martes, 5 de enero de 2010

Aquellos maravillosos Reyes Magos



Es curioso, porque desde hace ya unos años no me gusta nada la parafernalia que se monta en torno a los Reyes Magos, pero en otros tiempos participé de forma muy activa en ellos.

Todo empezaba varias semanas antes de las navidades, cuando dentro de la organización a la que pertenezco y de la que ya he hablado aquí más veces, recogíamos juguetes por muchos lugares. Unos eran usados, entregados directamente en nuestras instalaciones por aquellos que ya no los necesitaban o que simplemente les estorbaban en casa. Otros eran nuevos, donados por tiendas y empresas del sector, muchos de ellos con pequeñas taras, fallos o averías que les convertían en no aptos para la venta, pero que con tiempo, cariño, maña y dedicación, mucha dedicación, reparábamos, mañana, tarde y noche, durante el resto de semanas hasta llegado el esperado día de Reyes. A veces ocurría que de dos juguetes idénticos con tara, hacíamos uno en perfecto estado. Otras veces necesitábamos incluso tres o más. Y a veces resultaba que entre criba y arreglo aprovechábamos para jugar un rato con aquellos juguetes que de niños no pudimos hacerlo. Como el camión Pegaso aquel de la marca "Rico", que tanta simpatía despertó siempre en mí y que nunca tuve. En dicha criba, descartábamos siempre todos aquellos juegos o juguetes bélicos o inductores de violencia, que no tenían cabida en las bases y principios de la institución, tales como armas, tanques, muñecos simulando soldados y similares.   

Llegada la tarde anterior a los Reyes, la del 5 de Enero, formábamos parte activa en la cabalgata de Barakaldo, unos realizando funciones sanitarias acompañados de ambulancias, otros en labores de seguridad y otros en lo que se terciase. Lo importante era formar parte del espectáculo. A veces incluso coordinando todo aquello para que el resultado fuese lo mejor posible. Tras terminar el desfile de los tres barbudos de Oriente y el recibimiento de todos los niños que hacían cola para estar unos segundos con ellos, generalmente ubicado en la plaza del Ayuntamiento, llamada Herriko Plaza, o en el conservatorio de la música todos aquellos años que la plaza estuvo cerrada por obras, empezaba el trabajo más duro. Desmontar aquellos enormes escenarios, trasladarlos a nuestras instalaciones, realizando varios viajes con una furgoneta y volver a montarlos allí para que una vez llegada la mañana, poder hacer el reparto entre todos aquellos niños carentes de recursos, de todos aquellos juguetes reparados y almacenados en el salón de actos de la institución benéfica. Una vez montados aquellos tronos reales y tras haberle dado la mayor magia posible al lugar, que a diario servía para dar cobijo a cuatro o cinco ambulancias, la faena continuaba colocando todos los juguetes alrededor y de forma ordenada. Por edades, sexo y preferencia de los niños. Un trabajo que generalmente nos llevaba toda la noche a un buen número de voluntarios.

A primeras horas de la mañana del día seis de Enero, se formaban ya largas colas de niños de varias edades acompañados, en su mayoría, por sus padres. Y a pesar del sueño acumulado por nuestra parte por aquella dura noche, aquello era digno de ver. Sobre todos las caras de aquellos críos. Y la de muchos padres que de verdad pasaban por verdaderos apuros económicos.

Han pasado ya más de diez años de todo esto y me encuentro en un momento de mi vida en el que paso un huevo de los Reyes Magos y de absurdas cabalgatas. Pero hoy he tenido tiempo de pensar y creo haber encontrado la razón. Quizás sea que hecho de menos todo aquello. Quizás sea que viví aquellas noches de Reyes de una forma tan intensa, que ahora que de todo aquello no me queda nada, no le encuentre sentido a esa magia. Puede que algún día y como cada poco me recuerda mi mujer, mis hijos me hagan ver las cosas de otra manera y cambie de opinión. Por mi parte, me comprometo a intentarlo. Me comprometo a volver a ser un niño. O al menos a ver ciertas cosas como las verían ellos.
 



A toda aquella gente que compartió conmigo horas y horas de juguetes e ilusiones. Y sobre todo a Juanjo Rodriguez "Supermola" y a Lorena Rubio, que todavía hoy siguen convietiéndose en los pajes de Gaspar, al que da vida mi amigo Joseba Larrinaga, y juntos llenan de ilusión las cabecitas de cientos de niños y no tan niños.

2 comentarios:

Kato dijo...

mira que eres difícil de conseguir al igual que alberto xD se qeu he visto su correo pero no se donde xD

bueno FELIZ AÑO NUEVOOOOOOOO!!!!!

Mundos Azules dijo...

Igualmente Kato. Espero que todo vaya genial por aquellas tierras.

Un saludo.