miércoles, 12 de julio de 2017

Mi Dios

¿Creo en Dios o no creo en Dios? ¿Existe o no existe? Antes sé que creía. Hace muchos años ya. Sabía que existía. Cuando me confirmé, allá por el 91. Cuando acudía a la iglesia a menudo y escuchaba atentamente las lecturas que allí me ofrecían. Fue el propio hombre quien, con sus estupideces y sus delirios de grandeza, iglesia católica incluida, consiguieron ponerme a dudar. Porque creer, sigo creyendo, pero a mi manera. Porque mi Dios no es como el que ellos me quieren vender. No es como el que ellos me pintan. Mi Dios no da miedo, ni siquiera lo pretende. Mi Dios no castiga al que se equivoca o hace algo mal, ni tampoco al que duda, porque dudar es de sabios y afirmar o negar, de ignorantes. Mi Dios no asusta, ni abandona en el limbo a un bebé porque no esté bautizado. Mi Dios no es rencoroso, ni prepotente. Mi Dios no apoya las guerras, ni mucho menos, se sitúa del bando aquel que las provoca. No entiende de patrias ni de banderas. Mi Dios no necesita adoración las 24 horas del día, tampoco necesita mis rezos, ni lanza rayos contra quienes no creen en él o incluso blasfeman. Mi Dios no está pendiente de mis plegarias. Mi Dios no me escucha cuando le pido que me toque la lotería. Tampoco cuando le digo que no se muera mi amiga, aquella que al final no superó su mierda de cáncer y murió antes de lo previsto. Tampoco me aclaró nunca porqué no me dejó despedirme de mi padre cuando murió, si mi padre sí que creía en él y era tan bueno, que se lo hubiese merecido. Mi Dios no puede atender a 400 millones de ruegos y súplicas al minuto, algunas tan absurdas como que mi novia me quiera toda la vida o que apruebe una oposición sin antes haber estudiado.

Mi Dios no es responsable de tu curación. El responsable directo, es el equipo médico que te atendió. Mi Dios no te te ha echado de casa. Han sido los del banco, con la ayuda del gobierno y su injusta justicia inventada. Mi Dios no quiso que ocurriese aquel accidente en el que murió tu hermano. Fue culpa de aquel hijo de puta, que bebió y se drogó cuando no tenía que haber bebido ni haberse drogado antes de coger su coche. Mi Dios no cultiva ni trafica con esa droga. Lo hace el hombre, por dinero, solo por dinero. Mi Dios acepta a todo el mundo, ya sea homosexual, heterosexual, blanco, negro, albino, guapo, feo, de izquierdas, de derechas, cocinero, minero, tonto, torpe, hábil, pajillero o prostituta. De lujo o de esquina, también le da igual.

Mi Dios se avergüenza cada vez que muere un niño. Cada vez que un ataúd blanco es facturado. Cada vez que se da un paseo por la planta de oncología infantil de cualquier hospital. Cada vez que el hombre empieza una guerra. Cada vez que se fabrica un arma. Cada vez que un hombre la usa, aunque solo sea para enfundarla y no para dispararla. Cada vez que un hombre sangra por culpa de otro hombre. Cada vez que un hombre llora, sea de pena, de rabia o de dolor. Sea este dolor físico o mental. Cada vez que yo estoy triste, con razón o sin ella.

Mi Dios no habla de familia. No está casado. No tiene hijos, ni si quiera tiene chica. Tampoco nietos. Nunca ha dicho que las familias comiencen por hombre y mujer. Las familias son una simple continuidad de otras familias que se acaban fusionando, de padres a hijos, generación tras generación, en la que todos tienen cabida, independientemente de la orientación sexual de cada uno. Mi Dios habla de respeto. De profundo respeto a todas las ideologías y géneros, mientras no causen daños a terceros, ni a ellos mismos. Y quién moralmente no lo acepte, tiene un serio problema, dice, de autoestima, inferioridad e intolerancia. Porque a veces, quienes más dicen adorarle, son quienes más pecan de intolerancia y quienes más pasivos se muestran con él, son quienes mejor siguen sus pasos, marcados por una bondad sin límites.

Y estoy en mi derecho. Sé de Dios tanto como ellos. Yo nunca le he visto. Ellos tampoco. Ellos dicen que hablan con él a menudo. Yo hablo con él mucho más que todos ellos. Y sabe que tengo mis dudas, porque se lo cuento. Que no sé si creo o no creo, pero que no es
culpa suya, que es culpa del hombre y sus cuentos. Le he dicho que la iglesia como tal, es una gran mentira. Y no me lo ha afirmado, pero tampoco me lo ha negado. Solo me ha sonreído, como quien sonríe a un niño que pregunta antes de tiempo.

Y en una de aquellas charlas, una tarde me dijo: - mira Salva, da igual que creas o no. Da igual lo que reces. Tú sé buena persona y ayuda en todo lo que puedas a los demás. Nadie te agradecerá nunca nada, pero tampoco buscarás nunca ese agradecimiento. Y sobre la iglesia, si yo te contara, amigo Salva, ay si yo te contara...

Salva Belver (Julio 2017)