viernes, 28 de septiembre de 2012

Cuatro esquinitas tiene mi cama. (O una historia políticamente incorrecta)

Hola. Me llamo Pablo. Estoy sentado sobre una especie de poyo de piedra a modo de cama, cubierto por una fina esterilla posiblemente de un todo a cien, entre cuatro frías paredes. Bueno, en realidad cuatro son las esquinas. Las paredes solo son tres. La que podría ser la cuarta, no es más que una verja de unos tres metros de ancho que va desde el suelo hasta el techo, de esquina a esquina y que impone más respeto que cien gorilas juntos. A mis pies, una manta de cuadros servirá para protegerme del frío llegado el momento. Ni siquiera sé si me taparé con ella al anochecer, antes o después, porque no sé qué hora es. Aparte de mi teléfono móvil, también me quitaron el reloj. Puede que sea ya la hora de cenar, aunque no todo el mundo cena a la misma hora y ese dato no me ayuda demasiado a inventarme una hora concreta y acertar. Digo lo de la hora de cenar, porque un Guardia Civil, un tanto amable para estar donde estoy, me ha preguntado si quería comer algo. Le he dicho que no y me ha insistido varias veces, aunque he seguido diciendo que no. Casi como un robot, apenas humano. Desde hace horas se me ha olvidado lo que es el hambre. Ni siquiera recuerdo que para vivir sea necesario comer. Donde ayer tuve un estómago, hoy solo tengo un gran nudo. Un nudo de esos que un tipo normal nunca podría soltar. No sé lo que hago aquí. Solo sé que no quiero estar y también que nunca debí entrar. La cabeza va más rápida que la razón. Acabo de descubrir que en el fondo tengo un lado suicida que desconocía. Me quiero morir. Todo esto me supera. Hoy por fin he llorado. De hecho sigo haciéndolo.
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Me llamo Pablo. No tengo hijos, pero estoy casado. Lo hice hace un par de años, pero no por mí, sino por ella. Creo que fue de broma, pero una noche me soltó que o me casaba o me dejaba. Por si acaso, me casé. La quiero mucho. O mejor dicho, la quería. Hoy ya no lo sé. Se llama Claudia y hace meses que empecé a pensar que, aunque nunca se lo dije, estaba un poco desequilibrada. Discutíamos mucho, pero por cosas banales. Que si ya no me quieres. Que si no eres el Pablo que yo conocí. Que si siempre las lías. Que si un día hago las maletas y me voy. Que si... Que si... Que si... A veces llora, pero ante mis preguntas, solo me dice que la deje en paz. Y sigue llorando. Como llora la gente que no está bien. Y que yo no tengo sentimientos, porque nunca suelto una lágrima por nada. Ni siquiera el día que me casé. Una vez la dije que nadie se casa para llorar y fue peor que si me hubiese tirado a su amiga. Se pasó quince días sin hablarme. Tampoco lloré. Ella, todos los días, aun sin contestar a mis ruegos ni preguntas. Le gustaba el teatro. Bueno, gustarle lo que se dice gustarle, no. Yo creo que no ha ido nunca a ver obra alguna. Sería más acertado decir que le gustaba actuar. Que era, quizás, algo teatrera. Yo la quise mucho. Hoy ya no sé. Creo que sí. A pesar de todo. Pero hace un par de semanas que nos dijimos adiós. De mutuo acuerdo. Tras otra discusión. Cuando dos personas no se aguantan, es mejor despedirse. Sean amigos o novios. Colegas o matrimonio. Conocidos o amantes. Ambos merecemos ser felices y en esta casa ya no es posible. Que te vaya bonito, le dije. Se lo deseaba de corazón. Pero ella no contestó.
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Me llamo Pablo. Mis padres me estarán esperando. Había quedado con ellos. Ayer fue el cumpleaños de mi madre y hoy íbamos toda la familia a cenar a su casa. No sé lo que estarán pensando. Tampoco sé si alguien les habrá avisado. A mí no me han dejado hacerlo. Me han dicho que lo harán, pero no si ya lo han hecho. Y de hacerlo, no sé lo que les habrán dicho. Que soy un mierda. Un delincuente. Un hijo de puta. O yo qué sé. Son ya mayores y estos disgustos no ayudan mucho a envejecer de forma digna. Un Guardia Civil que no es el de antes me ha dicho que si necesito algo que esté de su mano, que se lo pida. Parece buena persona. Nadie me está tratando mal aquí. Todo lo contrario. Y eso me sorprende. Creo que piensan que yo no debería estar en este lugar. Pero solo lo intuyo. No puedo afirmarlo. Le digo que me saque de aquí, pero eso no está de su mano. - Es la Ley - me dice, - amigo, la puta Ley, que en casos como este, no nos presupone inocentes, sino culpables. Presuntos culpables de los pies a la cabeza -. - Pero yo no he hecho nada, Agente -. -Yo le creo, le juro por mis hijos que le creo -, obtengo como respuesta, para zanjar la visita diciéndome que si necesito, por ejemplo, un médico, solo tengo que hacérselo saber. Y que mi abogado de oficio está de camino. Médico. Abogado de oficio. Empiezo a temblar. Mañana, puede que pasado, me llevarán ante un juez. Nunca he estado delante de un juez. Tampoco en una cárcel. Ni siquiera en un calabozo como este. Nunca he dado motivos para ello. De adolescente me pegué con un conocido. Me rompió un hueso de la nariz. Yo a él dos dientes. Ni siquiera nos denunciamos el uno al otro. A los cinco o seis días nos encontramos y me invitó a una cerveza. Me pidió disculpas. Fue él quien empezó. Yo asumí mi parte, aunque solo me defendí. Hoy cuando nos vemos, nos seguimos hablando. A veces un rato más que largo. Nunca volví a pegarme con nadie. Tampoco he robado jamás. Si acaso he llamado tontos a una docena de tontos y gilipollas a una docena de gilipollas. Puede que a más. Y he discutido muchas veces. Todo el mundo lo hace. Con mi madre. Con mi padre. Con el tonto de mi hermano. Con la gilipollas de mi hermana. Con mi amigo Oscar. Con el pelota de mi curro, que en el fondo, aunque muy en el fondo, es buen chaval. Con aquella ex que siempre terminaba las discusiones con un "que te folle un pez", se piraba y a los 10 minutos ya me estaba buscando. Con mi mujer. ¿Quien no discute alguna vez con su mujer? Tengo un cuñado que dice que nunca lo hace, pero yo no le creo. Nadie le cree. Claro que he discutido con mi mujer. Muchas veces. Mis padres también lo hacen. Y los tuyos. Y tú.
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Detesto las injusticias y odio la violencia. Fui a la concentración de la plaza cuando lo de Patricia, una vecina del barrio a la que mató su marido. Me manifesté cuando lo de los trenes de Madrid. Cuando lo del concejal aquel. Cuando lo de los navajazos de la galería. Y Jesús Neira me pareció un valiente y un héroe, aunque ya casi nadie se acuerde de él.
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No sé que hora es. No tengo reloj. Tampoco mi móvil. No tengo nada. Ni dinero, ni cartera. Me lo han quitado todo. Dicen que es protocolo. Ordenes de arriba. Hace falta ser cabrón. No el que me lo quita, sino el que se lo ordena. Ni siquiera tengo una revista, un periódico o un libro para leer y evadirme un poco, aunque tampoco me creo capaz de que pudiese hacerlo. Debo de llevar muchas horas aquí, pero si me preguntan, puedo decir que llevo días y creérmelo de verdad. No sé qué pensar. Ahora querría morirme. Ayer era un tipo normal. Hoy debo ser un mierda. Un mierda sin derechos. Presunto culpable ausente de inocencia. Mis derechos por los suelos. Malditas leyes. Malditos los que las hacen. Malditos los que te obligan a que las cumplas por injustas que sean. Mi abogado, que vino hace un rato, me dijo que pronto me llevarán ante el juez. - Con suerte, te irás para casa -. -¿Y sin ella?- Su cara fue un poema. Mejor cambio de tema. -¿Cuanto tiempo llevo aquí? - Su respuesta fue que casi 27 horas. Le dije que yo no había hecho nada, a lo que me respondió que lo sabía. Que la denuncia no se sostenía. Que no había pruebas. Tampoco informes médicos que la avalasen. Ni siquiera un testigo que afirmase mi culpa. Le pregunté sobre mis derechos y sobre mi presunción de inocencia y me dijo, muy serio y muy firme que en este país, siendo hombre y ante una denuncia por malos tratos por parte de tu pareja o expareja, sean estos físicos o psicológicos, reales o inventados, estás jodido, pero jodido de verdad. No existe la presunción de inocencia en casos como este. Existe un protocolo que te jode. Que te jode, pero bien. No todos somos iguales. Tan solo nos parecemos. Hay lugares en el mundo donde por ser mujer te funden y todos nos llevamos las manos a la cabeza. Aquí, en esta España, te funden por lo contrario. Por ser hombre. Y a nadie le sorprende. Se denuncia al machista y se alaba a la feminista.
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Me llamo Pablo. El otro día me detuvo la Guardia Civil. Sin preámbulos. De buenas a primeras. Me preguntaron que si era Pablo, les dije que sí y me gratificaron con un "estás detenido". Me pasé más de un día entre rejas, sentado sobre una especie de poyo de piedra a modo de cama, cubierto por una fina esterilla. Cuatro esquinitas fueron mis silenciosas compañeras, que una con otra formaban una celda de tres paredes y una verja. Al día siguiente me llevaron esposado, de la misma forma que llevan a un asesino ante el juez. Mi delito, ser hombre. Mi mal fairo, ser denunciado por malos tratos por mi mujer. Mi error, vivir en un país donde las leyes, más que los hombres, las hacen los imbéciles. La sentencia, inocente. Causa archivada. No hay pruebas. No puede haberlas. Ya me dijo mi abogado. Mi conciencia, por Dios, por mi familia y por lo más profundo de mi alma, completamente tranquila, aunque tocada y hundida. Jamás he maltratado. Ni a mi mujer, ni a nadie. Mis ánimos, por los suelos. Mi esposa, de rositas en la calle, a pesar de haber puesto una denuncia falsa contra mí y quedar de sobra demostrado y a pesar de haberme jodido un día de mi vida. Un día que nunca, jamás, en la puta vida, por feliz que mañana sea, podré olvidar.
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Me llamo Pablo y a pesar de todo lo que les he contado, intento ser feliz, pero a veces pienso la de casos que hay como el mio y la de hombres que pueden estar entre rejas por culpa de una denuncia falsa y se me cae el alma a los pies. Hay veces que incluso vuelvo a llorar. Ah, y condeno rotundamente toda violencia. La de un hombre contra una mujer y la de una mujer contra un hombre. La de un hombre contra un hombre y la de una mujer contra una mujer. Cosa que esta justicia de mierda NO HACE.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bonito,Salva.
(azkarate)

Lonelywolf dijo...

Salva...
Tienes la facultad de escribir y describir de tal manera, que haces que parezca fácil...

Y ciertamente, no lo es.
Es fácil escribir.
Es fácil sacar sentimientos.
No es fácil describir sentimientos y darles forma, modelarlos.
Gracias

Lonelywolf dijo...

Salva...
Tienes la facultad de escribir y describir de tal manera, que haces que parezca fácil...

Y ciertamente, no lo es.
Es fácil escribir.
Es fácil sacar sentimientos.
No es fácil describir sentimientos y darles forma, modelarlos.
Gracias