mesa o cuando la magdalena es más grande que la cantidad de leche que va a ser capaz de absorber de la taza y termina como el vino: buscándose un sitio por la mesa, y por responsabilidad de la ley de Newton y otra no escrita sobre los líquidos derramados, haciendo regueros caminito del suelo; pierdes a gente de esa forma que, aunque un cura o un beato convencido te digan que no y te hablen de la resurrección, tú sabes que ya es “para siempre”, tienes hijos (o no, depende de lo listo que seas)... de pequeños, te los comerías, de adolescentes, te arrepentirás de no habértelos comido... A veces te cruzas con algún compi de cuando la EGB, al que a veces también le sueltas un “hola”, seco, muy seco a ser posible y poco más. A veces te haces el loco y pasas de largo, pero te curas el ego, echándole a él la culpa: “será hijo de mil putas, que ni me ha mirado...”. Y te alejas, como herido, pero sabiendo que te ha dado igual. “Y lo viejo que está el muy cabrón” 

Y cuando ya parece estar todo perdido, cuando estás más cerca del morirse que del haber nacido, cuando la nostalgia es más fuerte que el propio paso del tiempo, cuando en las librerías, cien mil títulos de última moda en sus estanterías nos recuerdan que nosotros fuimos chicos y chicas de EGB, se genera una especie de magia. Pero magia de la buena, de la que no tiene truco oculto, de la de verdad. Nos juntamos. Da igual como y porqué. Pero, 30 años más tarde, nos juntamos otra vez. Bueno, no da igual. Nos juntamos por culpa de la de las Arenas, que por chulería y por llevarme la contraria pone la primera piedra del proyecto. Bueno, y la segunda, y la tercera. Pero lo digo bajito, que luego se crece y no hay Dios que la aguante. Pues buena es... Un grupo de “güasap””, Una cerveza. Un par de cafés. Un té de colores (como en botica, aquí hay gente para todo). Una comida. Un ala junto a una pechuga aceitosa que vuelan. Un poco de música, de los 80, por supuesto. Unos bailes. Confesiones. Anécdotas de toda una vida sin contacto. Pues yo... pues yo... pues yo... pues anda que yo... Amistad en estado puro al fin y al cabo. Aunque hayan pasado tres largas décadas. Toda una vida. 

Y en esas estamos. Te despiertas, y están ahí. Te acuestas y están ahí. Te sale algo mal a lo largo del día, y están ahí. Te sale algo bien y están ahí. Te cuentan. Te escuchan. Te aconsejan. Te riñen. Se ríen. Te ríes. Los chistes mañaneros. Los madrugones de los pobres... Veinte mensajes. Cincuenta. Cien. Doscientos. Mil ciento cincuenta... Tresmil. El móvil petado. Os dejo, que tengo que formatear. Pues menuda mierda de móvil. Que te compres un iPhone. No, que yo solo me compro peces de colores… Y así un día tras otro, camino del año. 

Yo también fui a EGB. A las dos. A la EGB de los 80 y a la EGB del 2017. Y si tuviera que elegir, me quedaría con esta. No están ni Mariangeles, ni José Luis, los dos cabrones que me amargaron mis últimos años en fray Juan, y vosotros habéis crecido en todos los sentidos. Gracias, amigos. Porque, os puedo llamar amigos, verdad? Gracias por esa segunda EGB. Y ahora os dejo, que me toca Naturales, y aquí nunca me entero de nada. Aunque bueno, da igual, si total, voy a suspender…

miércoles, 12 de julio de 2017

Mi Dios

Mi Dios

¿Creo en Dios o no creo en Dios? Buena pregunta. ¿Existe, o no existe Dios? Antes sé fijo que creía. Hace años, muchos años ya. Sabía que existía. Cuando me confirmé, allá por el 91. O cuando tomé la decisión de confirmarme, allá por el 86. Cuando acudía a la iglesia a menudo y escuchaba atentamente las lecturas que allí me ofrecían. Fue el propio hombre, bicho ruin donde los haya, quien, con sus estupideces y sus delirios de grandeza, iglesia católica incluida, como no, consiguieron ponerme a dudar. Porque creer, sigo creyendo, pero a mi manera. Porque mi Dios no es como el que ellos me quieren vender. No es como el que ellos me pintan a diario. Mi Dios no da miedo, ni siquiera lo pretende. Mi Dios no castiga al que se equivoca o hace algo mal, ni tampoco al que duda, porque dudar es de sabios y afirmar o negar, de ignorantes. Mi Dios no asusta, ni abandona en el limbo a un bebé por el mero hecho de no esté bautizado. Mi Dios no es rencoroso, ni prepotente. Mi Dios no apoya las guerras, ni mucho menos, se sitúa del bando aquel que las provoca. No entiende de patrias ni de banderas. De fascistas, ni de independentistas. Mi Dios no necesita adoración las 24 horas del día, tampoco necesita mis rezos, ni lanza rayos contra quienes no creen en él o incluso blasfeman. Para mi Dios, no existe el pecado. ¿Qué cojones es pecar? ¿Y quien cojones es un cura para confesarme y librarme los pecados que no he cometido? Ese cura es humano, como yo, nació de un polvo como yo, y por las mañanas tiene erecciones, como yo. Mi Dios no está pendiente de mis plegarias. Mi Dios no me escucha cuando le pido que me toque la lotería. Tampoco cuando le digo que no se muera mi amiga, aquella que al final no superó su mierda de cáncer y murió antes de lo previsto. Tampoco me aclaró nunca porqué cojones no me dejó despedirme de mi padre cuando murió, si mi padre sí que creía en él y era tan bueno, que se lo había merecido. Mi Dios no puede atender a 400 millones de ruegos y súplicas al minuto, algunas tan absurdas como que mi novia me quiera toda la vida, que apruebe una oposición sin antes haber estudiado o que no se muera el abuelo; alma cándida, que el abuelo tiene ya 97 años y o se muere, o va a empezar a oler en vida. 

Mi Dios no es el responsable de la curación de tu cáncer. El responsable directo, es el equipo médico que te atendió. Mi Dios no te te ha echado de casa. Han sido los del banco, con la ayuda del gobierno y su injusta justicia de mierda. Mi Dios no quiso que ocurriese aquel accidente en el que murió tu hermano. Fue culpa de aquel hijo de puta, que bebió y se drogó cuando no tenía que haber bebido ni haberse drogado antes de coger su coche. Mi Dios no cultiva ni trafica con drogas. Lo hace el hombre, por dinero, solo por dinero. Y tú hijo se droga por su puta mala cabeza, no por culpa de Dios. Mi Dios acepta a todo el mundo, ya sea homosexual, bisexual, heterosexual, blanco, negro, albino, aceituno, guapo, feo, de izquierdas, de derechas, cocinero, minero, tonto del culo, torpe, hábil, pajillero o prostituta. De lujo o de esquina, una puta es una puta y eso también le da igual.

Mi Dios se avergüenza cada vez que muere un niño. Cada vez que un ataúd blanco es facturado en la tienda de ataúdes. Mi Dios se avergüenza cada vez que se da un paseo por la planta de oncología infantil de cualquier hospital. Cada vez que el hombre empieza una guerra. Cada vez que se fabrica una pistola, aunque sea de juguete. Mi Dios se avergüenza cada vez que un hombre la usa, aunque solo sea para desenfundarla y no para disparar. Cada vez que un hombre sangra por culpa de otro hombre. Mi Dios se avergüenza cada vez que un hombre llora, sea de pena, de rabia o de dolor. Sea este dolor físico o mental. Cada vez que yo estoy triste, deprimido o de bajón, con razón o sin ella. Porque la tristeza o la depresión, ni siquiera Dios sabe por donde agarrarlas. 

Mi Dios no habla de familia. No está casado. No tiene hijos, ni si quiera tiene chica. Tampoco tiene nietos, primos o hermanos. Nunca ha dicho que las familias comiencen por hombre y mujer. Las familias son una simple continuidad de otras familias que se acaban fusionando, de abuelos a padres, de padres a hijos, generación tras generación, en la que todos tienen cabida, independientemente de la orientación sexual, religiosa o política de cada uno. Mi Dios habla de respeto. De profundo respeto a todas las ideologías y géneros, mientras no causen daños a terceros, ni a ellos mismos. La excusa de los “colaterales”, que tanto le gusta al hombre, tampoco le sirve. Y quién moralmente no lo acepte, tiene un serio problema, dice mi Dios, psicológico, de autoestima, inferioridad, arrogancia e intolerancia. Porque a veces, sucede que quienes más dicen adorarle, son quienes más pecan de intolerancia con sus aires de grandeza y quienes más pasivos y dudosos se muestran con él, son aquellos que mejor siguen sus pasos, marcados por una bondad que no conoce límites. Conozco cristianos de misa diaria más malos que la tiña. Y ateos que se desviven porque su en su entorno solo se respire felicidad. 

Y estoy en mi derecho. Sé de Dios tanto como ellos. Que no vayan de listos, que a algunos se les da muy bien. Yo nunca le he visto. Ellos tampoco. Ellos dicen que hablan con él a menudo. Yo hablo con él mucho más que todos ellos, casi todos los días. Y sabe que tengo mis dudas, porque yo se lo cuento. Que no sé si creo o no creo, pero que no es culpa suya, que es culpa del hombre y sus cuentos. Le he dicho que la iglesia como tal, es una gran mentira, una estafa, un negocio y que viven gracias al miedo y a la ignorancia. Y Dios no me lo ha afirmado, pero tampoco me lo ha negado. Solo me ha sonreído, como quien sonríe a un niño que pregunta sobre sexo antes de tiempo y no sabes qué responderle, porque aún no está preparado para la verdad, pero sabes que no va mal encaminado.

Y en una de aquellas charlas con Dios, una tarde me dijo: - mira Salva, da igual que creas o que no. Da igual lo que reces e incluso que no reces. Tú sé buena persona y ayuda en todo lo que puedas a los demás. Nadie te agradecerá nunca nada, tus iguales son así, ásperos, desagradecidos, egoístas, pero tampoco buscarás nunca tú ese agradecimiento. Y sobre la iglesia, ay sobre la iglesia... si yo te contara sobre la iglesia, amigo Salva, ay si yo te contara... Pero eso mejor otro día. 

Adiós, amigo Dios, adiós, le dije. Y se marchó. Pero sé que volverá pronto para hablar conmigo de nuevo, porque sabe que mis conversaciones con él son sinceras. Me recuerda un poco a cuando hacía la mili. Conmigo, en el cuartel, estaba Iñigo Larrainzar, un jugador de fútbol, entonces del Osasuna, que más tarde jugó en el Athletic. Todos querían ser amigo suyo y todos le doraban la píldora. Yo también me juntaba mucho con él. Y una tarde me dijo: “con el único que me encuentro a gusto, es contigo, tío, porque como no te gusta el fútbol, sé que no estas conmigo por interés, pero de todos estos, no me fío de ninguno”. Pues con Dios me pasa parecido. Como yo no le hago la pelota, le gusta charlar conmigo. Y no veáis la de cosas que me cuenta de vosotros, qué vais de cristianos y no sabéis ni lo que es... 

En fin, que si un día me necesitas, que me llames, que Dios me dijo, eso sí, ayuda a quien lo necesite, que en el fondo, creáis o no, todos estáis demasiado solos. Hasta los que presumen de que no. 


(Salva Belver. Julio 2017)

jueves, 8 de septiembre de 2016

Cordura Transitoria



Mi nombre es Joseba. Joseba Mioño García. Aunque no siempre me he llamado así. Hubo un día en el que me llamaba Juan José, aunque todos me llamaban Juanjo. Como no me gustaban una mierda ni uno, ni otro, yo mismo me cambié el nombre en el juzgado. En realidad, ambos nombres son lo mismo, solo que uno en castellano y el otro en euskera. Pero uno me gusta y el otro no. Punto. 
Tengo 24 años y mi vida, al igual que mi nombre de cuna, ha sido siempre una puta mierda. Incluso ahora, aquí encajado en este puto ataúd y en esta puta y extraña sala donde, creo, me van a incinerar, todo sigue siendo una (otra más) puta mierda, aunque por fin puedo decir que ya se ha acabado todo. Que vuelvo a ser quien en realidad fui y que regreso a mi época. Pero vayamos por partes. Yo no estoy aquí, en esta puta caja, al borde de la cremación, porque sí, sino que todo ha sido premeditado. Suicidio, lo llaman, aunque yo nunca lo he visto así. Los que deciden acabar con su vida antes de que lo haga la propia naturaleza, siempre tienen alguna razón para ello. No es un suicidio; es una decisión. Quienes optan por ello, no son unos cobardes, ni tampoco unos locos, como muchos gilipollas se creen. Pero bueno, que me da igual lo que cada uno piense. Hace falta estar en el pellejo de cada persona, para poder juzgar de forma sana y humilde sus actos. De lo contrario, mejor cuidarse de estar sereno y en paz cada uno, consigo mismo. 
Como ya os he dicho, mi vida ha sido siempre una puta mierda. Ya de pequeño, me faltó mi padre, antes incluso, de que supiese pronunciar su nombre. No me abandonó de forma voluntaria y cruel, como algunos padres abandonan a sus hijos. No. Fue la muerte, la puta y maldita muerte, quien nos separó. Porque la muerte no sólo separa matrimonios unidos por sacerdotes, también llamados "padres" sin serlo, sino que también separa padres de hijos. O hermanos de hermanos. Y amigos de amigos. De la misma forma que, ahora mismo, mi propia muerte me ha separado, quizás para siempre, de los míos. De los que ahora me lloran encima y que no puedo verlos, pero los siento. Mi padre murió cuando yo tenía solo dos años. Dos tristes putos años. Y ahí cambió toda mi vida para siempre. Al menos esta. No la otra. Porque yo he tenido dos vidas. La de ahora y la otra; la de antes. 
La de ahora, que es de la que realmente quiero hablar, ha sido dura. Muy dura. Cuando mi padre murió, mi madre me abandonó. No la culpo. O sí, qué coño. Me imagino que no sería capaz de mantener a cuatro criaturas sin ese importante pilar de apoyo, llamado marido, y nos dijo adiós. No nos vendió, pero sí nos cedió. Mi tía Martina se hizo cargo de mí. De mis hermanos, ni hablo. Ninguno se merece la más mínima mención. Uno de ellos morirá pronto. Lo sé ahora que yo ya estoy muerto y aquí todo se sabe. Pero me importa bien poco. 
Al principio, mi tía me trataba bien. O eso quiero creer. Yo era tan pequeño, que ya ni lo recuerdo, por lo que decidí montarme mi propia historia. Familia bonita de cuento de hadas que adopta sobrino al que aman y desean como hijo propio, algo en plan Príncipe de Bel Air o así. Pero a medida que iba adquiriendo cordura y sentido común, todo cambió. Yo era un estorbo para ella. Para ella y para su marido. Para ella, para su marido y para sus hijos. Todo eran castigos. Todo reprimendas. Todo gritos. Todo prohibiciones. Todo negativas. Pasé de ser Will Smith, a ser Ceniciento. Hasta que Martina pasó a la acción. Primero un tortazo. Luego otro. Luego otro más. Cada vez más fuerte. Cada vez con más rabia. Cada vez con más asco. Cada vez con más odio. Yo lo sabía. Mi cuento de hadas era también una mierda. Hasta que una noche, me clavó, de un zapatazo, el tacón de un zapato en la cabeza. Y aquella noche huí de su casa, corriendo, andando, corriendo, agotado, corriendo, andando... y me fui a un hospital. No al más cercano a la casa de mi tía, puesto que no quería ponérselo fácil y que me localizasen a la primera. Me fui a otro mucho más lejos, que me llevó toda la noche. Andando. Corriendo. Allí me curaron y me cosieron dos veces. Una de ellas, en la cabeza y la otra, a preguntas. Que si quien. Que si porqué. Que si cuando. Que si donde. Al cabo de un rato, llegó la policía y más preguntas. Y como no, el temido "vas a tener que acompañarnos". Nunca volví a la casa de Martina. Jamás volví a llamarla tía. No se lo merecía. Jamás volví a saber de mi madre. Tampoco se lo mereció. Fueron los servicios sociales quienes se hicieron cargo de mí y acabé en un centro tutelado para menores. No sé si fui feliz o no, más que nada, porque tampoco tuve otra forma de vida con la que compararla y aunque es cierto que ya había vivido otra vida, hace tantos años de eso, incluso siglos, que tampoco consigo recordar como fue aquella otra infancia. Aunque sí que recuerdo, al menos, que entonces mi madre sufrió al verme marchar, abrasado por un rayo. Suena raro, lo sé. Hablo del año 1.512. Pero no es de aquella vida de la que os quiero hablar. Es de esta. 
En aquel centro tutelado de menores, pase varios años de mi vida. No puedo decir que bien, pero tampoco que mal. Muchos conocidos, pero ni un solo amigo, eso sí. Aquello era como una especie de jungla en la que primaba, como no, la supervivencia. Si eras fuerte, no había nada que temer. Si eras débil, aquello podía convertirse en un infierno. Yo fui fuerte. Hubo quien me ayudó a serlo. No hablo de fuerza física bruta. Hablo de fuerza emocional. Mucho más importante que la primera. 
Al cumplir la mayoría de edad, los responsables del centro tutelado se reunieron conmigo. Me dieron la carta de libertad y me dijeron, con hermosas palabras, lo equivalente a "vete a tomar mucho por el culo y a partir de ahora búscate la vida, puto inutil". Y salí de allí. Sin nada. Sin nadie. Con algo de dinero, poco, eso sí, porque mi padre, al morir, algo había dejado y con eso, que por fin, con mis 18 años fue mio, intenté empezar una nueva vida desde cero. No era fácil, pero no había más cojones que intentarlo. 
Un tipo al que conocí, ya no recuerdo como, y que vivía en la puta calle, me habló de La Farola; una especie de periódico soso y aburrido, para benéfico, en parte, de los "sin techo" o de los "sin un clavo". Acepté la oferta, aunque tampoco es que durase mucho en el proyecto. La gente te rehuye. Está hasta los cojones de que le pidan limosna por la calle. De que le vendan mierdas que no sirven para nada, ya sea un periódico, un ambientador de pino para el coche o papel de color rosa para limpiarse el culo. Antes de abandonar del todo la venta de La Farola, probé en más ciudades. Creo que en otras dos. Por aquello de que, quizás, no todas las culturas sean igual y la gente sea más solidaria en el norte que en el sur. O viceversa. Pero al final, resultó que todos somos iguales. Todos huimos del pobre, del apestado y todos adoramos el dinero y el lujo. 
Mario empezó a comprarme de vez en cuando La Farola. Era un tipo normal, algo mayor que yo. Calculo que rondaría los 35. Creo que nunca se leyó un solo periódico de todos los que me compró. Lo creo, porque un par de veces le seguí y le vi tirarlos a una papelera, sin siquiera haber ojeado el titular de la portada. Pero nunca le dije nada. Cada pocos días, se acercaba a a mí, me daba los buenos días, me preguntaba por mi vida y me pedía La Farola. Hasta que, casi sin darnos cuenta, nos hicimos amigos. Mario estaba separado, no tenía hijos y trabajaba en un taller multimarca de coches de su propiedad. Yo no tenía ni puta idea de mecánica, pero un día me propuso trabajar con él. Acepté, pero con condiciones. No trabajaría para él, sino que, simplemente, le ayudaría en su negocio. Me llevó a su casa y me instaló en una de sus habitaciones, aunque duré poco en el negocio. Ya lo he dicho antes. Yo no tenía ni puta idea de mecánica y fui yo mismo quien decidió no molestar, porque en realidad, creo que le molestaba más que le ayudaba. Eso sí, hemos conservado la amistad, hasta el mismo momento en el que decidí poner punto y final a mí vida. Hasta que decidí que la muerte nos separase. 
Cansado, en parte, de estar en una ciudad que no era la mía, decidí regresar a mí tierra y buscar algún trabajo tirando a serio. No era fácil. Un día, un conocido me propuso un trato. La idea tampoco era mala. Quería que perteneciese a una banda, pero no a una banda cualquiera, sino a ETA. A mí todo me daba igual. No tenía nada que perder y tampoco nada que ganar, pero al menos, alguien confiaba en mí. Tampoco sé cuál sería mi función dentro de la banda. Y aquí hay algo que se me escapa. No sé cómo cojones, el personal del centro tutelado en el que yo había vivido varios años, se enteró de que me estaba planteando convertirme en un miembro de dicha organización y mediaron con qué sé yo quien, para que me dejasen en paz. Debían de tener fuerza, porque rápidamente, me dejaron en paz y dejaron de interesarse por mí. No volví a ver nunca más a mi contacto. 
Por mediación de esta misma gente del centro tutelado y tras conocer mi situación de perdido por la vida, me ayudaron a encontrar un trabajo en una importante organización que da empleo a gente como yo. Bueno, más que a gente como yo, a gente con problemas de un tipo concreto de incapacidad que no viene a cuento. El trabajo consistía en limpiar por las noches una gran empresa. No es que fuese gran cosa, pero al menos me sirvió para poder comprar mi piso y para poder comer todos los días, si no caliente, al menos sí templado. También me animaron y motivaron para realizar algún tipo de labor social y entonces me apunté como voluntario a una reconocida entidad que ayuda a los demás. 
Mi vida parecía ir a mejor, pero yo seguía sin ser feliz y sin encontrar mi sitio en el mundo. Hice unos cuantos nuevos amigos. Algunos, en mi nuevo trabajo y los que más, en la entidad humanitaria en la que me metí. Pero esta no era mi época. Yo debería de seguir en aquel 1.512 y en aquellas tierras escocesas en las que me crié por primera vez, antes de que mi vida se la llevase un rayo y me trasladase, nunca supe como, naciendo de nuevo, a 1.974.
Como todo el mundo, tenía mis hobbies, que me ayudaban a disfrutar de mi tiempo libre. Me gustaba la música, aunque reconozco que mis gustos eran un tanto extraños para un tipo de poco más de 20 años, como yo. Me gustaba Tijeritas, pero también Enrique y Ana, Parchís o los Payasos de la Tele. Y tenía adoración por las gaitas, sobre todo la escocesa, que fue la que aprendí a tocar en 1.510 en mi otra vida y en mi Escocia natal, cuando aún estaban prohibidas por el gobierno británico. También me gustaba el cine, sobre todo, dos películas que me marcaron para siempre. Braveheart y Los Inmortales. Yo tenía algo de esos personajes. Yo mismo era, mitad Connor MacLeod, mitad William Wallace. Sé que os costará creeros esto que os cuento. Lo sé, porque cuando estaba vivo, tampoco me creía nadie. Pero a mí me daba igual. Muchas veces salía a la calle vestido de escocés y a veces, hasta me pintaba la cara, mitad de blanco, mitad de azul. 
También me gustan los animales, pero no sé porqué, tiendo a causarles daño. He matado ya a dos perros, siendo aún cachorros, a pedradas. Ambos eran míos y a ambos les quise mucho. Pero mi lado salvaje y animal me llevó a hacerlo. También decidí regalar mi gato, porque preveía que, de no hacerlo, acabaría matándolo también. No quiero hablar más del tema. Aquello y alguna otra cosa más de la que me pueda arrepentir, lo zanjé con mi pacto con el diablo. Yo le di mi alma y él me prometió la vida eterna. La condición fue que dejase en paz a los animales. Y mi vida eterna no estaba aquí, estaba allí. En la Escocia de 1.512. Ahora que ya estoy muerto, sé que el diablo no existe, pero entonces, cuando firmamos el trato, aún confiaba en él. 
Me compré una botella de whisky, elementalmente, escocés, una caja de ansiolíticos, otra de hipnóticos y una espada. La espada no sé porqué, pero me gustó la idea de hacerme con una, muy al estilo Wallace. Escribí una carta para mis amigos, agradeciéndoles todo lo que habían hecho por mí, y terminé con todo. Pero la cosa no me salió bien. Los cabrones de mis amigos me encontraron antes de que las drogas y el alcohol terminasen conmigo. Yo me había molestado en colocar la espada encima de mi pecho, aun no sé con qué intención, pero quedaba macabro que te cagas y eso me gustaba. Desperté en un puto hospital. Menudos hijos de puta mis amigos. Alguno debió mosquearse al no verme en un par de días, me llamaron a casa, no me localizaron, llamaron a mí curro, no me localizaron, llamaron a mis vecinos, vieron que había luz en mi casa, y como no di señales de vida, llamaron a la policia y entraron por la fuerza. Serían cerca de las 12 de la noche. No sé con quien cojones hablaron después, pero acabaron encerrándome en un centro para locos. En un psiquiátrico. Para más cojones, los muy hijos de puta, venían a visitarme cada poco y me recordaban lo que había hecho. Intentaban convencerme de que no había actuado bien. Yo solía reírme de ellos, pero ellos no se molestaban ni en enfadarse conmigo. Creo que al final conseguí engañarles a todos y les hice creer que ya estaba bien. Salí del centro para locos después de un mes, con un montón de medicación y con novia. Mi primera novia. Estaba loca. Como una puta cabra. De hecho, nos conocimos dentro de la casa de locos. Se vino a vivir a mí casa, pero duramos muy poco. Yo no aguanto mucho a los locos. Y creo que me quería matar, pero a mi vida solo podía ponerle fin yo mismo. Me deshice de ella. No preguntéis cómo. Nunca se lo conté a nadie y ahora que ya estoy muerto, nadie podrá interrogarme. Os he asustado, eh? No la hice nada. Solo la dejé y se lo tomó muy mal. Puta loca de los cojones. 
Aquellos días, no sólo deje a mi novia, también dejé la medicación, aunque no se lo dije a nadie. Mis amigos creían que me la seguía tomando y aunque no me dejaban solo ni un momento, por miedo a que repitiese mi suicidio, creo que nunca se dieron cuenta del detalle. Cuando mis amigos se confiaron y dejaron de tenerme vigilado todo el santo día, volví a suicidarme otra vez. Bueno, a intentarlo, que tampoco lo conseguí. De nuevo me pillaron mis amigos antes de tiempo. Esta vez, aparte de los ansiolíticos y los antidepresivos, también me metí una docena de agujas por diferentes partes del cuerpo. No sé porqué lo hice, pero lo hice. Ya está. Y otra vez la misma historia. Hospital, medicación, psiquiátrico, charlas huecas, etc.
Cuando salí de nuevo de allí, unos amigos me invitaron a irme a vivir a su casa. Acepté, aunque sólo estuve con ellos una temporada. Reconozco que me trataron bien, pero yo tenía claros mis planes y tarde o temprano, tendría que conseguirlo, asique, tampoco podía quedarme mucho tiempo allí. Me inventé varias historias, porque ninguno de mis amigos sabía apenas nada de mi pasado. Tan solo que mi padre había muerto y que, aunque mi madre me abandonó, también había muerto tiempo después. Eso es lo que yo les conté, porque este último detalle, era mentira. Mi madre no estaba muerta y yo sabía, incluso, donde vivía, pero nunca la perdoné que nos abandonase. Para mí ya estaba tan muerta como mi padre. Una vez, me encontré en un cementerio una tumba con el nombre de mi madre. Pura casualidad. Mismo nombre y mismos apellidos. Le hice una foto y se la mostré a mis amigos. Así que, ellos me creyeron. No tenían razón alguna para no hacerlo. Realmente, ellos sabían poco de mi vida, aunque ahora, que ya estoy muerto, sé que se saben casi toda la historia que les estoy contando. Los monitores del centro tutelado en el que pasé mi adolescencia, se lo contaron todo al día siguiente de morir. Ayer mismo, vamos. Ayer fue también mi funeral. Vino mucha gente. Y un par de horas antes del funeral, mi madre fue informada de mi muerte por la policía. Mis amigos la dijeron que para mí, ella ya estaba muerta y sé que la recomendaron que no fuese al sepelio. Había gente muy cabreada y podrían haberla liado. Ella no lo entendió, pero la policía le recomendó lo mismo para evitar problemas y sé que al final no fue. Mejor así. 
Ahora que estoy muerto, sé que mis amigos pelearon mucho por mí y también sé lo mal que lo están pasando. Oscar, Marga, Laura, Roberto, Agurtzane, Yoli, Silvia, Txelu, Ales, Salva, Jon... Pero ya no hay marcha atrás. En cuanto me incineren, estaré de nuevo en mi Escocia de 1.512. Todo fue más fácil de lo que yo pensaba. Les mentí. Les dije que me iba unos días a casa de mi amigo Mario, el que me ofreció trabajar con él de mecánico. Mario vivía en Llanes y yo tenía vacaciones, puesto que todo había vuelto a la normalidad en mi vida y ya me había incorporado a mí trabajo. Mis amigos no me quitaban el ojo de encima. Sabían que tarde o temprano, volvería a intentarlo. Y a la tercera va la vencida. Así que, les mentí otra vez. Llamé a Mario y le dije que iba a verle y que pasaría unos días de vacaciones con él en Asturias. Le hizo mucha ilusión. Llevábamos ya un tiempo sin vernos. Como era de imaginar, mis amigos no confiaban en mí, así que, para cerciorarse, me pidieron el teléfono de Mario y hablaron con él. Mario les confirmó que era cierto, que el día 14 había quedado con él, que íbamos a pasar unos días juntos por Asturias. Se quedaron tranquilos. Además yo estaba ya muy sereno, o al menos, creo que supe disimularlo bien. Muy bien. 
Al día siguiente, fui yo quien llamó a Mario. Le dije que me había surgido un pequeño problemilla en el trabajo y que, aunque aún seguía en pie el plan de ir a Llanes, en lugar de ir el miércoles, iría el domingo. A Mario le pareció estupendo. El caso era que nos viésemos. Y así, conseguí que mis amigos creyesen que me iba a Asturias el miércoles y Mario se creyese que me iba el domingo. Por fin podría llevar a cabo mi suicidio, o mejor dicho, mi decisión, sin que nadie se preocupase en unos días por mí y sin que nadie viniese a mí casa antes de tiempo a tocarme las pelotas y a joderme el plan. 
¿Y como me suicidé? Pues sencillo. Con una sustancia llamada cianuro, en una cantidad relativamente importante. Mortal de necesidad, esta vez sí. No estaba dispuesto a cagarla otra vez. Mis amigos nunca se hubiesen enterado de este detalle, de no ser porque fue, precisamente, un amigo forense que trabajaba en la audiencia provincia, quien se encargó de parte de mi autopsia. "Tenía una sustancia en el estómago similar al cianuro y podría llevar muerto entre tres y cinco días".
Cuando mis amigos me echaron de menos, ya era tarde. Pero tarde para ellos. Para mí fue ideal. Me encontraron el mismo domingo que Mario me esperaba en Asturias. En mi propia casa. Yo llevaba ya varios días muerto. Puede que tres, según la autopsia, aunque la fecha exacta solo la sé yo. Si sufrí o no en mi agonía, será algo que nunca revelaré. Entraron en mi casa de la misma forma que lo hicieran la primera vez, junto con los bomberos y la policía, forzando la puerta, y allí estaba yo, tirado en el suelo de mi habitación. Muerto. Sonriente. Feliz. Por fin volvería a mí Escocia de 1.512 y por fin volvería a ver a mi madre, aquella que sufrió cuando caí fulminado por un rayo, y no la de esta otra vida, que me abandonó como quien abandona a un perro, para casarse otra vez. 
Y ahora, aquí estoy, a punto de ser incinerado, mientras mis amigos se asoman a través del cristal del ataúd para poder despedirse de mí por última vez. Sé que van a echarme de menos, de la misma forma que lo haré yo con ellos. Como también sé que, a pesar de pedirles que mis cenizas sean esparcidas por Escocia, nunca lo harán, sencillamente, porque siempre creerán que esa tierra formaba parte de mi locura. La misma que me ha traído hoy hasta esta puta sala previa al horno donde seré incinerado. Y las esparcirán, precisamente, en Asturias, ese lugar al que hice mi último viaje ficticio. Una parte de ellas, en los lagos de Covadonga y otra parte, en la costa de Llanes.
Creo que llegó la hora, chicos. Pasamos al horno crematorio. Hasta siempre amigos, hasta siempre. Escocia me espera. Freedom for Scotland!!!! 
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Hola. Me llamo Salva. Tengo 44 años. Aún sigo echándote de menos, amigo Joseba. Espero que estés disfrutando a tope de tu vida por Escocia.