martes, 17 de mayo de 2016

Esquizofrenia "paranaroide"




Naroa. Típica a la que conoces de poca cosa, pero que, dígamos, te cae bien. Sobre todo cuando, un día, descubres que confía en ti, que te cuenta sus pequeños grandes problemas y además, te das cuenta de que se interesa y tiene en cuenta tus consejos. O eso te hace ver. 
Hasta que llega el momento crítico. Y eso que un servidor estaba ya sobre aviso. Naroa me había dicho, hacía no mucho tiempo, que le habían diagnosticado cáncer. Leucemia, concretamente. Pero aquella mañana de sábado de finales del mes de Junio, no fue con Naroa con quien hablé, sino con Carlos. ¿Carlos? ¿Y quien es Carlos? Esa misma cara puse yo cuando, por WhatsApp y tras un breve "qué tal estás, Naroa?" , me dijo: - no soy Naroa, solo tengo su móvil, soy Carlos -. Y resultó que, Carlos, era algo parecido a la pareja de Naroa, que tampoco pareja, sino más que eso, siempre según el propio Carlos me contó. Yo no le conocía de nada. Ni siquiera sabía de su existencia. Jamás, Naroa, me había hablado de él. Pero ese día charlamos un buen rato a través de los mensajes y fue, precisamente Carlos, quien me puso al corriente de todo. Y por eso, lo del "momento crítico":
- Naroa se muere, Salva. Ya no hay nada que hacer. Lleva unas semanas sedada y estamos esperando el desenlace en cualquier momento. 
Imagínense mi cara. Imposible describir la sensación. Y lloré. Lo admito. Admito que aquella mañana, sentado en una mesa del chiringuito del río de Huerta, un pueblo de Salamanca, lloré. Mierda, mierda, mierda y otra vez, mierda. Puto cáncer. Como odio el cáncer. Puta leucemia. Le agradecí a Carlos la información y le pedí que me tuviese al corriente de cualquier acontecimiento, fuese bueno o fuese malo. Me respondió que contase con ella. 
En días posteriores, solía preguntarle a Carlos, siempre a través de WhatsApp, por ella, aunque con extremo tacto. Coño, como no iba a hacerlo, si Naroa me parecía una persona estupenda... Aunque la sensación, era un tanto rara, porque yo estaba hablando con un tal Carlos, pero, en un número de teléfono que, en la agenda de mi móvil, venía como "Naroa". La respuesta era siempre la misma. "Mal, muy mal. Cuestión de días. Naroa sigue sedada en la Clínica Universitaria de Navarra" . ¿En la Universitaria de Navarra? Joder, no dije nada, pero un ingreso con sedación y un tratamiento de ese calibre en un hospital privado como ese, tiene que costar un pastizal. Y que yo supiese, Naroa no era más que una currela, que, aunque ya es suficiente para tener la cabeza bien alta, no lo es para depende qué privilegios destinados a poderes adquisitivos más elegantes. Con suerte, mileurista. Qué extraña, eso sí, la mente humana; mi amiga se muere y yo, pensando en la pasta. Soy un insensible. No se crean, que pensar, lo pensé. 
Nunca tuve el número de teléfono de Carlos. Tampoco se lo pedí, ni mucho menos, me lo ofreció. Por ello, jamás he podido ponerle ponerle cara a través de, por ejemplo, la foto de perfil de su WhatsApp. Siempre hablábamos a través del teléfono de Naroa, que como estaba sedada, lo tenía él. Y así nos tenía a sus amigos informados. Al menos, a los que Carlos considerase informar. 
¿Y de qué conocía yo a Naroa? Pues de poca cosa, la verdad. De hace ya unos años, eso sí. Muchos años. Unas cervezas y poco más. Y luego, esto del Facebook, que al final, uno recupera contactos hasta de sus tiempos de guardería. Y antes, porque no da la memoria. Basta con recordar el nombre y el primer apellido del susodicho a buscar y si se tiene interés, atreverse a preguntar, así hasta que cantes bingo. Suena un tanto friki, pero reconozcámoslo, en realidad, unos mucho, otros poco, todos lo somos, aunque nos cueste aceptarlo. 
Iban pasando los días y no había novedad en el estado de Naroa, hasta que un día, a mediados del mes de julio, Carlos me dijo que ya era cuestión solo de horas. Como mucho, de un par de días. Y que incluso, ese mí mismo día, habían estando hablado con él los psiquiatras (sí, sí, Carlos me dijo "psiquiatras" y aquí yo también me dije "¿eh?") de la Universitaria, para sopesar la posibilidad de donar los órganos de Naroa una vez esta muriese. ¿Como? Aquí saltaron todas mis alarmas. ¿Perdón? ¿Donar el qué? ¿Los órganos de quien? ¿De Naroa? No dije nada. Seguí preguntando e interesándome por ella cada poco. También por sus órganos. Siempre he defendido que todos, absolutamente todos, deberíamos ser donantes, aun no queriendo, incluso por ley. Pero un enfermo de cáncer, elementalmente, no puede donar. 
Pasaban los días y la historia seguía siendo la misma. - ¿Qué tal Naroa? -, - No hay nada que hacer. Se muere. Y se muere ya -. Siempre al mismo número de WhatsApp, al de la propia Naroa y siempre con el mismo interlocutor: Carlos. Y siempre con su extraño discurso de "donar sus órganos" en mi mente, y la mosca, tras la oreja. Y cada día, esa mosca un poquito más grande. Pasaron las horas anunciadas y también el par de días. Y Naroa seguía sedada. Y en esta historia no moría nadie. La Universitaria de Navarra es privada y un tratamiento de eso pelo, ha de costar una pasta. Yo seguía con mis pensamientos insensibles ¿Quien lo paga? Si Naroa era una simple currela... Le eché huevos y se lo pregunté directamente a Carlos. - ¿Quién está pagando ese tratamiento, tío? . -. - Lo pagamos nosotros, Salva, entre, Naroa y yo -, me dijo Carlos. - Pero si eso es una pasta... no? Miles y miles de euros... -. En línea.... En línea... En línea... Última conexión: 21:45. Aquel día, ya no hablamos más. No hubo respuesta por su parte. 
Empecé a darle vueltas y más vueltas a todo. Me releí todos las conversaciones de WhatsApp que había tenido desde junio con Carlos. ¿Con Carlos?. Había docenas de errores. Cada vez que repasaba las conversaciones, encontraba un fuera de juego nuevo. Algunos, se me habían pasado por alto la primera vez, pero cantaban un huevo cuando volvías a leer la conversación con más interés. Dudé en hacerlo, más por conciencia que por otra cosa, pero al final decidí entrar un rato en el juego, aunque, he de jurar que, en parte, había un pequeño porcentaje de sentido común en mi cabeza que me decía que no podía ser mentira aquella historia. Que Naroa, en realidad, podría estar, de verdad, a punto de morir. Y yo, pensando mal de ella y de su chico, o lo que fuese Carlos suyo. 
- El fin de semana que viene voy a Pamplona-, le dije una tarde a Carlos por WhatsApp, - y si saco un ratito, me gustaría pasarme por la clínica, que quiero ver a Naroa -. 
En línea... Escribiendo... En línea... Escribiendo... En línea... 
Deduje que Carlos no sabía qué diablos decirme y que ahora sí que le había pillado totalmente en fuera de juego. 
En línea... Escribiendo... En línea... Tras casi media hora, contestó. 
- Te lo agradezco, pero no te molestes. Está ingresada, por deseo propio, en plan secreto y seguramente en la universitaria, te dirían que no existe nadie con ese nombre. Tú estate tranquilo, que ya te voy informando de todo yo -. 
Pero... ¿qué coño me está contando esta... este... esta... quien coño sea con quien estoy hablando?
Semejante excusa, me anima a seguir soltando hilo. Total, ya que el anzuelo está en el agua, esperemos a que el pez que saquemos, sea gordo. Con suerte, una ballena. 
- No te preocupes, Carlos, conozco a uno de los médicos de la universitaria, socio capitalista además. Me debe un par de favores de los gordos, de cuando fui director en una ONG. Hablo con él, y aparte de poder darme información, que en realidad es lo de menos, me van a dejar entrar a verla, sin duda alguna. 
En línea.... Escribiendo... En línea... Escribiendo... Última conexión 15:22. En línea... Escribiendo... En línea... Última conexión 16:12. En línea... Escribiendo... Última conexión: 18:30. Escribiendo.... 
- No te molestes, Salva, acabo de hablar con un amigo, "inspector de policía", de la comisaría de Pamplona, ha ido al hospital a preguntar por Naroa y le han dicho lo que ya me suponía, que no existe nadie ingresado con ese nombre. Y me quedo más tranquilo, ya que no era capaz de imaginarme que dejasen entrar así como así a cualquiera, sobre todo, después de pagar lo que estamos pagando... Pero tú tranquilo, que yo te voy contando con lo que sea. 
- Vale vale, eso sí, por favor, avisame en cuanto muera, que quiero ir al funeral. Qué pena más grande tengo... amigo Carlos. 
- Te avisaré, pero, por expreso deseo de Naroa, no va a haber funeral ni nada del estilo. Ella no quería nada. Encima, yo no estoy en España, estoy en Nueva York y no veas qué jaleo... -. 
¿En Nueva York? ¿Con el móvil de Naroa? Lo pienso, pero no digo nada. Carlos está en Nueva York. Naroa se muere en Pamplona. Lleva sedada, calculo que, unos cinco meses. El ingreso lo están pagando ellos de su bolsillo. Hace tres meses, la quedaban dos días de vida. Iba a donar los órganos. Estaba ingresada en secreto. Tenía amigos policías que le confirmaban el secreto del ingreso. En fin... Que solo le faltaba a la historia un Fredy Krugeer y un X-Men. 
A estas alturas, se imaginarán lo que pienso, ¿verdad? Manda huevos... Después de perder a un par de amigos por leucemia y de tener a la puta enfermedad rondando por mi propia familia, que tenga que aguantar como una puta loca me vacila con esto... Pero aún así, le sigo el juego un poco más. Le cuento que he ido a Pamplona, que he preguntado en la Universitaria y que no había ninguna Naroa ingresada. Me dice que, tal y como ya me había advertido, él sabía que era eso lo que me iban a decir. - Es lo que tienen los centros privados, que pagas hasta por el anonimato. -, me suelta a través del WhatsApp. Claro, claro. Y lo que tiene la tele, que te ves un par de series de polis y ya te crees el Inspector Gachet. 
Investigué, si es que a las cuatro tonterías que hice, se le llama investigar y encontré. En Pamplona no tengo contactos, pero en Bilbao, alguno sí. Y descubrí que, hacía solo una semana, Naroa había estado en una consulta en el hospital de Cruces. Y a la semana siguiente, tenía de nuevo cita en el mismo centro. Le volví a preguntar a Carlos por el estado de Naroa. - Se muere- , fue la respuesta. - Ya. No le queda nada. - "¡Su puta madre! ", pensé yo, si lleva muriéndose ya tres meses. -Nadie sabe de donde está sacando las fuerzas para aguantar tanto-, me cuenta Carlos. Pasada una semana, volví a preguntar por ella, pero añadí un pequeño detalle en forma de anzuelo: -joder, Carlos, esta mañana, juraría haber visto a Naroa en el hospital de Cruces. No sé fijo si era ella, porque le he visto de lejos, pero yo juraría que sí-. Elementalmente, no era cierto. 
En línea... En línea... Escribiendo... En línea... Última conexión: 20:48.
En línea... Escribiendo... Última conexion: 23:00. Escribiendo... En línea... 23:30. Escribiendo... 
-No me digas eso, Salva, me acaba de dar un vuelco al corazón- me dice Carlos por WhatsApp. Bueno... lo de que me lo dice Carlos, a estas alturas, es mucho decir. Y sigue: -El otro día me dijeron lo mismo, que la habían visto. Hoy me lo dices tú... Estoy temblando-. Esto es la polla... Naroa es la polla. La puta polla. 
Llegados a a este punto, es complicado saber lo que hacer. ¿La mandas a tomar por el culo de una vez por todas y para siempre? ¿La preguntas qué es lo que busca con esa mentira y con esa enorme falta de respeto hacia todos los enfermos de cáncer? ¿La sigues el juego hasta que se muera de una puta vez? Y me consta que no es nada personal. No. Esta misma historia, no me la ha contado solo a mí. Naroa se la ha contado a muchos de sus amigos. Tenemos varios en común y el rollo, más o menos, ha sido el mismo. Incluso, algunos de los detalles de su "enfermedad", los ha hecho públicos en su propio muro de Facebook. Al final, decido pasar. No merece la pena. Mi mujer ya me había dicho más de una vez: - esa colega tuya, está como una puta chota. 
El otro día, me encontré cara a cara con ella. No nos dijimos nada. Ella hizo como si no nos conociésemos de nada. Primero, observé su cara de sorpresa, me imagino que, similar a la mía, claro. Luego, miró al frente y siguió caminando, como si nada, como si no hubiese visto a nadie conocido, pero con una extraña mueca en su cara de incomodidad. Yo también hice lo mismo. Seguí mi camino, como si no nos conociésemos de nada, aunque de buena gana hubiese estirado el brazo y la hubiese soltado un tortazo, de esos que ofenden más que duelen. En el fondo, yo sabía que era cuestión de tiempo. Que tarde o temprano, acabaríamos encontrándonos. Aún así, tuvo los cojones suficientes de, al cabo de unos días, enviarme otro WhatsApp bajo el amparo de Carlos, alegando que Naroa seguía sedada y muriéndose. En fin... ahora ya me da igual si se muere o si se despierta del coma inducido y se apunta a clases de ballet. Para mí, Naroa ya no existe. Y ni siquiera me importan una mierda sus motivos para hacer lo que hizo. Pero es que, no hace más que unos días, y como guinda al pastel, me dijeron que había hecho público en las redes sociales que, el tal Carlos, había muerto en un accidente de tráfico en Estados Unidos. Puta loca de los cojones...