martes, 6 de octubre de 2009

Aterrizaje de aviones. Despegue de emociones.


Aquella era la primera vez que yo pisaba tierras malagueñas. Y mira por donde que sin saberlo ni predecirlo, se iba a convertir desde entonces en lugar habitual de mis vacaciones. Y sin relación alguna con dicho primer viaje.
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Era una noche de finales de agosto. Mis amigos, con los que compartía casa alquilada en una zona llamada Guadalmar y yo, decidimos que queríamos ver aterrizar aviones. Y es que el aeropuerto estaba a tiro de piedra de aquella casa de dos plantas con piscina, de la que solo veinte metros nos separaban de la playa. Playa incómoda para el paseo por ser de piedras en vez de arena, pero playa al fin y al cabo.
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Cogimos el coche y buscamos el lugar apropiado para poder ver aterrizar a aquellos mastodontes cuanto más cerca mejor. Preguntando se va a Roma. Y al aeropuerto de Málaga también. Y sin darnos cuenta, de repente nos vimos dentro de sus instalaciones, sin saber casi ni por donde habíamos entrado. Nos enteramos por una garita de la Guardia Civil, aunque nada más verla, dimos la vuelta como si nada hubiese pasado y allí nadie dijo nada. Ni ellos a nosotros, ni nosotros a ellos. Buscando la salida, pasamos junto a una patrulla de la Policía Nacional, que tampoco dijo ni hizo nada, aunque nos dio tiempo a observar que nada más vernos cogieron la pastilla de la emisora y alguna información pedirían sobre nosotros. Volvimos a dar la vuelta y aun no se como, logramos salir de allí. Dimos varias vueltas por los alrededores, pues no habíamos cesado en nuestro empeño y al final como por el humo sabe uno donde está el fuego, conseguimos encontrar un lugar privilegiado desde donde poder ver aquellos aviones. Nos pasaban rozando y daba la sensación de que si estirabas la mano, podrías tocarlos. Aunque no tocamos ninguno. El lugar estaba justo en un cruce, sobre un pequeño puente con barandillas a ambos lados. Aquello estaba desierto. No pasaba ni un alma. Serían la 11 de la noche. O las 12. Yo que sé. Aviones y aviones aterrizando. Era una pasada. Sentías el aire encima tuyo. Nuestro coche con matrícula de Vitoria aparcado en la cuneta a escasos diez metros. De repente se acercan unas luces. Luces azules. Se paran y miran el coche. Continúan hasta llegar a nuestra altura. Nos miran, pero como ya viene siendo costumbre en esta historia, no nos dicen nada. Continúan y se detienen más adelante. Da la sensación de que nos están vigilando. Las luces azules les delatan. No las apagan. Como si quisieran que nos diésemos por aludidos. Era un todo terreno de la Guardia Civil. Nosotros a lo nuestro, pero en nuestra conversación dejamos claro que aquello era raro. No habíamos hecho nada malo. Pero quizás ellos pensaron que tampoco habíamos hecho nada bueno.
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No volvimos a ver más aviones. De repente se apagaron las luces del aeropuerto y los aviones empezaron a aterrizar por el lado contrario. Lejos de donde estábamos nosotros. Quizá no fuese más que una casualidad. Alguna vez he oído que esto sucede cuando de repente cambia el viento. Pero aquella noche no soplaba ni un poquito. Y las luces azules seguían observándonos. Al final nos acojonamos. A ver si nos trincan por algo. Vete tú a saber. A veces la psicosis hace estragos. Y cuando el diablo se aburre, suele ponerse de tu parte. Decidimos marcharnos. Ya de vuelta nos perdimos. Entramos en un extraño poblado. Gente tocando la guitarra y dando palmas. Algunos nos miraban como se mira a quien nos es bien recibido. De nuevo marcha atrás y a volver por donde habíamos venido. Casi que parecía una pesadilla. Menos mal que no estaba solo y sé que todo fue cierto. De vuelta a casa. A nuestra casa alquilada. No era gran cosa, pero era acogedora. Lo bueno, que tenía piscina. Lo malo, la dueña, que era algo imbécil. Pelín indiscreta.
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Aquella noche escuchamos ruidos de sirenas. Y nos despertamos por la mañana con la noticia de que a escasos metros del aeropuerto se había caído un avión. Nosotros no teníamos nada que ver, pero remitiéndonos a todo lo aquí contado, empezamos a preguntarnos si no tendríamos problemas. Nunca los tuvimos. Pero me quedó esta anécdota para poder contar hoy aquí.
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Quizás otro día regrese a ver aterrizar aviones.

3 comentarios:

Drea dijo...

Entre unas y otras cosas, lo cierto es que tu vida está llena de aventuras. No se me olvida la de aquella que te "invitaron a cenar". Pero estas también molan para contarlas a los amigos.

Jeijo dijo...

lo que no te pase a ti Salva, jeje

Mundos Azules dijo...

Si, Jeijo.. pues si te digo quien era uno de los otros...