miércoles, 15 de noviembre de 2017

Yo También Fui A EGB





20 de Junio de 1986. No sé si estoy triste o contento. Los sentimientos chocan entre ellos. Es viernes, pero un viernes de esos que son un poco más raros que los viernes habituales que tanto gustan. Ahora os contaré el porqué. En breve, darán las 5 de la tarde en mi Casio negro, creo que modelo F10, con luz, alarma y con ese “pipí” que suena a todas las en punto y que mola que te cagas, me levantaré de este “pupitre adosado” para dos, con algo más de la mitad del barniz saltado, lleno de agujeritos hechos con las agujas de mil compases y algún que otro nombre de chica grabado, envuelto en corazones y escrito, borrado, reescrito y vuelto a reborrar (¿amor y desamor o simple mala leche?), saldré por esa puerta de color azul y no volveré a tener que soportar los feos de José Luis, ni los aires de grandeza de su mujer, Mariangeles, quien por cierto, huele a rayos, algo así como a mezcla de regla rancia y no aseada y amoniaco, dos de mis profesores a los que, algo me dice, nunca olvidaré. O mejor dicho, nunca dejaré de odiar. De hecho, creo que les sigo odiando tanto o más que el primer día. 

Y es que, hoy, 20 de junio del 86, es mi último día de cole. Mi último día de EGB. De octavo de “egebé”.  Aquí, en este colegio del barrio bilbaíno que me ha visto crecer. Zorroza. En Fray Juan, donde tus padres siempre te dijeron que no cogieses nada que te diese algún desconocido al salir de clase, que podría ser droga. Como estaba barata... y los narcos la regalaban, pues eso, que en una puerta repartían albumnes de cromos y en la otra droga. Yo creo que mis padres siempre lo creyeron así. Y lo siguieron creyendo cuando crecí y siendo ya adolescente, salía de fiesta. “Nunca dejes de lado el vaso en el pub, que te pueden echar droga”. Si si, a 10.000 pesetas el gramo, negocio redondo para el camello, papá. (¿10.000 pesetas?  ¿Qué coño es eso? Se dirán los más jovencitos). En fin, al grano, que me pierdo. Fray Juan. El primer lugar del mundo donde, creo, he conocido la amistad. Y por eso, hoy, 20 de junio del 86, es un día en el que siento un poco de miedo, porque sé que junto con las clases de este colegio, abandonaré también a muchos de mis amigos. O me abandonarán ellos a mí. Son otros tiempos. Aún no existe el teléfono móvil, ni los emails. Tampoco tengo Facebook, WhatsApp ni Twitter. Y Ramón no solo se ha enfadado conmigo, sino que encima nos hemos peleado y me ha mordido. Fue el otro día, no hace mucho, a la salida, por la tarde, por culpa indirecta de una de las chicas de clase. La “Moni”, que sé que no la gusta que la llamen así, pero ale, una por otra. “La Moni”. Y asunto zanjado. 

Son las 5 y pico de la tarde y me voy a mi casa. Hoy bajo por el puente, aunque normalmente suelo bajar por las vías. Creo que es más corto, si no te pillan las barreras abajo, claro. Pero el puente mola más. Cuando pasan camiones por debajo, este se mueve. Estoy contento; a la mierda con el cole. A la mierda con la puta de la Mariangeles y sus putas clases de Lengua. ¿O eran de historia? A la mierda con la Inés, que era maja y encima me consta que me aprobó por la cara al final de curso, pero con ella terminaba siempre castigado en el pasillo, y aunque era divertido, porque gracias a tantas horas de pasillo, me aprendí varios pasos de breakdance, era un tanto humillante. Y a la mierda con el cole entero, qué coño. Pero... ¿y mis amigos? ¿Y esas chicas que tanto me gustaron? Anteayer una y ayer otra... ¿Nos seguiremos viendo? ¿Se seguirán acordando de mí? ¿Sentirán este mismo vacío en el estómago, que ahora siento yo? No, seguro que no. Seguro que este sentimiento, será pasajero. En breve, después del verano, para ser más exactos, unos se irán al insti, otros a algún centro de FP, después, me llamarán los hijos de la gran puta esos que llevan lo del rollo de la mili, y me obligarán a cumplir, año y pico vestido de verde, con un estado que nunca me ha dado ni me dará nada, me pondré a trabajar en algo que, aunque en principio me guste, luego acabaré odiando, me echaré una novia de esas que apenas me querrán y convertirán mi vida en un tormento y me olvidaré de todos ellos. O de casi todos. Algunos seguirán al pie del cañón. Es el caso de Juan Carlos, que mi intuición me dice que, si algún día tengo hijos, él será sin duda el padrino del primero. Espero poder cumplirlo. Aunque de vez en cuando, nos robemos las novias. 

Y la vida empezará a repartir. “A este le dejo en Soria. A este par de raras en Galicia. Este va para Asturias. Este a Zaragoza. A esta la enviaremos un poco más cerca, a Santurtzi, pero bien escondida del mundo egebero. Esta para la margen derecha. Un par de ellos al extranjero. Bien lejos, que se jodan. Siete u ocho van para Barakaldo. A unos cuantos, les dejaré por el barrio, pero les concederé el don de la pasividad y que os quede claro que será algo que os pasará a todos. Pasividad. ”. 

Y la vida que sigue. Dale que dale. Pasan los meses. Pasan los años. Y vas madurando. Que no solo la fruta madura. Prosperas, te casas o te arrejuntas, depende, o te quedas vistiendo Santos, que también es una buena opción, y así nadie te riñe cuando meas fuera, cuando tiras el vino en la mesa o cuando la magdalena es más grande que la cantidad de leche que va a ser capaz de absorber de la taza y termina como el vino: buscándose un sitio por la mesa, y por responsabilidad de la ley de Newton y otra no escrita sobre los líquidos derramados, haciendo regueros caminito del suelo; pierdes a gente de esa forma que, aunque un cura o un beato convencido te digan que no y te hablen de la resurrección, tú sabes que ya es “para siempre”, tienes hijos (o no, depende de lo listo que seas)... de pequeños, te los comerías, de adolescentes, te arrepentirás de no habértelos comido... A veces te cruzas con algún compi de cuando la EGB, al que a veces también le sueltas un “hola”, seco, muy seco a ser posible y poco más. A veces te haces el loco y pasas de largo, pero te curas el ego, echándole a él la culpa: “será hijo de mil putas, que ni me ha mirado...”. Y te alejas, como herido, pero sabiendo que te ha dado igual. “Y lo viejo que está el muy cabrón” 

Y cuando ya parece estar todo perdido, cuando estás más cerca del morirse que del haber nacido, cuando la nostalgia es más fuerte que el propio paso del tiempo, cuando en las librerías, cien mil títulos de última moda en sus estanterías nos recuerdan que nosotros fuimos chicos y chicas de EGB, se genera una especie de magia. Pero magia de la buena, de la que no tiene truco oculto, de la de verdad. Nos juntamos. Da igual como y porqué. Pero, 30 años más tarde, nos juntamos otra vez. Bueno, no da igual. Nos juntamos por culpa de la de las Arenas, que por chulería y por llevarme la contraria pone la primera piedra del proyecto. Bueno, y la segunda, y la tercera. Pero lo digo bajito, que luego se crece y no hay Dios que la aguante. Pues buena es... Un grupo de “güasap””, Una cerveza. Un par de cafés. Un té de colores (como en botica, aquí hay gente para todo). Una comida. Un ala junto a una pechuga aceitosa que vuelan. Un poco de música, de los 80, por supuesto. Unos bailes. Confesiones. Anécdotas de toda una vida sin contacto. Pues yo... pues yo... pues yo... pues anda que yo... Amistad en estado puro al fin y al cabo. Aunque hayan pasado tres largas décadas. Toda una vida. 

Y en esas estamos. Te despiertas, y están ahí. Te acuestas y están ahí. Te sale algo mal a lo largo del día, y están ahí. Te sale algo bien y están ahí. Te cuentan. Te escuchan. Te aconsejan. Te riñen. Se ríen. Te ríes. Los chistes mañaneros. Los madrugones de los pobres... Veinte mensajes. Cincuenta. Cien. Doscientos. Mil ciento cincuenta... Tresmil. El móvil petado. Os dejo, que tengo que formatear. Pues menuda mierda de móvil. Que te compres un iPhone. No, que yo solo me compro peces de colores… Y así un día tras otro, camino del año. 

Yo también fui a EGB. A las dos. A la EGB de los 80 y a la EGB del 2017. Y si tuviera que elegir, me quedaría con esta. No están ni Mariangeles, ni José Luis, los dos cabrones que me amargaron mis últimos años en fray Juan, y vosotros habéis crecido en todos los sentidos. Gracias, amigos. Porque, os puedo llamar amigos, verdad? Gracias por esa segunda EGB. Y ahora os dejo, que me toca Naturales, y aquí nunca me entero de nada. Aunque bueno, da igual, si total, voy a suspender…

miércoles, 12 de julio de 2017

Mi Dios

¿Creo en Dios o no creo en Dios? ¿Existe o no existe? Antes sé que creía. Hace muchos años ya. Sabía que existía. Cuando me confirmé, allá por el 91. Cuando acudía a la iglesia a menudo y escuchaba atentamente las lecturas que allí me ofrecían. Fue el propio hombre quien, con sus estupideces y sus delirios de grandeza, iglesia católica incluida, consiguieron ponerme a dudar. Porque creer, sigo creyendo, pero a mi manera. Porque mi Dios no es como el que ellos me quieren vender. No es como el que ellos me pintan. Mi Dios no da miedo, ni siquiera lo pretende. Mi Dios no castiga al que se equivoca o hace algo mal, ni tampoco al que duda, porque dudar es de sabios y afirmar o negar, de ignorantes. Mi Dios no asusta, ni abandona en el limbo a un bebé porque no esté bautizado. Mi Dios no es rencoroso, ni prepotente. Mi Dios no apoya las guerras, ni mucho menos, se sitúa del bando aquel que las provoca. No entiende de patrias ni de banderas. Mi Dios no necesita adoración las 24 horas del día, tampoco necesita mis rezos, ni lanza rayos contra quienes no creen en él o incluso blasfeman. Mi Dios no está pendiente de mis plegarias. Mi Dios no me escucha cuando le pido que me toque la lotería. Tampoco cuando le digo que no se muera mi amiga, aquella que al final no superó su mierda de cáncer y murió antes de lo previsto. Tampoco me aclaró nunca porqué no me dejó despedirme de mi padre cuando murió, si mi padre sí que creía en él y era tan bueno, que se lo hubiese merecido. Mi Dios no puede atender a 400 millones de ruegos y súplicas al minuto, algunas tan absurdas como que mi novia me quiera toda la vida o que apruebe una oposición sin antes haber estudiado.

Mi Dios no es responsable de tu curación. El responsable directo, es el equipo médico que te atendió. Mi Dios no te te ha echado de casa. Han sido los del banco, con la ayuda del gobierno y su injusta justicia inventada. Mi Dios no quiso que ocurriese aquel accidente en el que murió tu hermano. Fue culpa de aquel hijo de puta, que bebió y se drogó cuando no tenía que haber bebido ni haberse drogado antes de coger su coche. Mi Dios no cultiva ni trafica con esa droga. Lo hace el hombre, por dinero, solo por dinero. Mi Dios acepta a todo el mundo, ya sea homosexual, heterosexual, blanco, negro, albino, guapo, feo, de izquierdas, de derechas, cocinero, minero, tonto, torpe, hábil, pajillero o prostituta. De lujo o de esquina, también le da igual.

Mi Dios se avergüenza cada vez que muere un niño. Cada vez que un ataúd blanco es facturado. Cada vez que se da un paseo por la planta de oncología infantil de cualquier hospital. Cada vez que el hombre empieza una guerra. Cada vez que se fabrica un arma. Cada vez que un hombre la usa, aunque solo sea para enfundarla y no para dispararla. Cada vez que un hombre sangra por culpa de otro hombre. Cada vez que un hombre llora, sea de pena, de rabia o de dolor. Sea este dolor físico o mental. Cada vez que yo estoy triste, con razón o sin ella.

Mi Dios no habla de familia. No está casado. No tiene hijos, ni si quiera tiene chica. Tampoco nietos. Nunca ha dicho que las familias comiencen por hombre y mujer. Las familias son una simple continuidad de otras familias que se acaban fusionando, de padres a hijos, generación tras generación, en la que todos tienen cabida, independientemente de la orientación sexual de cada uno. Mi Dios habla de respeto. De profundo respeto a todas las ideologías y géneros, mientras no causen daños a terceros, ni a ellos mismos. Y quién moralmente no lo acepte, tiene un serio problema, dice, de autoestima, inferioridad e intolerancia. Porque a veces, quienes más dicen adorarle, son quienes más pecan de intolerancia y quienes más pasivos se muestran con él, son quienes mejor siguen sus pasos, marcados por una bondad sin límites.

Y estoy en mi derecho. Sé de Dios tanto como ellos. Yo nunca le he visto. Ellos tampoco. Ellos dicen que hablan con él a menudo. Yo hablo con él mucho más que todos ellos. Y sabe que tengo mis dudas, porque se lo cuento. Que no sé si creo o no creo, pero que no es
culpa suya, que es culpa del hombre y sus cuentos. Le he dicho que la iglesia como tal, es una gran mentira. Y no me lo ha afirmado, pero tampoco me lo ha negado. Solo me ha sonreído, como quien sonríe a un niño que pregunta antes de tiempo.

Y en una de aquellas charlas, una tarde me dijo: - mira Salva, da igual que creas o no. Da igual lo que reces. Tú sé buena persona y ayuda en todo lo que puedas a los demás. Nadie te agradecerá nunca nada, pero tampoco buscarás nunca ese agradecimiento. Y sobre la iglesia, si yo te contara, amigo Salva, ay si yo te contara...

Salva Belver (Julio 2017)