jueves, 14 de abril de 2016

El pederasta que no era pederasta en una sociedad miedosa y enferma




Disfruto de la lectura de un buen libro sentado en el banco de un parque, cuando observo como un niño de unos cuatro o cinco años, no más, se cae de un columpio y se golpea levemente en la cabeza. Tras comprobar de un vistazo que sus padres no están junto a él y que nadie se acerca a la criatura, dejo el libro sobre el banco y me acerco hasta él, le cojo y compruebo al momento que el niño no tiene daños serios. Aún así, no deja de llorar, imagino que por el susto de la caída. No sé muy bien qué hacer. Soy padre y de repente, siento empatía por el pequeñajo que tengo a mi lado. Sigue llorando y nadie más se acerca a nosotros. Algunos padres de otros niños que juegan en el mismo parque, nos miran sin interés. Como si el que un niño ajeno a su familia se haga daño, no sea cosa suya. De repente, recuerdo que llevo una bolsa de chuches en el bolsillo de mi cazadora vaquera, la saco y se la muestro al pequeño. Este sigue llorando, pero mete su pequeña mano en la bolsa y coge dos gominolas, no al azar, sino que las elige. Una nube de color rosa y un corazón de azúcar, mitad rojo, mitad naranja. Le digo que coja más, pero no me escucha. Está entretenido comiéndose las que ya ha cogido. Sigue llorando, a la vez que observo que sangra, muy poquito, eso sí, por el labio. Intento consolarle como buenamente sé. Con buenas palabras infantiles y jugando con la bolsa de chuches. Coge otra gominola de la bolsa. Una con forma de mora de color rojo. Como sigue sin dejar de llorar, me sale de lo más adentro de mi alma darle un abrazo y decirle que esté tranquilo, que no pasa nada, que ahora mismo nos ponemos manos a la obra y buscamos a sus padres. Y de repente y como por arte de magia, deja de llorar. Pero ya es tarde. A lo lejos, aunque no tan lejos, veo correr a dos mujeres. Vienen hacia mí. Estaban entretenidas un poco más allá, charlando de vete tú a saber el qué, ajenas al destino y a los juegos de sus hijos. Gritan, pero no las entiendo. No tardo en descubrir que una de ellas es la madre de la criatura. Me reconforta pensar que al fin ha aparecido y mientras pienso qué decirle, como explicarle lo que allí ha pasado y que su hijo parece no tener nada grave, empiezo a entender lo que significan sus gritos. 
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- Deja en paz al niño; suéltale; que le sueltes; hijo de puta!! -. 

Todo ocurre en segundos. La gente se arremolina junto a mí. Empiezo a escuchar "hijo de puta" por todas las partes. Un tipo, no más joven que yo, incluso se atreve a mirarme amenzante y pronuncia en tono elevado la palabra "pederasta". No lo asimilo. No termino de ser consciente de que todos esos adjetivos van dirigidos precisamente hacia mí. Y cuando la madre se pone a mi altura, me suelta un manotazo en la cara mientras sigue a viva voz soltando barbaridades por su boca. 

- Hijo de puta. Hijo de la gran puta. Cabronazo. Pederasta de mierda -.
Y es aquí , cuando entiendo lo que ha pasado. Intento explicarle a la madre y a su amiga que nada es lo que parece, que el niño se ha caído, que ellas no estaban pendientes, que solo le estaba consolando, que yo también soy padre, que los pederastas no son más que escoria, pero no me escuchan. Me zarandean, no sólo ellas. También algún que otro padre de los que antes miraban pasivos la escena de las gominolas que yo guardaba para mis hijos y que en un acto de cordialidad, decidí compartir con aquel pequeño que se acaba de caer de un columpio. Gritos y más gritos. El niño vuelve a llorar. Alguien ha llamado a la policía. No tardan en llegar. Tres patrullas. Lo hacen metiendo ruido. Como si de un atentado terrorista se tratase. La zona se llena de curiosos y yo soy el centro de atención. Y también soy el hijo de puta. Y el pederasta. Todo por intentar ayudar a un niño de unos cuatro a cinco años que en el momento en el que se cayó de un columpio,  sus padres no estaban pendientes. 
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El final de esta historia, puedes ponerlo tú. Seguramente, elijas aquel en el que todo se aclara y al final se queda en un simple malentendido. Lo sé. Sería lo correcto. Pero sabes, igual que lo sé yo, que de haber estado en el lugar como mero espectador, tú final hubiese sido que aquel tipo, que en realidad no era yo, hubiese terminado detenido, juzgado, condenado y con su foto rulando día sí, día también, por las diferentes redes sociales, alertando a todos tus contactos con un "cuidado con este hijo de puta pederasta" . Porque, seamos claros, vivimos en una sociedad paranoica que prejuzga antes de tiempo sin detenerte a utilizar el sentido común y sin detenerse a pensar en que, aunque nos parezca extraño, aun queda gente buena en el mundo. 

Pensar lo que compartís en las redes sociales antes de hacerlo. Quizás hagáis más daño del que pensáis.