viernes, 11 de diciembre de 2009

El hombre vaca y sus derechos


 Ander De La Huerta. Amigo de la infancia. 37 años. Desde hace cuatro, arrastra un pequeño problema. No se encuentra a gusto con su cuerpo. No se siente persona. Se siente vaca. Pero la sociedad no le entiende. Se autodefine discriminado. Y es que Ander no quiere hablar. Quiere mugir. Tampoco quiere sus dos pezoncitos, lo que quiere son unas buenas ubres y que le ordeñen. Cuatro patas con pezuñas en vez de pies y manos, una larga cola junto a su culo, pastar en vez de merendar y un par de cuernos. Pero cuernos de los de verdad. De los otros quizás ya tenga algunos, aunque su pareja, muy discreta, nunca cuenta nada. Solo dice: - muuuuuuu! -.
Yo le entiendo y le comprendo. Y hasta le animo a que dé el difícil paso. Que se opere. Es un buen muchacho y se merece lo mejor. Que se haga vaca. Aunque luego no sé como nos comunicaremos, pero bueno... Me apuntaré a alguna granja escuela de idiomas para aprender el significado de los mugidos. Cualquier cosa es poca por mi amigo Ander.
Ahora anda algo rebotado por lo de sentirse cada día más discriminado y apartado y se ha apuntado a una asociación. Creo que a Fundación Pro Vacas y Derechos, o algo así. Quiere operarse y por fin lo tiene claro, pero no quiere ser él quien se haga cargo del importante costo de dicha operación. Pretende que sea el propio gobierno quien lo pague a través de la propia Seguridad Social. Yo le digo que no se pase, que hay cosas más importantes en las que fundir la tela pública, pero entonces se mosquea y me dice que me calle, que no tengo ni puta idea de lo suyo. De poco vale que le jure y le perjure que le entiendo y que le apoyo. Y en el rifi rafe de opiniones, le recuerdo que yo he pagado de mi bolsillo varias de las vacunas importantes de mis hijos. Y le hablo de nuestra amiga Pili la cachonda, la que tuvo hasta no hace mucho el bar de la esquina, que la encontraron un tumor con cara de pocos amigos en un ovario y pasaron de ella. Que las revisiones se las hace en el privado porque la sanidad pública no responde. También le digo que mucha peña muere apuntada a una lista de espera de la que o nunca llaman o lo hacen tarde. Y que Mario se ha quedao sin dientes por una piorrea y si quiere ponerse piños nuevos, le cuestan casi cuatro kilos. Y le saco el tema de Eneko, que gastaba una tocha tipo al Franco Batiatto y operarse le costó más de cuatro sueldos. O los miles de miopes que han tenido y tienen que pagarse del bolsillo sus gafas porque la sanidad pública no lo cubre.
Pero eso a Ander se la sopla. Él quiere ser vaca a toda costa y no entiende el porqué no se lo pagamos entre todos. Incluidos los gafosos y los narizotas. Aunque desde Pro Vacas y Derechos ya le han dicho: - Ander, tú tranquilo, que este es un país de cantamañanas, mangurrinos y gilipollas y con un poco de ruido, verás como te operan por la puta cara. Y encima con suerte, hasta te sacan en "prime time" por la tele -. Y claro, yo pienso que puta cara es la que tiene Ander y sus socios. Pero ya no le digo nada, que todo le sienta mal. Y es que Ander aboga por la libertad de expresión y esas ostias, pero le jode que yo opine diferente a él. A la vez, soy consciente de que al final en esta historia el único membrillo malqueda soy yo, porque aunque trece mil millones de personas piensen parecido, nunca se atreverían a reconocerlo en público y depende con quien hablen, dirán una cosa u otra. O lo que es lo mismo, al sol que más calienta.
Aun así, quiero un huevo a mi amigo Ander, al que ya no llamo hombre. Ahora llamo vaca.
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Esta historia no es real. Cualquier parecido con la puta realidad puede que sea pura coincidencia. O puede que no. Yo solo añadiré que "Muuuuuuuuuu...!"

viernes, 4 de diciembre de 2009

Los mandamientos de las mal cuidadas de Dios.


Una terracita de bar. Mi cortadito de media tarde, mi hijo y mi mujer. Que si vaya tiempo y tal. Que si en noviembre y veintitantos grados. Que si pajaritos por aquí, que si pajaritos por allá. En la mesa de al lado tres marujas mal cuidadas despachan su café. Poco más allá, sus retoños se divierten en los columpios ajenos al pedorreo de sus madres. Y digo lo de mal cuidadas porque a una de ellas la conozco y es más joven que yo, pero aparenta unos cincuenta o más. La otra, jersey de lana algo desfasado, zapatos de tacón y chándal. Y es que siempre he odiado el chándal como prenda de vestir. Es lo más cutre y hortera que he visto en mi vida y lo entiendo como prenda deportiva, poco más, pero allá cada cual. No hablan, gritan. Y al final, aunque uno no quiera, acaba por enterarse de la conversación. Acojonante, oye.

La que aparenta los cincuenta salta de repente con que: - es muy triste, los niños de ahora no se saben los diez mandamientos. - Las otras dos asienten, como dándole la razón, mientras la de los cincuenta continúa: - antes nos sabíamos los mandamientos de carrerilla -. Y la otra, la tercera en discordia, de la que todavía no he hablado porque no encuentro manera alguna de definirla sin llegar a ofenderme ni yo mismo, la responde emocionada: - uy, los mandamientos y el padre nuestro... y el Ave María... - Tras lo que la de los poco más de treinta aparentando cincuenta suelta aquello de: - primero, amarás a dios sobre todas las cosas, segundo, no tomarás el nombre de..., quinto, no matarás, octavo, bla bla bla y así hasta diez, para terminar con aquello de que esos diez mandamientos se resumen en dos, que son patatín patatín y patatán patatán.

A un servidor se le atraganta el cortado, malo de cojones, todo sea dicho y de no ser porque conoce de vista y de toda la vida a aquella que aparenta unos cincuenta, pensaría que aquello era una broma con cámara oculta. Lo más curioso es que siempre la he tenido por una tipeja algo imbécil y no muy buena gente, por lo que me dan ganas de aportar mi granito a aquel gallinero y resumir toda su conversación en un único mandamiento, norma o como dios quiera que se diga: a dios rogando y con el mazo dando. Pero opto por el silencio. Al final cada uno se castiga y se flagela como le da la puta gana.

De repente miro a mi hijo y aunque aun no se entera de nada y lo único que quiere es jugar, me pregunto como se tomará en un futuro la religión y en bajito le susurro: - cariño, tú ni caso a estas beatas. Ni mandamientos, ni mandamentiras. Aita y ama se conforman con que seas buena persona. Con que ayudes a quien te lo pida y con que nunca le hagas daño a nadie. Pero que no te engañen con promesas que nunca pueden demostrar. Y que cuenten el daño que causaron años atrás. Y es que a mí me pasa como a Tino: creo en Dios y hasta de vez en cuando hablamos con él. Pero no necesitamos intermediarios. Charlamos con él cada vez que queremos y está disponible. Y en una de esas Dios me dijo: - no le hagas mucho caso a lo que escribe el hombre en mi nombre -. También me dijo que él no leía mucho mi blog. Que contaba muchas bobadas y tal, pero ese es ya otro tema sin importancia.

Por cierto, señoras de treinta y tantos que aparentan cincuenta, no hace falta ser divinas de la muerte, pero cuidarse un poco y preocuparse de una misma tampoco está de más. Y dejen a los niños que jueguen y se diviertan, que ya tendrán tiempo de milongas y charlatanes.

Ah! y sugiero un nuevo mandamiento: no utilizarás el chándal más que para hacer deporte.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Otro Más



Un coche negro aparcado en cuesta. Una fiambrera o similar. Unos amigos que se encuentran y charlan junto a él sobre vete a saber qué. Una pareja que llega y pide permiso para entrar en el coche. Sus dueños, supongo. Unos amigos que interrumpidos por la pareja, tras charlar de vete a saber qué, se despiden y separan para seguir su camino. Un conocido bar que hace esquina. Un cruce de calles. Unas escaleras. Una fuerte explosión. Silencio. Desconcierto. Coches de policía con mantas. Tarde de lunes. Una mirada atrás. Una mirada sobre tus pasos ya dados. Un coche negro destrozado. Un hombre muerto. Amasijo de hierros. Una mujer herida. Sirenas de ambulancia. Un atentado inútil. Otro más. Gente que llora. Gente que no puede llorar. Dolor. Angustia. Preguntas sin respuesta. Mes de Abril. Un muerto inocente. Otro más. Un niño sin padre. Una mujer sin marido. Una madre sin hijo. Una silla vacía. Un vacío en el alma. Un servidor charló apoyado sobre aquel coche de vete a saber qué, hasta que fue interrumpido por una pareja, aunque curiosamente no se enteró del detalle hasta días después, cuando otro de aquellos amigos de charla se lo comunicó. Una pareja rota por ideas ajenas. Un mal recuerdo que pesa. Un muerto inútil. Otro más. 1991. Mil proyectos rotos. Ilusiones. Amores. Y la vida continúa. Humanos. Civilización. Política. Amonal. Miedo. Metralla. Humillación. Terror. Odio. Tristeza. Muerte. Locura... Un hombre muerto. Otro más...

viernes, 20 de noviembre de 2009

Autobiografía autorizada de un niño



Barakaldo, 24 de Marzo de 2.008

Hola. Creo que me llamo Oier y lo que voy a contar puede carecer de interés, aunque para mí, a lo mejor es importante. Tengo poca edad y mi experiencia en la vida no es muy abultada, así que cuento con que sepan entenderlo.

Apenas puedo oír y no veo nada. Solo oscuridad. Algunos, sobre todo los más incrédulos como mi aita, se preguntarán entonces como diablos puedo contarles esto. A veces sucede que hay cosas difíciles de entender y esta es una de ellas. Créanme, pero yo puedo ser el ejemplo del mayor milagro de la vida. Quizás el ejemplo más claro de que la magia sí que existe. Y hablo de la magia sin truco previo. La de verdad. La magia más bella del mundo.

No logro entender mucho, pero me he dado cuenta de que mis papis hoy están contentos. Y también unos amigos que están con ellos. Creo que son mis padrinos, pero no lo sé. Y creo que ellos tampoco lo saben todavía. Todos están dando vueltas como locos por la casa con un chisme raro que creo que cambia de color. Soy muy pequeño para entender de estas cosas. Aunque ninguno de ellos me hace mucho caso. Es lo que tiene no ser mayor como ellos. Encima no puedo verles ni tampoco oírles bien. Y esto sí que me preocupa. Simplemente siento su presencia. Sobre todo la de amatxu, a la que noto hasta respirar. Hoy es lunes de Pascua. Acabamos de venir de Noja.




Barakaldo, 20 de Abril de 2.008.

Hola. Creo que me llamo Maialen y creo también que soy una afortunada por poder estar hoy aquí, aunque me preocupa un poco el no saber de donde vengo ni a donde voy. Sigo sin ver. Me siento rara. O raro. Ya no sé. Me gustaría que alguien me diese una explicación, pero todos piensan que soy muy pequeña para comprenderlo y en parte me ignoran. O muy pequeño. Quizás sea por eso que los mayores no me hagan todavía mucho caso. Aunque creo que preocuparse, se preocupan un montón. A menudo sé que hablan de mí. No puedo oírles, pero lo percibo. Tampoco sabría explicarlo. Pero noto a mi amatxu como si fuesemos una sola persona. Una extraña unión.




Barakaldo, 5 de Mayo de 2.008.

Hola. Creo que me llamo Izaro. Hoy no estoy de muy buen humor y no me apetece hablar de nada. Seguro que saben comprenderlo. A todos nos sucede algo así de vez en cuando, ¿verdad?




Barakaldo, 25 de Junio de 2.008.

Hola. Creo que me llamo Eder. Sigo sin ver y apenas oigo nada. Solo un ligero ronroneo. Supongo que hoy estoy malito, porque hemos visitado a un señor con barba y una bata blanca que parecía ser un médico, aunque he notado que todos se reían y he pensado que quizá sea señal de que todo vaya bien. Estoy contento, pero no me gusta no poder ver. Me duelen un poco los dedos de las manos. Y también los de los pies. Es una sensación muy rara. Como si me estuviesen creciendo día a día. Y encima me he ruborizado, porque he notado como todos me miraban y me señalaban el pito. Como si nunca hubiesen visto uno. Que gente más rara. Ah, y hoy me han hecho fotos. Me imagino que serán chulas, aunque creo que son en blanco y negro. Como las de antes.




Barakaldo, 15 de Agosto de 2.008.

Hola. Creo que me llamo Gaizka. Jo, vaya lío de nombres que tengo encima. Estos mayores me van a crear un problema de identidad y aunque soy pequeñito, sé que no me gustan nada los psicólogos. Están todos locos. Es verano. Hace mucho calor. Sí, sí, todos locos.

Hoy hemos estado en el hospital, pero no por mí. Hemos ido a ver a otro niño como yo. No se lo que le pasaba, pero allí estaban todos muy contentos, así que no sería nada malo. Los mayores son muy raros. Seguro que este niño algún día será mi amigo. ¿Os he dicho ya que creo que me llamo Gaizka? El otro niño se llama Adrián.




Barakaldo, 3 de Octubre de 2.008.

Hola. Creo que me llamo Gaizka. Que extraño, esta es la primera vez que no me han cambiado el nombre. Seguro que a mis aitas tampoco les gustan los psicólogos. Estoy contento, pero un poco agobiado. La oscura habitación en la que estoy empieza a apretarme por todos los lados. Creo que este lugar cada vez es más pequeño. Que raro es todo. Y cuanta humedad...

Hoy he ido otra vez al hospital a ver a otros dos niños como yo. Creo que son gemelos. Son muy pequeñitos. Más que Adrián. Y eso que Adrián era chiquitín. Parecía un bebé. Seguro que Fabián y Gabriel han tenido que compartir su comida durante mucho tiempo. Pero ya crecerán y jugaré con ellos. Porque se llaman Fabián y Gabriel. O Gabriel y Fabián. Creo que da igual, no?. Tampoco entiendo de esas cosas. Hoy ha llovido mucho. Vaya día más malo que ha salido. Dicen que en el norte los inviernos son así. Y veces hasta los veranos.




Barakaldo, 8 de Noviembre de 2.008.

Hola. Creo que me llamo Gaizka. Aita y ama están nerviosos. Dicen que se acerca el día, pero como apenas les oigo, no se de qué día hablan. Estoy cansado y todo me presiona. Además estoy algo incómodo. Voy todo el día cabeza abajo. Vaya coñazo. Quiero estirarme y no puedo. Y cuando consigo hacerlo un poquito, amatxu se queja. ¿Qué más le dará a ella?

Aita me pone música y aunque amatxu le chilla porque dice que está muy alta, yo casi no la oigo. Aita me pone a un grupo que se llama Rammstein y también otro que se llama Marea y a mí me gustan, pero amatxu le grita que si está loco, que si acaso me ponga no se qué de una Oreja o algo así. Que cursi es mamá.




Barakaldo, 20 de Noviembre de 2.008.

Hola. Me llamo Gaizka. Hoy he madrugado mucho. Pero es que por fin puedo ver. Por fin puedo oír. Por fin he visto la cara de mis aitas. Ella, guapa y encantada, pero con cara de cansada. Él, muy contento, pero me mira con cara de panoli y asustado. Como si esta situación no la hubiesen vivido nunca antes. Pero parecen felices. Estoy en un sitio muy raro, pero por fin hay espacio y me puedo estirar. Que ganas tenía. Esto está todo muy blanco, con muchas luces por todos los lados y gente que no conozco. Pero todos se ríen y dicen que soy muy guapo y que tengo unos huevos muy grandes. ¿No me habrán visto antes? Porque yo no podía verlos a ellos, ¿pero ellos a mí tampoco? Sigo sin entender muchas cosas. Me duele un poco la cabeza, como si me la hubiesen aplastado. Pero me siento feliz. Hay una señora un poco fea vestida de verde que le ha dicho algo a otra para que lo apuntase en un cuaderno: - Gaizka, nacido el 20 de Noviembre a las 5 horas, 20 minutos. Tres kilos, ciento setenta gramos -.

También he conocido a todos mis abuelos. Bueno, a todos menos a uno, que está en el cielo y no puedo verle, pero él a mí seguro que sí. Y a mis tías, a mis tíos y a mis padrinos. También a muchos amigos de mis aitas que han venido a verme. Debo de ser un tío importante. Muy importante. No para de venir gente a visitarme. Será porque se han enterado de que por fin puedo verles...?


Barakaldo, 20 de Noviembre de 2.009.

Hola. Me llamo Gaizka. Hoy es mi primer cumpleaños. Soy un trasto. Os quiero mucho.

martes, 17 de noviembre de 2009

Un ratito en la vida de Paloma



Resulta que mi amiga Paloma, que en realidad no es solo amiga, pero eso a nadie le importa, se encontraba mal desde hacía varios días y decidió acercarse al servicio de urgencias de un hospital cualquiera de la Sanidad Pública del País Vasco. O lo que es lo mismo, Osakidetza.

Pasaban solo unos minutos de las tres de la tarde cuando tras identificarse correctamente tras un cristal con un sistema de micrófonos y altavoces, como si se tratase del mismísimo Banco de España y estuviese aquello lleno de millones de euros o de vete tú a saber qué, la invitaron a pasar a una salita de espera abarrotada de gente, quienes la miraban casi hasta sonrientes por saber qué es lo que la pasaba. Y es que la mierda del sistema de micrófonos nunca funciona como dios manda y al final te toca gritarle al administrativo de turno las razones que te han llevado a acudir a Urgencias. Lo de Paloma no resultaba gracioso, aunque la mujer se cagaba literalmente patas abajo, pero imagínate tú las risas de aquellos que hubiesen llegado a la urgencia antes que ella si lo que la pasase fuese un tremendo dolor de huevos aun siendo mujer. O peor aun, que por error se hubiese metido un lapicero por el culo. Que en esta extraña vida de todo te puede pasar y cosas más raras se han visto. Pues toda la sala de espera a partirse de risa en tu jeto.

Entonces Paloma se sienta en uno de aquellos incómodos asientos de plástico y a esperar. Que me imagino yo que el Consejero de Sanidad tendrá un sillón más cómodo, pero para algo es Consejero, qué cojones. Clases las ha habido siempre y como el pueblo les ha votado, tú y yo a callar. Si hasta el facultativo que la atendió cuatro horas después tenía su silloncito de cuero en la consulta. Y mientras, Paloma allí, en aquella mierda de sala, repleta encima de biombos de metro y medio de altura para separar a los supuestos contagiados de gripe A del resto de enfermitos, todos apretaditos. El de al lado que llora. El de enfrente que se queja a grito pelado de su hombro. Y el de más allá que no para de toser. Mira tú que tiene la mencionada gripe esa de laboratorio y al final le sale cara la diarrea a mi buena amiga Paloma.

Tras un sinfín de pruebas que convierten la estancia en aquella puta sala tercermundista en la historia interminable, deciden que hay que ingresarla. Y la ingresan. Primera planta. Habitación ciento y pico. Cinco noches, cuatro pruebas y a su puta casa. Todo está bien. Mejor imposible. Algo de reposo y a correr. En ningún sitio como en tu hogar. A nadie le gusta estar en un hospital. Y menos cuando a veces uno tiene la sensación de estar en una cárcel. Horarios de visita restringidos, dos fulanos por paciente, normas absurdas instauradas por anormales con la coletilla de "jefe de...", y para colmo, pagar por ver la televisión. Manda huevos. Que te cuelgan allí una mierda de tele de marca blanca que no supera los 150 euros y te cascan una pasta por ver canales gratuitos. Total, que en quince días de ingreso te has pagado tú la tele al completo y a partir de ahí, a forrarse algún miserable. Y para que dos pacientes de la misma habitación no puedan aprovecharse de la misma tele sin así pagar dos veces, solo se escucha con auriculares. Cada cama con su tele. Cada tele con su toma. Cada cual que saque sus propias conclusiones.

Paloma deja el hospital y encantada entra en su casa de la mano de su marido, pero las cosas no van bien del todo. Ella está incómoda, peor incluso que antes de ingresar. Al día siguiente una llamada del hospital la informa de que vuelva. Algo no va bien. Tiene que ingresar de nuevo. Quizás hayan encontrado algo. Nunca debieron darla de alta, pero lo hicieron. Ha de volver a la misma planta, pero la burocracia que es más fuerte que el factor humano, hace que Paloma repita pruebas y consulta por urgencias. Y de nuevo aquella ventanilla de micrófonos y altavoces y lo que es peor, cinco horas y pico en la misma sala de espera. Treinta incómodas sillas para doscientos enfermos que esperan a ser atendidos por el residente de turno, que todo sea dicho, será probablemente un jovencito sin apenas experiencia. Decir que aquello era vergonzoso es quedarse corto. Demasiado corto.

Al final tanta espera acaba con su paciencia. Y con la de su marido. Y con la de su madre. Y con la de mi mujer. Y como no, con la mía. De mala ostia, pedimos explicaciones en admisión. Y lo de siempre, que si el protocolo, que si no hay camas, que si el hospital se queda pequeño para tanto enfermo... Pues claro, cojones, ¿como no se va a quedar pequeño si en treinta años no se ha construido ni uno más en toda la provincia? Mejor invertir en ferias de muestras o campos de fútbol donde den patadas a un balón cuatro monos. Si total, la peña tiene que morirse, ¿qué más da con ochenta años que con veinte? La sanidad poco importa. Debe además de dar pocos votos, porque nunca he escuchado a ningún político ni del partido de Pepe ni del partido de Juan hacer campaña en elecciones prometiendo hospitales.

Cuatro gritos y las cosas se agilizan. Aparecen camas donde antes no había. No son las formas, lo sé, pero no hay más remedio. Una enfermera aparentemente comprensiva y agradable nos sugiere poner una queja, pero asiente cuando la respondo que los de arriba con las quejas se limpian el culo. No es del todo cierto, pues el dina 4 es incómodo para dicho menester, pero por ahí van los tiros, las cosas como son.

Veinticuatro horas más tarde, Paloma aterriza en la misma planta donde estuvo hace días y de donde no debió salir hasta estar recuperada del todo. Pero en un hospital a nadie le gusta la palabra "cagada". Lo llaman prevención. Ahora van y la detectan una bacteria peligrosa y la aíslan en una habitación al fondo del pasillo. Lo que nadie dice es el porqué de tal bacteria. ¿No la pillaría aquí el otro día? Los síntomas ahora son distintos y eso desconcierta, pero nadie admite que tú, tonto de la calle, pienses mal de ellos. Prevención, no cagada. Eso sí, se permiten las visitas, no hay problema, pero hay que ponerse guantes al entrar. Por si acaso. Algunas enfermeras tienen miedo y no entran en la habitación. La preguntan desde fuera. Con la comida pasa parecido, se la dejan en la puerta. Y tras un par de días detrás de la empleada de la limpieza y algún juramento que otro, Paloma consigue que la limpien la habitación. Y aquí mi pregunta es simple: ¿Pero esta puta gente donde coño se cree que trabaja? ¿en El Corte Inglés?

Hoy publico este post y mi amiga Paloma, que en realidad no es solo amiga, pero eso a nadie le importa, continúa ingresada en ese hospital. Yo voy a verla todos los días y me pongo guantes al entrar. Son órdenes expresas del hospital. Pero en una de estas nos informa una cincuentona vestida de rosa que ya no hay guantes, que se han acabado. Extrañado, la pregunto que si no hay guantes en todo el hospital y soberbia la mujer, como acostumbrada a ser tan borde y a que nadie la haya llamado nunca soplapollas, me mira con cara de grandeza y me suelta que no, que no hay guantes en todo el hospital. Respiro hondo y quiero ser correcto, pero no me sale y la digo de no buenas formas que no vacile y que no me venda motos. Y es que tiene cojones que con todo lo vivido por Paloma en los últimos ocho días, todavía se ofenda ella, la muy cretina de bata rosa y que me suelte que ella no está allí para aguantar insolencias. Claro, que ipso facto abandona el lugar y corre como una rata a pedir sopitas a sus compañeras, quienes más amables y profesionales, nos prometen una pronta solución. Aunque al final tiene que ser el marido de Paloma quien suba a otra planta del hospital, pida guantes y solucione el problema. Y la fulana ya desaparecida.

Quien sabe... mi amiga continúa en aquel hospital con fama de ser uno de los mejores. Puede que en unos días cuente algún que otro ratito de la vida de Paloma. Vamos, que igual hay segunda parte. Mientras tanto, me conformaré con verla en su casa cuanto antes recuperada del todo y así poder seguir discutiendo por tonterías con ella. Al fin y al cabo no es solo una amiga, pero eso a nadie le importa.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Los queremos en casa


Estamos aquí ante un tema delicado. Extremadamente delicado. Y ojalá que en pocos días se solucione de forma positiva y esta entrada pierda todo el interés, aunque por el camino que van las cosas, el final se antoja lejano y agónico para su entorno más cercano.


He hablado con muchos de mis amigos y conocidos sobre el tema y hay opiniones para todo. Y lo peor es que a ninguno les falta su parte de razón. Unos dicen que sabiendo que aquellas aguas son peligrosas, que para qué cojones van allí. Que es como pasear con veinte añitos y estando buena por el barrio chino. Otros, a ese mismo comentario le añaden la prohibición del Gobierno Vasco a los barcos cántabros de pescar en aguas vascas. O lo que es lo mismo, lo mío, mío, y lo tuyo y lo de los demás, de todos. Otros muchos y sin tampoco faltarles su buena parte de razón, hacen referencia a la alarmante crecida de la delincuencia de calle, con atracos a comercios y a personas físicas un día sí y otro también y tampoco nos colocan a un policía o un militar armado hasta las cartolas en cada tienda, restaurante, gasolinera o portal para evitarlo.


El caso es que ahora y dejando de lado tanta y tan poco productiva reflexión, muchos trabajadores de la mar están en grave peligro. Tantos como treinta y seis. Y eso no podemos permitirlo. Y algunas almas de cántaro aprovechan mientras para sacar tajada política del tema a toda costa, cambiando incluso de chaqueta las veces que haga falta. Los nacionalistas vascos solicitan la presencia urgente en los atuneros de un ejercito español al que nunca ha querido ver ni en fotografía. Los populares le piden al gobierno que tome unas medidas que ellos mismos tampoco tomarían de estar en el poder, pero ponerse del lado de la lógica consigue futuros votos. (Aunque la postura de ambos partidos en estos momentos se agradece, las cosas como son). Y los que faltan, los del poder, los que gobiernan, erre que erre en sus trece de no hacer nada y contar que lo hacen todo. (Palabras de los allegados de los secuestrados). Y aunque algunas voces se oyen en sus filas para que muevan ficha rápidamente, quienes han de tomar la decisión, se hacen los locos y le pasan la pelota a la Justicia. Esa misma que a la vez que alega no ser legal soltar a los negritos de marras, permite el libre albedrío por despachos de chorizos, mangantes y meapilas del mundo político más corrupto que hayamos tenido jamás en democracia. De antes mejor ni hablar. Y es que bien podían haber cerrado el pico unos y otros, pero fanfarrones como niños de colégio, corrieron a presumir de hazaña. Como si juzgarles aquí cerca les colgase más medallas. Que en boca cerradan no entran moscas. Y ya se sabe de la buena relación existente entre moscas y la mierda. Y cagarla, la han cagado pero bien.


Y tras ello, dale que dale con que no se pueden meter militares en los atuneros. Que la Ley no lo permite y tal. Pues si no lo permite, se cambia la ley y a tomar por el culo. ¿O acaso no se cambian otras leyes cada dos por tres? Fíjense en la de Tráfico, que cada poco la complican un poco más. Y tú y yo a callar. Eso sí, corriendo el armador con todos los gastos que ello conlleve, que a mí también me acojona pasar por ciertas sitios y no me acompaña ningún armado.


Será mejor, digo yo, tener a los soldaditos allá en Afganistán, en una absurda guerra que no va con nosotros. ¿Verdad?. O preparándose mañana, tarde y noche para desfiles que aburren hasta al mismísimo rey. Sin ser conscientes - o sin querer serlo - estos ministruchos de pacotilla, de que ellos no se toman ni un mísero café si no es compañía de sus cuatro o cinco escoltas, a veces más. Por no hablar de aquellos mítines, bodas oficiales, actos inaugurales o demás gilipolleces burocráticas de los huevos en las que además movilizan a cientos de agentes de todas las policías, incluso la local, que a veces llegan hasta sitiar cualquier ciudad como si estuviésemos en guerra. Helicópteros y tiradores de elite incluidos.


Y me pregunto yo: ¿como serían las cosas si en vez de treinta y seis marineros secuestrados, fuesen treinta y seis ministros?


Por mi parte, cansado de tanta palabrería barata, de tantas sandeces, hipocresías, afán de protagonismo y demás tontería política y judicial, quiero en sus casas a todos los marineros y tripulantes del Alakrana. Y los quiero ya. Que suelten a esos dos membrillos, que de poco o nada nos sirven detenidos y lo que nos interesa es lo que nos interesa. Y si las leyes están para darnos por el culo en vez de para protegernos, que dios nos pille confesados. A mí que me borren de esta mal llamada democracia.




Va por ellos. Y por su libertad.
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A día 17 del mes de Noviembre, el Alakrana ha sido por fin liberado. Podría eliminar este post que ahora carece de sentido, pero he decidido dejarlo en honor a todos sus tripiulantes y sobre todo porque no vuelva a suceder nunca más.

jueves, 29 de octubre de 2009

Paracuellos y otros cuentos





- ¿Que haces leyendo un puto tebeo? - fue la pregunta que hace ya un tiempo me hizo un compañero de trabajo (por denominarle de alguna manera) cuando me vio leyendo "Paracuellos". Yo me limité a mirarle con la misma cara que se les mira a los idiotas y le respondí que aquello no era un tebeo sin más. Aquello era una puta obra de arte. Y solo un ignorante sin remedio y un paleto de media tinta como él, podía ser capaz de escupir semejante chorrada y quedarse tan ancho.

Paracuellos puede ser un tebeo. De hecho lo es. O un cómic. Como cada uno prefiera. Aunque personalmente prefiero llamarlo tebeo. Cómic me resulta friki, aunque no sabría exponer una buena razón. Pero no es un tebeo cualquiera. Es Paracuellos. Una gran obra de Carlos Giménez que gira en torno a unos niños que no tuvieron nada. A veces ni un mísero trozo de pan que llevarse a la boca. Unos críos que vivieron una etapa que jamás debería de haber vivido nadie. Y mucho menos un niño. Paracuellos relata las vivencias de unos niños huérfanos y algunos otros con sus padres encarcelados simplemente por no pensar de la misma forma que sus carceleros. Paracuellos es la triste realidad de unos niños que sin comerlo ni beberlo tuvieron la mala fortuna de nacer poco antes o en el mismo momento de que estallase una guerra que nunca debería de haber empezado. Y como no, en Paracuellos aparecen también algunos personajes adultos, casi siempre en forma de educadores o educadoras que reflejan la cantidad de hijos de puta que vivieron a sus anchas en unos tiempos que nunca debieron existir. Y encima creyéndose ellos con la razón absoluta y bajo el amparo de las Leyes y de una iglesia no tan justa como siempre nos han hecho creer. Paracuellos se desarrolla en el Hogar de Paracuellos del Jarama, un lugar al que se le coje mucho asco tan solo a través de unas pocas viñetas.

Paracuellos es uno de esos libros que no te cansas de leer. Una vez. Dos. Tres. Y las que haga falta. Nunca cansa. Y es uno de esos libros, cómics o tebeos, que cada cual lo llame como se le ponga en la punta del nabo, que deberíamos leer todos. Niños y mayores. Aunque solo sea para saber lo que pasó. Para que todos nos sintamos aunque solo sea por un rato y sentados en el sofá de nuestra casa, como se sintieron aquellos niños. Para que nos demos cuenta de lo miserable que puede llegar a ser nuestra especie. De lo miserables que fueron muchos

Ahora, tres o cuatros años después de aquella primera lectura de Paracuellos, me he hecho con la colección de "36-39 Malos Tiempos", del mismo autor. Al igual que Paracuellos, no son más que cuatro putos tebeos. Pero cuatro tebeos que también todos, niños y mayores, deberíamos de tener en nuestra estantería, aunque solo fuese para echarles un ojo de vez en cuando y darnos cuenta de lo que vivieron muchos de nuestros padres o abuelos y que esperemos no vuelva a pasar. Nunca jamás. Bajo ninguna circustancia.

"36-39 Malos Tiempos" trata sobre la Guerra Civil española. Como dice su autor al principio de sus cuatro obras: para muchos historiadores, la última guerra romántica. Para los que la vivieron, la guerra. Para mí, la puta guerra. La puta guerra organizada por el puto y miserable hombre hambriento de poder y de dinero. Y como dice una de las protagonistas en una de las viñetas: maldito aquel que disparó la primera bala. Él es el responsable de todas la muertes. Las de un bando y las del otro. Porque al final, que nadie piense que en un lado todos eran buenos y en el otro todos malos malísimos. Porque en ambos hubo mucho hijo de puta y en ambos murieron muchos que a buen seguro hubiesen preferido no tener que morir ni tener que haber apretado en su vida un gatillo.

En fin, que no voy a seguir, que una imagen vale más que mil palabras. Mi intención es solo recomendar estos libros, que estoy seguro, no os defraudarán. Unas verdaderas obras de arte de las que pocas veces se habla en prensa y televisión.

Por cierto, ¿mi libro preferido a día de hoy? Paracuellos. Sin lugar a duda. Sí, un puto tebeo. ¿Y qué?

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Paracuellos es una serie de seis libros, aunque existe una edición de bolsillo (recomendable al 100%) que los reune a todos en un solo volumen. (20 euros aprox.)

36-39 Malos Tiempos es una colección de cuatro libros. (15 euros aprox. C/U) De momento no existe edición de bolsillo.

martes, 6 de octubre de 2009

Aterrizaje de aviones. Despegue de emociones.


Aquella era la primera vez que yo pisaba tierras malagueñas. Y mira por donde que sin saberlo ni predecirlo, se iba a convertir desde entonces en lugar habitual de mis vacaciones. Y sin relación alguna con dicho primer viaje.
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Era una noche de finales de agosto. Mis amigos, con los que compartía casa alquilada en una zona llamada Guadalmar y yo, decidimos que queríamos ver aterrizar aviones. Y es que el aeropuerto estaba a tiro de piedra de aquella casa de dos plantas con piscina, de la que solo veinte metros nos separaban de la playa. Playa incómoda para el paseo por ser de piedras en vez de arena, pero playa al fin y al cabo.
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Cogimos el coche y buscamos el lugar apropiado para poder ver aterrizar a aquellos mastodontes cuanto más cerca mejor. Preguntando se va a Roma. Y al aeropuerto de Málaga también. Y sin darnos cuenta, de repente nos vimos dentro de sus instalaciones, sin saber casi ni por donde habíamos entrado. Nos enteramos por una garita de la Guardia Civil, aunque nada más verla, dimos la vuelta como si nada hubiese pasado y allí nadie dijo nada. Ni ellos a nosotros, ni nosotros a ellos. Buscando la salida, pasamos junto a una patrulla de la Policía Nacional, que tampoco dijo ni hizo nada, aunque nos dio tiempo a observar que nada más vernos cogieron la pastilla de la emisora y alguna información pedirían sobre nosotros. Volvimos a dar la vuelta y aun no se como, logramos salir de allí. Dimos varias vueltas por los alrededores, pues no habíamos cesado en nuestro empeño y al final como por el humo sabe uno donde está el fuego, conseguimos encontrar un lugar privilegiado desde donde poder ver aquellos aviones. Nos pasaban rozando y daba la sensación de que si estirabas la mano, podrías tocarlos. Aunque no tocamos ninguno. El lugar estaba justo en un cruce, sobre un pequeño puente con barandillas a ambos lados. Aquello estaba desierto. No pasaba ni un alma. Serían la 11 de la noche. O las 12. Yo que sé. Aviones y aviones aterrizando. Era una pasada. Sentías el aire encima tuyo. Nuestro coche con matrícula de Vitoria aparcado en la cuneta a escasos diez metros. De repente se acercan unas luces. Luces azules. Se paran y miran el coche. Continúan hasta llegar a nuestra altura. Nos miran, pero como ya viene siendo costumbre en esta historia, no nos dicen nada. Continúan y se detienen más adelante. Da la sensación de que nos están vigilando. Las luces azules les delatan. No las apagan. Como si quisieran que nos diésemos por aludidos. Era un todo terreno de la Guardia Civil. Nosotros a lo nuestro, pero en nuestra conversación dejamos claro que aquello era raro. No habíamos hecho nada malo. Pero quizás ellos pensaron que tampoco habíamos hecho nada bueno.
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No volvimos a ver más aviones. De repente se apagaron las luces del aeropuerto y los aviones empezaron a aterrizar por el lado contrario. Lejos de donde estábamos nosotros. Quizá no fuese más que una casualidad. Alguna vez he oído que esto sucede cuando de repente cambia el viento. Pero aquella noche no soplaba ni un poquito. Y las luces azules seguían observándonos. Al final nos acojonamos. A ver si nos trincan por algo. Vete tú a saber. A veces la psicosis hace estragos. Y cuando el diablo se aburre, suele ponerse de tu parte. Decidimos marcharnos. Ya de vuelta nos perdimos. Entramos en un extraño poblado. Gente tocando la guitarra y dando palmas. Algunos nos miraban como se mira a quien nos es bien recibido. De nuevo marcha atrás y a volver por donde habíamos venido. Casi que parecía una pesadilla. Menos mal que no estaba solo y sé que todo fue cierto. De vuelta a casa. A nuestra casa alquilada. No era gran cosa, pero era acogedora. Lo bueno, que tenía piscina. Lo malo, la dueña, que era algo imbécil. Pelín indiscreta.
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Aquella noche escuchamos ruidos de sirenas. Y nos despertamos por la mañana con la noticia de que a escasos metros del aeropuerto se había caído un avión. Nosotros no teníamos nada que ver, pero remitiéndonos a todo lo aquí contado, empezamos a preguntarnos si no tendríamos problemas. Nunca los tuvimos. Pero me quedó esta anécdota para poder contar hoy aquí.
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Quizás otro día regrese a ver aterrizar aviones.

viernes, 2 de octubre de 2009

Noche de miedo


 Principios del mes de agosto, un año cualquiera de no hace muchos, aunque sí unos cuantos. Un bonito y pequeño pueblo zamorano del que ya he hablado aquí más veces. Algunos de mis amigos. Una poca de familia por parte materna. Mi madre, mi mujer, entonces aun novia y un servidor. Un paseo por la carretera después de cenar. La meta, al igual que lo había sido durante años y años en aquel pueblo, un lugar conocido como "el empalme", que no es más que un cruce de carreteras en medio de la nada. Solo una señal informativa te dice que cerca de allí hay vida. Que no estás perdido. Pero no es un cruce cualquiera. Aquel es especial, pero que nadie me pregunte la razón. No sabría explicarlo. Muchos años atrás tuvimos allí hasta un colchón medio escondido donde descansar. Suena raro, pero juro que es cierto. Y el lugar aun me emociona. A mí y a muchos. Quizás ya para siempre.
Aquella noche llegamos a la meta como lo habíamos hecho decenas de veces antes. Quizá más de cien. Quien sabe si muchas más. A veces de noche. A veces de día. Unas andando, otras en bici. Una vez en el empalme, decidimos sentarnos un rato a descansar antes de iniciar la vuelta hacia el pueblo. Era de noche, pero había buena luz. La luna y las estrellas estaban de nuestra parte. De parte de los diez. Porque aun no lo he dicho, pero éramos diez. Y en noches así, apetece charlar. Poco después, algo llamó nuestra atención. La de todos. Un ruido. Como una voz. Y decía: - " eeooo" -. Una y otra vez: " - eeooo" -. Unos decían que aquello era una persona. Otros un animal. Pero, ¿qué animal?, ¿qué persona?. La voz seguía cada vez más cerca: "- eeooo -". "- eeooo -". Al final la cosa asustaba un poco y no por miedo, si no más bien por prudencia, decidimos bajar. Y digo bajar, porque el empalme está más alto que el pueblo. Un pueblo pequeño donde en invierno no llegan a cuarenta los que allí habitan. Y eso contando algún niño. Creo que hay más vacas que vecinos. Y ovejas. Y almas. Sí, he dicho bien. Más almas que vecinos también. La noche estaba despejada. Totalmente despejada y llena de estrellas. Tantas, que daba la sensación de que no cogiese ni una más. Es lo bueno que tienen los pueblos. Las noches son preciosas. Pero de repente nos envolvió la niebla. Dejaron de verse la luna, las estrellas y casi hasta las jaras que bordeaban la carretera. Todo era niebla a nuestro alrededor. Una niebla espesa. Y aunque algunos trataban de justificarlo, yo no había visto aquello jamás. Y menos en verano. Poco después empezamos a ver una luz a lo lejos. Aparecía y desaparecía. Pero cada vez más cerca. Como una linterna. Pero una linterna gigante. A lo mejor como la de un faro de costa. - Igual es un coche - decían algunos. - O una moto - pues solo era una. Pero se movía muy rápido. Aparecía y desaparecía. A derecha y a izquierda. Ahora sí. Ahora no. Y no venía precisamente de la carretera. Seguimos andando hacia el pueblo. A veces nos reíamos, otras parecíamos acojonados. Pero incluso en los ratitos de humor, nadie quería ir en los extremos. Eramos diez y todos bajamos pegados. Unos a otros. Por el centro de la carretera. Como si allí hubiese miedo. Demasiado miedo. 
Llegados al punto desde donde ya se divisa el pueblo, aquella niebla desapareció. La luz dejó de verse y aquel "- eeooo -" no he vuelto a escucharlo jamás. Ni de una persona, ni de un animal. Seguramente no fuese más que una tontería. Pero hoy, más de trece años después, reconozco que pasé miedo. Y estoy seguro de que no fui el único

sábado, 19 de septiembre de 2009

¿La crisis de hoy o la crisis de ayer?

Mis abuelos jamás tuvieron televisor en su casa. La primera tele en blanco y negro que vieron mis padres, fue la misma que vi yo. Una sola para todos en el salón con dos botones. Uno el de la primera y el otro el de la UHF. Después vino aquella de 21 pulgadas en color. Tenía más fondo que pantalla. Hoy tenemos como poco un par de ellas. Incluso tres. Algunos más. Planas y de cuarenta pulgadas como mínimo. Imagenio, Digital Plus y parabólica con dos millones y medio de canales.
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Mi abuelo nunca supo lo que era el VHS. Mis padres lo descubrieron cuando lo compré yo, aunque nunca supieron utilizarlo. Hoy tenemos deuvedé grabador con 500 gigas, Blue Ray y disco duro multimedia grabador de última generación con hdmi, lector de tarjetas y varios puertos usb.
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Tus abuelos jamás llegaron a ver un ordenador. Tus padres aun alucinan con que tú seas capaz de manejarlo. Tú tienes el de sobremesa, el portátil, el neetbook y una pda. Cuatro llaves de memoria, escáner, impresora, router y un par de cámaras de fotos digitales con tarjetas de 8 gigas. Y lo que salga mañana o pasao.
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Mi abuelo escuchaba las noticias en una vieja radio mono colgada en la pared. Mi padre ponía cintas en aquel radio-cassette. Yo tengo un reproductor de mp3, un Ipod, tres amplificadores de sonido, dos sowbofer, home cinema, tres reproductores de cedé, mini-disc, plato giradiscos, 15 altavoces, dos millones de canciones en un disco duro que por cuestiones lógicas de tiempo jamás escucharé y un armario lleno de vinilos y cedés.
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Los abuelos te escribían cuatro letras cada mes. "Estimados hijos y nieto: solo cuatro líneas. ¿Que tal todo por la capital? Aquí en el pueblo todo bien. Llueve poco y aun tenemos el grano sin recoger. Muchos besos. Los abuelos". Tus padres no te dejaban ni acercarte al teléfono porque aquello salía caro. Y cuidadito con las conferencias. Tú tienes móvil de última generación que cambias cada año, un Iphone, inalámbrico en la sala y 20 megas de internet.
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Tus abuelos jamás salieron del pueblo más que para ir al médico. Tus padres era ese mismo pueblo el único lugar que pisaban en verano. Tú te conoces la cuarta parte de los hoteles y balnearios del país.
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Mis abuelos jamás pisaron un restaurante. Mis padres solo en bodas, bautizos y comuniones. Tú y yo no salimos de ellos. Por cierto... ¿cuando quedamos para comer?
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Tu abuelo viajaba en burro. Tu padre unos días en tren y otros en autobús. Más tarde y con mucho esfuerzo pudo hacerlo en Seat 127. Tu viajas en un Audi A no se qué, con asientos de cuero, gps y dvd. Y si el viaje es largo, dejas el coche en el garaje y te vas en taxi a coger un avión.
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Mis abuelos dormían sobre la paja. Mis padres en un barato Flex que apenas superaba el metro de ancho. Mi mujer y yo lo hacemos en un colchón viscolástico transpirable con vías de entrada y salida multi escape que aun no se lo que es.
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Tu abuelo bebía orujo y vino que hacía él. Tu padre cerveza con gaseosa y vino peleón. Tú, reservas de Rioja y cubatas de Brugal.
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Mi abuelo le cortaba el pelo a mi padre. Mi padre le cortaba el pelo a mi abuelo. Yo voy a la pelu una vez al mes.
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Mi abuelo no tuvo ni un juguete. Mi padre tampoco. Yo cinco o seis. Mi hijo los tiene todos.
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Tu abuelo nunca jugó. Tu padre se subía a los arboles. Tú jugabas conmigo a las canicas, a la peonza y al balón. A tu hijo le has comprado la Play, la Wii y la Psp.
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Mi abuelo no sabía leer. Mi padre compraba el periódico los domingos que madrugaba. Yo me compro revistas de coches, de fotografía, de salud, de informática, de humor y un par de libros al mes.
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Tu abuelo bebía el agua de la fuente. Tu padre del grifo. Tú, Solán de Cabras.
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Mis abuelos jamás tuvieron microondas, ni lavadora, ni lavavajillas, ni aspiradora, ni pañuelos de papel. Tampoco tenedores diferentes para carne o "pa" pescao. Ni siquiera gas en casa y jamás soltaron duro alguno a ninguna Oenegé. Tampoco pisaron en la vida un gimnasio, ni un solarium, ni un spá.
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¿De verdad que esta es la peor de las crisis? Anda ya...!

viernes, 11 de septiembre de 2009

Pobre Don José.



Les presento al Señor Don José. Empresario. Dueño de una importante y conocida empresa de la que no daré datos para no perjudicar su imagen y también para no hacerle una publicidad que de momento ni me ha pedido, ni me ha pagado, elementalmente.
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Hablemos del Señor Don José. Hombre adinerado. Ruin y egoísta. Quizá algo explotador. Padre de dos hijas medio tontas, conocidas en su círculo como "las osea". Vive en un fabuloso chalet en las afueras de la ciudad. Jardín arbolado con piscina. Servicio las venticuatro horas. Segundo chalet en la costa mediterranea. Pero lo usa poco. Le gusta más ir de hotel. A veces Menorca. Otras Ibiza. Italia le encanta. ¿A quién no? Estados Unidos es otro de sus destinos favoritos. Solo por placer. Acostumbra a moverse en un Audi A8. Un cuatro mil doscientos con trescientos y pico caballos. En el puerto deportivo guarda un pequeño yate. También con servicio. Él solo no puede navegar. Tiene tela, pero no es muy listo. Lleva consigo a su patrón. Siempre bien cuidado. Una capa de pintura cada año. La salitres es muy mala para el lujo.
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Al Señor Don José no le iban muy bien las cosas. O eso decía. Se juntó con otros golfos como él con los que jugaba al pádel y al golf y lloraron un poco. El gobierno les ayudó. Les untó con dinerito. Dinerito del tuyo y del mío. De nuestros impuestos. De esos que con talante, amenazan con subirnos. Seguían llorando, pero un poco menos. Seguía viajando, pero solo por placer. No cambió de coche. Siguió con su A8, pero se hizo también con un Mercedes CL. Quería algo grande, pero más deportivo, solo para el finde. Casi veinte kilos. ¿Qué más da?. Durante la semana mejor el Audi. A veces vestía de Armani. Otras de Prada. Pero todo de serie, nunca exclusivo. No era tan importante. Un tipo sencillo, del montón. Así se definía. Que majo Don José. La gente se ríe con él, aunque no tiene ni puta gracia el tío. Será la tela, que hace reir. O el ser pelota. Que majo Don José.
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Poco después dijo no poder seguir adelante. Despidió a 300 de sus empleados. Puta crisis. Que mal trata a los poderosos. Porque los pobres ni se enteran. Si hoy no tiene, ayer tampoco. De seguir así, este año no repetiría ganancias. El pasado fueron 3.000 millones de euros. Este parece que solo van a ser unos 2.300. La diferencia es elevada. Pensará que no le llega pa vivir. Pobre Señor Don José. El gobierno se reune con él. Le promete más ayudas. Él dice que toda ayuda es poca. Que las cosas están mal. Que el gobierno no hace nada. Que el despido sale caro. Hay que abaratarlo. O mejor aun, por si cuela, ponerlo gratis. Y bajar los sueldos. Y subir las horas. Su empresa se hunde. Y nadie le comprende. Los bastardos de sus currelas se manifiestan los martes y los jueves frente a su empresa y la policía no hace nada. ¿Para eso paga impuestos Don José? Y para colmo gritan "readmisión". Como si yo pudiese pagarles tantos sueldos. Son 300 tíos... y cada uno se llevaba de mi empresa 900 eurazos al mes... serán desgraciados. Y solo trabajaban 11 horas al día. Deberían de darme las gracias. ¿Y todos aquellos años, qué? Ahora podrán pasar más tiempo con sus hijos. Si fueron previsores y ahorradores, no tienen de qué quejarse. El hambre con pan se pasa. Serán desgraciados... Que le dejen en paz. Pobre Don José. Tuvo que vender su Audi. Se sentía bajito montado en él y se compró un Porsche Cayenne. Mucho más alto. A donde vas a ir... Desde aquí os veo a todos. Pero Don José no se siente feliz. Las acciones han bajado.
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Pobre Señor Don José. Con los problemas que tiene y el resto de la gente, los currelas, los pringaos de medio barrio, dando tol puto día por el culo. Putos sindicatos. Les comen la cabeza. Pandilla de muertos de hambre. Dichosos socialistas. Acaban con el país. Basurillas de izquierdas. Esto no hay quien lo arregle. Si el generalísimo levantase la cabeza... Me conformaba con Aznar. Ese tipo sí que era serio. Que vuelva la derecha, coño.
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Yo le entiendo, Don José. Es mucha la tensión y usted no lo puede aguantar. Yo tengo el remedio. Le quiero ayudar. Tome, beba de esta, mi botella. Solo un trago. Un trago nada más. Es cianuro. Rico cianuro del bueno. Cianuro del mejor. Tome un trago e invite a sus amigos. Pago yo. Tome un trago y váyase a criar malvas. Solo un trago... un trago nada más.
Con todos mis respetos, que le follen, Señor Don José.




















A Tino, mi compi de currelo. Un tío grande y cojonudo que varias veces me dijo: habla de estos hijos de puta en tu blog.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Una de gallos.



Que las calles están llenas de gallos, es algo evidente. No hace falta que lo diga yo; basta con salir a pasear un poco y observar alrededor. A la mínima que salta, la peña no se anda con chiquitas ni saca a relucir la buena educación que quizá un día le brindaron -o no, quien sabe- sus progenitores, si no que la emprende a bofetones porque sí. Sobre todo con el más débil. Sin más argumento que el que puede ofrecer un encefalograma plano. Pero, igual de evidente, es que siempre o casi siempre hay un roto para un descosido. Y al final, quien a hierro mata... a hierro muere.

El paseo se presentaba monótono, como casi todas las tardes. Gente corriendo. Gente a su bola. Escaparates. Coches pitando. Frenazos. Prisas. Bullicio... Y en esto, se escucha un frenazo más fuerte de lo normal. Les falta poco, muy poco, pero no llegan a tocarse. En uno de los coches viajaban dos personas. Una de ellas, casi un anciano. Curiosamente, el que conducía. En el otro, el de la monumental pirula, viajaba un tipo solo. El típico matón de mala muerte. Un tipo grande, calvo, feo y con cara de pocos amigos, así como del estilo a los hermanos Matamoros o similar, que va y se mosquea porque el abuelo del otro coche, aun con cara de susto, le ha pitado por su hazaña. Y es que han estado a punto de darse una buena hostia. Todo por culpa del soplapollas cachitas, así como de gimnasio de un día sí y el otro también. Lo que hoy denomino yo, todo un "viceverso" Y en esto que mister pirulas, sabiéndose fornido y fortachón, se baja del coche a grito pelao y se dirige hacia el hombre mayor, quien con cara de miedo y el cuerpo temblando, quizá piense en que la ha cagao. Que para qué habrá pitado y todo eso. El cachas le llama de todo y le dice a gritos que le va romper la cabeza. "Hijo de puta", lo más bonito. Y como aquello se llena de curiosos, el muchacho se envalentona un poco más y sube su tono de voz, invitando incluso a apearse del coche al anciano. - Tiene huevos la cosa - comenta alguno de los testigos, que ha olvidado sus prisas y se ha detenido a observar, pero nadie hace nada. Como para hacerlo, después de ver como acaban casos similares. El hombre del coche, aterrado, supongo, intenta seguir su camino, pero aquel mastodonte se pone delante, cada vez más gallo. Y todo por nada, porque el hijo de la gran puta ha sido él, que casi los mata a los dos, pero los gallos son así. Y en esto que le da un puñetazo a la ventanilla donde estaba sentado aquel hombre con cara de miedo, pero por suerte esta no se rompe. Aquella hazaña termina con la paciencia de quien acompañaba al hombre mayor actuando de copiloto, ajeno hasta entonces en la historia. Un tipo más joven y con cara de majo. De buena persona. Como si nunca hubiese roto un plato. Se baja del coche y se dirige hacia el notas casi sonriendo. El gallo se crece y le suelta con rabia que le va a coser a hostias. Pero esto no desanima a aquel poca cosa a seguir acercándose al que no entendía ni de respeto, ni tampoco educación. Y cuando el gallo levanta la mano para sacudirle, no sé ni como ni cuando, el poca cosa con cara de bueno que viajaba junto al anciano de copiloto, le sacude una patada en todo el careto y en esto se saca de no se donde una pipa, le apunta a la cabeza y cambia su cara de majo por otra de capullo en bruto y le espeta: - si vuelves a dirigirte a mi padre otra vez en ese tono, te vuelo la cabeza, trozo de mierda. Y haré lo mismo si otro día te vuelves a cruzar en mi vida -.

La masa de gente se esfuma. Los cuatro que se quedan aplauden. El cara de bueno del fusco se guarda la pipa y vuelve a su asiento. El abuelo sonríe y desaparecen, despacio, con el coche, seguro que pensando aquello de "batalla ganada". Y el notas de la pirula con cierto símil a cualquiera de los Matamoros, oliendo como huelen solo aquellos que se cagan encima, se dirige a la gente y les dice: - llevaba una pistola, llevaba una pistola. ¿Alguien le ha cogido la matrícula? -. Y un testigo de aquellos, también con cara de buena persona, le mira y le dice: - anda y que te den, gallo de mierda!

miércoles, 19 de agosto de 2009

La montaña del adios para siempre.


Con la montaña me pasa como con los toros. O con los encierros. ¿De verdad merece la pena arriesgar al límite tu vida por disfrutar un rato de algo que te gusta? Porque yo muchas veces he pensado: - coño, como me enrollaría volar... ¿y si me tiro de la azotea de mi casa? A lo mejor voy y pillo vuelo -. Pero al final desisto. No porque no me encantase la idea de volar, si no por que probablemente me metería un ostión de campeonato. Que aunque algunos luego juzgaran que "el Salva era la polla porque palmó haciendo lo que le gustaba", como que a mí eso no me va. Ni la polla, ni la repolla. Prefiero ser un mierda y seguir vivo disfrutando de los pequeños placeres de la vida, que jugármelo todo por un rato de orgasmo virtual. Y es que yo me tengo que morir, pero no quiero que sea ni follando ni comiendo chuletón. Y mira lo que gusta... Y al fin y al cabo, cosa parecida hace el yonky y "to dios" quiere sacarle de ese mundo.


Y es por ello que no acabo de entender el empeño de muchos montañeros en jugarse la vida en la montaña. Que sí, que cada uno es libre y hace lo que le sale de la castaña, - aunque el yonky esté peor visto -, pero aquí el menda no lo entiende. Lo curioso es que no puedo evitarlo y me llama la atención, porque de sobra es sabido mi odio hacia el fútbol, pero a diario busco en la prensa noticias sobre la montaña. Y flipo con Edurne Pasaban. Los cojones que le cantan a la tipa. Eso tiene "mérito", entre comillas, claro está, y no darle patadas a un balón. Pero coño, Edurne... ¿de verdad merece la pena? Que la vida es la mejor de las joyas. Y lo más importante: solo hay una. Una para ti y una para mí.


Ahora otra vez en boca de todos. La montaña vuelve a demostrarnos que la naturaleza es más fuerte y sabia que el humano. Y yo la creo. Le ha tocado a Oscar. Oscar Pérez. De Aragón. 32 años. A tomar por el culo. Y quizá más fuerte que su propia muerte - al fin y al cabo murió haciendo lo que le gustaba -, dirá mucho ignorante, puede ser la decisión de suspender el rescate. No me gustaría una mierda estar en el pellejo de Oscar, pero tampoco en el de cualquiera de los miembros del operativo de rescate. Tiene que ser muy duro decidir así. No dudo que ha sido una decisión inteligente. Pero tiene que doler. Aunque mañana volverán a jugarse la vida solo por hacer lo que les gusta. Aunque ello les ayude a morir un poco antes. Coño, les admiro. Les admiro y les respeto un huevo. Pero no puedo comprenderles. Y una vez más vuelvo a hacer incapié en los cinco bomberos muertos hace unas semanas, a los que se les dio mucho menos bombo y de los que ya nadie parece acordarse. Solo sus familias y yo. Unos mueren en acto de servicio evitando males mayores y otros intentando ser los primeros en colgarse medallas de escaso o nulo valor moral.


Lo que sí que me despista bastante, es pensar que en todo el puto globo terráqueo no haya una puta nave, un avión, un helicóptero, un parapente, un misil, una motonabo o qué se yo, capaz de llegar hasta allí. A seis mil y pico kilómetros de altura. Y sin embargo seamos tan listos - algunos, que yo no -, de mandar a tipos al espacio, a la luna, e incluso robotijos hasta Marte o hasta Venus. Como si allí la climatología fuese idéntica a la de Benidorm. Cuanta mentira y cuanta patraña. Pero cada uno que se crea el cuento que quiera.



Aunque no alcance a entenderles, a Oscar Pérez y a todo el equipo humano que hizo todo lo que pudo. Y como no, a esos cinco bomberos.

martes, 18 de agosto de 2009

18 y 19 de Agosto en Lober


Hace ya muchos años, probablemente mucho antes de yo nacer, los días 18 y 19 de Julio se celebraban las fiestas en honor a Santa Marina en el pueblo que vio nacer mi padre. Como aquellas fechas pillaban a los lugareños en plena faena de la trilla, un trabajo duro que ya expliqué en este blog hace tiempo, los mismos vecinos decidieron cambiarlas a los mismos días del mes de Septiembre. Yo solo tuve ocasión de disfrutarlas un par de años y aunque era muy pequeño, recuerdo que aquellas fiestas se basaban en una pequeña verbena en la que con dos músicos era más que suficiente. Uno al tamboril y otro al acordeón. Aunque a veces el acordeón era sustituido por una dulzaina.

A mediados de la década de los ochenta, la gente que un día emigró a diferentes lugares de la península en busca de un futuro algo más prometedor y sobre todo los hijos de estos, entre los que podría incluirme, decidieron cambiar aquellas fiestas de Septiembre al mes de Agosto. La idea partía de una lógica aplastante, puesto que en Agosto el pueblo estaba lleno de gente y en Septiembre, para que andar con rodeos: allí no había más que cuatro gatos. Aun así, a muchos vecinos de aquel pueblo no les gustó nada la idea y durante al menos un par de años, creo yo que más bien por una absurda pataleta que por usar la razón, en aquel pueblo se celebraron dos fiestas. Las de Agosto y las de Septiembre. Unas con todos los veraneantes y aquellos vecinos que entendían el cambio. Otras con los cuatro gatos que no querían o no alcanzaban entender. Siempre bajo el punto de vista de quien suscribe. Al final cedió todo el pueblo y quedaron solo las de Agosto, sin tener nunca claro al finalizar un año, si volverían a celebrarse las del siguiente. El presupuesto era bajo y las orquestas caras.

Y desde entonces, cuento como una docena las veces que he podido disfrutar de aquellas fiestas, que aun siendo de lo más pobre que uno se pueda echar a la cara, para mí son de lo mejor. Guardo infinitos recuerdos de muchos dieciochos y diecinueves de Agosto en Lober. De aquellas verbenas que hoy se hacen sobre un pequeño y a veces cutre escenario y ayer se hacían sobre el remolque de un tractor. De las bombas que nos preparábamos a base de mezclar todo el alcohol que había en el mal llamado bar. De las horas y horas de botellón en el pajar de los abuelos de Juanan y Jose Manuel. De los partidos entre solteros y casados, que para un año que me da por pasar de público a jugar, va Gualter y me jode el pie de un patadón. Del buen rollo con algunos de los miembros de las orquestas, especialmente con aquella del 95, Caribú, y su voz cantante, Rosa Eva, con la que mantuve el contacto durante años, hasta que la distancia y el olvido pesó más que el buen rollo. De los enormes pedos que me pillaba con todos aquellos buenos amigos de medio mundo: Valladolid, Vitoria, Madrid, Zamora, Barcelona... Unos de veraneo en Lober. Otros en los alrededores: Gallegos, Tolilla, Flores, Rabanales o Valer. De amaneceres con resaca entre los montones de paja de la era. Y hasta de lo triste y duro que se hacía el día después, cuando todo se había terminado.

Hoy es de nuevo 18 de Agosto y a pesar de que me hubiese gustado, no puedo estar allí, aunque sé de sobra que a día de hoy ya nada sería lo mismo. Pero como leí no hace mucho no recuerdo donde, "la nostalgia es el patrimonio de los adultos".

viernes, 7 de agosto de 2009

La coctelera de mis vacciones


Cuanta verdad hay en aquella frase que dice que lo bueno dura poco. Aunque luego algún iluminado lo intentase arreglar con aquello de que lo bueno y breve, dos veces bueno. Y así la masa tan contenta. Como aquella de lo del dinero y la felicidad. La felicidad la da la pobreza y el no tener donde caerte muerto, no te jode. Pero bueno, a lo que iba, que me lío y al final para nada.
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Mis vacaciones pasaron casi en un suspiro y hoy ya no son más que un recuerdo. Un bonito recuerdo, eso sí. Diferentes al resto de mis vacaciones. Muy diferentes. Pero no por ello peores, ni mucho menos. Todo lo contrario. Han sido mis primeras vacaciones con mi hijo y he disfrutado un montón con él. Y realmente he hecho todo lo que me ha dado la gana, así que creo haber llegado a la conclusión de que quien dice que un hijo te cambia la vida a peor, o miente o es bobo. Pero bobo con cojones. Claro, que no me he emborrachado ni tan solo un ratito, como me gustaba hacer en años pasados, pero es que tampoco me apetecía, así que sigo haciendo hincapié en que he hecho lo que me ha dado la gana. Estar con mi mujer y con mi hijo. Pasear, salir a cenar, ir a la playa, a la piscina, visitar a viejos amigos, merendar con tíos, primos y demás familia, comerme cientos de helados y beberme docenas de horchatas, mis tapitas, andar en bici y poco más. Vamos, que salvo visitar el barco de Chanquete - es la primera vez que voy a Málaga y no me dejo caer por Nerja -, he hecho lo mismo que hacía siempre. Pero esta vez con mi hijo. Y es que ha sido su compañía la que nos ha marcado esa gran diferencia, no el niño en cuestión.
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Y entre tapita de jibia frita y rebozada y horchata de chufa, fueron muchas las veces que durante mi estancia en Málaga quise escribir en mi blog, pero al final siempre tenía mejores cosas que hacer, aunque entre esas tareas estuviese también el no hacer nada y tocarme la vaina a veinte dedos. Porque ponte tú a pasear el portátil por ahí y a buscar una red wi-fi abierta... Anda ya...! Que prefiero seguir aquí tumbao. Además, como me dijo la extraña pareja de una muy buena amiga mía, ¿a quien coño le interesa leer la opinión de otro? Yo creo que por eso se leen tan pocos libros, pero a mí plim. Así que me quedé con las ganas de dar mi punto de vista sobre aquel muchacho fallecido en San Fermín. Que soy de los que están en contra de los toros, pero a la vez consciente de que sin corridas, estos no existirían. Y cuidadito con comparar la fabulosa vida que lleva un toro de lidia con la macabra de aquella res de engorde, matadero, a la brasa y al plato Que pocas voces se oyen en contra. Que si quieren lo explico mejor, pero a estas alturas queda poco por aprender sobre depende qué cosas. Y no juzgo los encierros, pero ni loco me pongo delante de un toro. Que bastante puta es la vida como para jugarte a los dados la muerte con ella. Que paradojas... Me dejan jugármela delante de un toro, pero no correr con el coche. - Lo malo de correr con el coche no es que te mates tú, si no que mates al que viene de frente -, justifica mi cuñado y razón no le falta, aunque a veces parezca el abogado del diablo. Que sí, coño, que sí, pero cojones, entonces que dejen de tocarme las pelotas con el cinturón y con el casco. Que ese sí que es tan solo mi problema. Tema aparte que también me alucina, es que posiblemente Pamplona sea el único lugar de toda España donde no se suspende un festejo cuando alguien muere derivado de un acto del mismo. En cualquier otro punto del estado hubiesen suspendido las fiestas. En Pamplona suben de nivel. Y a ver si mañana cae otro, coño... A San Fermín pedimos...
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Pero bueno, que coño puedo esperar del humano... El mismo que hace héroe y alaba a cualquier paleto millonario que vista de blanco impoluto, aunque su misión sea solo darle patadas a un balón. Treinta minutos para él de telediario, mañana, tarde y noche y tan solo un par de ellos para cinco bomberos muertos en acto de servicio. Ríete tú de los verdaderos héroes. Pero así es la vida. O así queremos, borregos en masa, que sea.
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Y puestos a mezclar churros con merinas, que es lo que estoy haciendo con esta entrada, que no tiene ni pies ni cabeza, diré un par de cosas que nada tienen que ver la una con la otra. La primera, es que debido a mi mala cabeza, durante mis vacaciones olvidé recargar la batería de mi vieja PDA y perdí un montón de cosillas que tenía preparadas para escribir en el blog. No es que fuesen interesantes, la verdad y menos si tengo en cuenta la opinión de la extraña pareja de mi buena amiga antes mencionada, pero vamos, que a mí me ha jodido. Tendré que empezar de nuevo.
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La segunda tiene que ver con aquella enfermera que la cagó hace unas semanas al equivocarse a la hora de alimentar a un bebé el cual falleció. Políticos, directores, y gallifantes varios corrieron a lapidarla, como si aquello hubiese sido un hecho aislado. Como si la culpa fuese solo de ella y no de quien la puso allí. Como si el sistema, o mejor dicho, la mierda de sistema, fuese perfecto y nunca nadie la cagase. Como si nunca se hubiesen tapado o pasado casos similares por alto. Como si todos fuésemos bobos y tan solo nos preocupasen los goles que va a meter en esta temporada el paleto de antes. Vamos, que aquí un servidor no justifica a la muchacha, pero si buscamos culpables, ella es la que menos culpa tiene de todos los implicados.
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En resumidas cuentas, que este verano me lo he pasado de puta madre. Y todo, gracias a mi hijo. Ah, y también a mi mujer, no sea que luego se me enfade.

viernes, 29 de mayo de 2009

Mes y pico después... casi dos


Ya no se ni el tiempo que llevo sin escribir nada en mi Blog. Bueno, miento, porque en realidad sí que lo sé. Todos lo sabemos. A cada entrada le acompaña su fecha de publicación, pero es que tampoco se me ocurría otra forma mejor para empezar, qué coño. Así que insisto: ya no se ni el tiempo que llevo sin escribir nada en mi blog.
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Digamos que apenas saco tiempo para ello, pues no solo necesito los quince o veinte minutos que me puede llevar el teclear estas letras en un ordenador, sino en ocasiones horas, muchas horas de pensar. Porque ya de ponerse a la faena, hacerlo con fundamento, no? Aunque a veces aun pensando, uno no diga más que tonterías. Pero en un simple blog de un simple mortal, eso es lo de menos.
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Pero las cosas están como están. El papel que desempeño desde hace ya unos meses de padre me roba mucho tiempo. Demasiado. Aunque no sea esta la definición correcta, pues es una tarea que realizo con cariño. Pocas cosas hay más gratificantes que ver crecer a tu hijo. Verle jugar. Dormir. Comer. Sonreír. Hacerse grande. Y luego el trabajo. De noche. Siempre de noche. Soy de ese tipo de gente al que nunca gustó madrugar. Y eso de levantarse después de las 3 de la tarde solo es cosa de artistas de mala vida y de pringaos como yo, pero no me quejo, aunque al despertarme ya haya jodido medio día.
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Pero a lo que iba. Mi absoluto abandono del blog. Que ya me ha supuesto alguna regañina. Como la de la muchacha de Los Viernes Al Sol, que cada vez que me localiza por la red, bronca al canto. Y en este tiempo fueron muchas las cosas que quise contar, pero a veces y aparte de ese tiempo del que uno carece, la falta de inspiración y la forma de abordar ciertos temas, hacen que pase la ocasión. Y aunque vale más tarde que nunca, o eso dicen los remolones, en ciertas cosas el paso del tiempo hace que el producto caduque sin remedio.
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Quise hablar en su momento sobre la recuperación de Jesús Neira, pero hablar de ese gran hombre, suponía hacerlo también de una gran miserable. Y pasé. Quise hablar de Marta, la chica desaparecida de Sevilla, pero me pareció un tema demasiado serio y yo que me caliento enseguida, hubiese jurado más alto que lo que se suele jurar. Y al final la justicia acostumbra a ser demasiado injusta. Y pasé. Quise hablar de la final de la Copa del Rey, pero no de fútbol precisamente, sino de lo hasta los huevos que estábamos aquellos a los que no nos gusta y pasamos semanas aguantando el circo. Y pasé. También con la resaca de aquella dichosa final, quise hablar sobre las críticas que algunos lanzaron contra aquellos que hicieron negocio con la reventa de entradas. Como si el fútbol no fuese ya de por sí un gran negocio. Tiene cojones la cosa. Yo si hubiese conseguido alguna, la hubiese puesto a millón. ¿O es que los futbolistas son hermanitas de la caridad? Ni colores, ni sentimientos, ni pollas. La pela es la pela, cojones. Pero también pasé. Quise hablar de Antonio Vega. Para muchos solo un puto yonki hasta el día antes de morir. Sin embargo el día después era ya un gran artista. Para mí un simple gran músico y compositor. Ayer y hoy. Para otros, una dulce vía de negocio. Libro, disco, deuvedé y la madre que les parió a todos. Putas ratas de cloaca. - País de miserables, mire usted -, por si me lee algún gallifante de la industria. Y también pasé. Aunque mira tú, sin querer, acabo de decirlo todo. Quise hablar de nuevo de la muerte. De alguien que perdió a su padre como yo perdí al mío, pero no me atreví. Y tampoco saqué fuerzas. Ánimo, Silvia. Y quise hablar de otro montón de cosas sin apenas importancia, pero si no tenía que cambiar un pañal, tenía que aprender a jugar. Y si no vete tu a saber el qué, pero siempre sin parar. Pero aquí estoy. Nunca me fui. Y seguiré contando cosas. Aunque a veces no sean más que tonterías.

martes, 31 de marzo de 2009

Lo que me gusta y no regalaré más


Aquella mañana de Reyes de 1.989, mi amigo Xaho me regaló un libro. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer, a pesar de haber pasado ya más de veinte años. Estábamos en el Aitor, una taberna del barrio que parecía nuestra casa. Y es que a cualquier hora del día nos podían encontrar allí. Aquel libro se titulaba "El Profeta" y lo firmaba un tal Gibrán Kalhil. La verdad es que me encantó, pues hablaba de la vida. De la amistad. Del amor. Del matrimonio. De la familia. Del dinero. De los hijos... Aquel libro era una pequeña maravilla y una obra de arte, ameno y de fácil lectura incluso para mí, más preocupado entonces por mis quinitos de fin de semana y por babear por las niñas, que por la literatura. Pero me rendí al regalo de mi buen amigo y en una noche de insomnio me lo leí.

A partir de entonces, me pareció una buena idea seguir con aquella cadena que había iniciado mi amigo Xaho y decidí regalar de vez en cuando El Profeta. Visité varias veces la misma librería de Bilbao y me hice cada una de ellas con un ejemplar, pidiendo que me lo envolviesen para regalo. Y cuando lo regalaba, casi siempre contaba que a mí me lo habían regalado también hacía muchos años. Incluso envié algún ejemplar por correo.
Hace unos días leí algo sobre Gibrán en un periódico y de repente se me vino a la cabeza un curioso detalle: con el paso de los años, he perdido el contacto con todas aquellas personas a las que en su día les regalé el libro. Unos cayeron en el olvido y no tengo forma alguna de contactar. Otros abandonaron mi camino sin decir nada ninguno de los dos al hacerlo y algunos decidieron que yo no era buena persona para seguir queriéndome como un día lo hicieron. Hasta ese momento no me había dado cuenta de ese detalle. Incluso durante la mudanza, me había olvidado de aquel que en Reyes del 89 me habían regalado a mí, así que me decidí a buscarlo. Busqué en mi casa y busqué en la casa de mis padres. Pero no lo encontré.
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Quizá un día vuelva a buscarlo. O quizá no. Porque quien sabe si por estar desaparecido es por lo que aun después de estos veinte años, quien me lo regaló, la única persona que me queda relacionada con ese libro y yo, seguimos siendo buenos amigos.
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Si algún día lo lees, hazme un favor: cuentame si dentro pone algo sobre esto, que yo ya no lo recuerdo. Y si de repente te das cuenta de que ya sabes de quien es ese libro que tenías olvidado y que te dejaron hace tiempo... y que nunca devolviste... no me lo digas. Aunque corres el peligro de que algún día perdamos el contacto. Si es que no lo hemos perdido ya, claro está.

domingo, 15 de marzo de 2009

Nerea

La verdad es que tuve mucha suerte al poder hacer el servicio militar al lado de casa. Tan solo pasé un par de meses dentro de un cuartel militar, donde salvo el capitán de la compañía y un par de sargentos bonachones, el resto de los mandos no  fueron más que una cuadrilla de impresentables, sobre todo uno de los más "pringaos" de todos;  mi cabo primero. Un imbécil de reemplazo al que se le subió el papel a la cabeza de tal forma, que fueron muchos los que juraron partirle la boca en cuanto terminase aquella mierda de mili. Pero de ese soplapollas quizá hable en otra ocasión. Hoy me centraré en Nerea.

Una vez terminados aquellos dos meses de instrucción en un cuartel militar cualquiera, pasé a realizar mi servicio como conductor de ambulancias en la Cruz Roja, institución a la que pertenecía dos años antes y a la que aun sigo unido, aunque últimamente apenas le dedique tiempo.

Aquella tarde era una de tantas y a mí me había tocado hacer guardia en el puesto de socorro de un pueblo de Bizkaia llamado Munguía. No era difícil encontrarme de servicio, ya que al ser militar, las guardias que hacíamos eran en turnos de 24 horas, librando luego otras 24. Corría el mes de Noviembre de 1.990. Una tarde de sábado. Un sábado cualquiera. Tranquilo tal vez. El teléfono que teníamos junto a una vieja emisora de radio frecuencia, por donde también recibíamos los avisos desde el centro coordinador llamado "Sos Deiak" sonó y nos dieron una dirección con un mensaje muy claro: una persona joven herida por arma de fuego. Rápidamente subimos a la ambulancia los tres miembros de la dotación que estábamos a la espera de avisos y nos dirigimos al lugar. Cuando hay armas por el medio, uno hace el viaje más tenso, aunque la verdad es que te vas acostumbrando tanto a todo, que aquella no era más que una urgencia como tantas. También se nota más la tensión cuando te diriges hacia un accidente grave de circulación o hacia un atentado recién perpetrado, pero es lo que hay y cuando decidí entrar en ese mundo, ya sabía con lo que me podía encontrar. Solíamos salir a alguna urgencia entre ocho y diez veces diarias. A veces más, sobre todos los fines de semana. A veces menos. Algunas de ellas podrían incluso no ser tan urgentes como para llegar a movilizar a una ambulancia, pero ocurre que el miedo a la muerte y al dolor suele vencer al sentido común.

Cuando llegamos al caserío que nos habían indicado por teléfono, nos encontramos con una chica jovencita tirada en el suelo, consciente, con los ojos bien abiertos y con un disparo de escopeta en el estómago. El tiro había sido fortuito, sin querer y a simple vista tampoco parecía extremadamente grave, pero elementalmente requería el traslado urgente de la muchacha a un hospital.

Se llamaba Nerea y no dejó de hablar con nosotros durante todo el trayecto. Iba estable, pero he de reconocer que fueron veinte minutos de viaje entre luces y sirenas que a mí, al volante de aquel vehículo, se me hicieron eternos. Al mando de una ambulancia esto sucede a menudo. Desde fuera parece que van como locos. Desde dentro parece que no llegas nunca. Pero eso la gente de la calle no lo sabe. Hay quien se piensa que incluso nos divertimos. Como si jugar a vida o muerte fuese divertido. Nerea nos contó que tenía dieciocho años, solo uno menos que yo en aquellos tiempos y que se estaba sacando el carnet de conducir. Ahora, aquel desgraciado accidente le iba a hacer perder tiempo para poder sacárselo cuanto antes y eso la mosqueaba un poco, pero incluso se lo tomaba a broma, llegando en varias ocasiones a reírse con nosotros tumbada en aquella estrecha camilla.

Una vez en las urgencias del hospital, le deseamos la mejor de las suertes y regresamos a nuestra base. Otras llamadas nos volverían a movilizar y había que estar preparado para cualquier cosa cuanto antes. O en "Estado 2", como se denomina internamente al hecho de que la ambulancia esté lista para actuar de nuevo en su base.

No sé qué fue lo que me llevó a telefonear el lunes siguiente al hospital donde la habíamos dejado ingresada, pues era algo que como profesionales no acostumbrábamos a hacer, pero aquella chica nos había dejado preocupados. Por ello, nada más entrar aquella mañana de guardia y tras comentar la historia con mis compañeros, cogí el teléfono y llamé yo mismo al centro hospitalario.

- Hola, llamo de Cruz Roja Munguía, era para preguntar por el estado de Nerea tal y tal, a la que llevamos el otro día en ambulancia con un disparo...

- Pues está en la planta no se qué, habitación no se cuantos... Un momento , que te paso con la planta.

- De acuerdo, gracias... 

Tras unos segundos de espera en los que ya no recuerdo si fueron silenciosos o acompañados de esa típica y absurda musiquita, cogieron el teléfono en la susodicha planta.

- Hospital tal cual, planta no se cuantos, dígame? -

- Si, buenos días, llamo de Cruz Roja Munguía. Era simplemente para preguntar por el estado de Nerea tal y tal, a la que trasladamos en ambulancia el otro día con una herida de arma de fuego. Nos quedamos preocupados y solo queríamos saber si está bien. 

- Pues mira majo, está muy bien y si Nerea quiere, podéis incluso hablar con ella y todo, así que espera un poquito que la pregunto.

- Hostia, genial - pensé yo, aunque en el fondo he de decir que me daba bastante palo hablar con ella, ya que no me esperaba esto y a ver qué cojones le iba a decir yo ahora a esta completa desconocida. Igual se pensaba que yo era un chalado o algo así. Pero qué va; nada más lejos de la realidad. Nerea se alegró un montón por aquella llamada y por nuestro interés. Me dijo que estaba muy bien, aunque aun tendría que estar ingresada varios días. Y se comprometió a que en cuanto estuviese bien y dejase aquella cama de hospital, nos haría una visita por la base de Cruz Roja y nos llevaría una caja de bombones, unos pastelitos o lo que se terciase. Volvió a darme las gracias y quedamos en que un día no lejano volveríamos a vernos. Y lo mejor de todo, el buen cuerpo que se nos quedó a todos al saber que ella estaba bien. Era un alivio.

Un par de semanas después, tomándome un cafecito en la cafetería habitual, que se encontraba a treinta metros escasos del puesto de socorro, le echaba una ojeada al periódico del día. Al llegar a la sección de necrológicas me encontré con una desagradable sorpresa. Era la esquela de Nerea. Había fallecido. No tenía más que dieciocho años. Uno menos que yo. Me quedé helado. Sin voz y sin ganas de seguir leyendo más. Tampoco de seguir tomándome aquel amargo café, que seguramente estaba dulce, pero amargo como pocos me he tomado en la vida. No la conocíamos de nada pero nos había caído bien. Y se estaba sacando el carnet de conducir. Además había prometido hacernos una visita. Y llevarnos pasteles. O bombones. O lo que se terciase. Poco me importaba lo que fuese. Jamás volví a saber nada sobre ella. Ni un "¿como?", ni un "¿porqué?" del tener que irse. Al fin y al cabo daba igual y ni mis compañeros de ambulancia ni yo éramos nadie para aquella dolida familia, así que para qué enredar más de la cuenta... Y después de todo, a uno tampoco le quedan ganas ni de involucrarse más. Recuerdo mi primer curso de primeros auxilios, donde nos dijeron que jamás nos involucrásemos con las desgracias ajenas, que eso solo podría traernos problemas emocionales. - Esta vida es una puta mierda -, fue la frase en la que coincidimos a decir cuando les conté al resto de mis compañeros cual era el motivo de mi cara al regreso del café. No la conocía de nada, pero algo hizo que aquel día me resultase extremadamente duro y aquella tarde no pude evitar que se me cayesen algunas lágrimas por alguien a quien ni siquiera era capaz de ponerle cara.

No la conocía de nada, pero sé que solamente tenía dieciocho años, que aun guardo aquella esquela y que se llamaba Nerea.


Va por ella. 

viernes, 13 de marzo de 2009

La pasarela del arte y sus tonterías



Comenzaré situando la historia que voy a contar. Bilbao centro. Entre ambas márgenes de la ría Nervión existen varios puentes que unen a la Noble Villa con más de setecientos años documentados de historia. Uno de ellos, de reciente construcción y casi con la misma antigüedad que el famoso museo Guggenheim, culturalmente sobre valorado en exceso, siempre bajo mi punto de vista, recibe el nombre de "Pasarela Zubi Zuri". Este une por encima del Nervión, el Paseo de Uribitarte con la calle Campo Volantín y fue encargado por parte del Ayuntamiento de Bilbao a un arquitecto llamado Santiago Calatrava, excelente personaje según los entendidos en la materia y un gran desconocido hasta entonces para los ciudadanos de a pie que como yo, utilizamos dicho puente, ya sea a menudo o de forma ocasional. Bueno, desconocido hasta entonces y desconocido hasta hoy, pues jamás le he puesto cara yo a este hombre, aunque tampoco es algo que realmente me quite el sueño. .
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El resultado de Zubi Zuri para mí, al igual que para otros muchos de los usuarios de la misma, pasa por ser una pasarela bonita, pero también por ser una gran chapuza. Su suelo, de baldosas de cristal, ha ocasionado numerosas caídas, haciendo casi imposible el paso por el puente los días de lluvia. Y las pasarelas de acceso para minusválidos, tienen tal pendiente, que cualquier persona con una silla de ruedas sin más motor que el de sus propios brazos, se las ve y se las desea para subir o bajar por ellas, convirtiéndose la tarea en algo más propio de malabaristas del Circo del Sol, que de un impedido en su día a día.
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Hace un par de años, quizá tres, el levantamiento de dos torres de viviendas y oficinas junto a la pasarela, a la vez que la completa urbanización del lugar, llevó al Ayuntamiento a encargar la prolongación del puente a otro arquitecto, esta vez uno japonés llamado Arata Isozaki. El mismo que diseñó las torres. Dicha prolongación poco o nada tiene que ver con el puente ya existente de las baldosas de cristal y quizá hasta desentone un poco con el resto de la obra, pero jamás se ha caído nadie al suelo, con lo que se pierde en belleza, pero se gana en servicio al vecino y al turista.
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Elementalmente, al Señor Calatrava esta prolongación diseñada por su colega japonés no le debió hacer ni puta gracia y tras un "rifi-rafe" con las autoridades del Consistorio, con el Señor Iñaki Azkuna al frente, demandó al Ayuntamiento, solicitando ni más ni menos que la cantidad de tres millones de euros en concepto de daños, por vulnerar la propiedad intelectual de su obra sin su consentimiento, reduciéndose tal cantidad a trescientos mil euros si la prolongación de la pasarela era demolida de inmediato. Tras un primer fallo favorable al Gabinete del Señor Azkuna, ahora la Audiencia Provincial de Bizkaia le ha dado la razón a Calatrava y condena al Ayuntamiento junto con la constructora encargada de la obra al pago de treinta mil euros, anteponiendo así y de nuevo bajo mi humilde punto de vista, el arte sobre el sentido común.
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Porque seamos sinceros, cojones, y dejemos las pantomimas a un lado. El puente lo habrá diseñado José, Pepe, Juan o la madre que les parió a los tres, pero su trabajo ya fue abonado en su día y ahora la mierda de pasarela que tan cara nos va a salir, muy bonita, muy de diseño, muchos derechos de autor de los cojones y mucha polla con cebolla, pero de práctica, la mismo que un botijo sin agujeros. Y digo yo, que es como si me compro una camiseta diseñada por la "Puta Doña Inés" y mañana me sale de los cojones cortarle las mangas y ponerle parchecitos de los Iron Maiden y de los Pitufos Makineros. Es mi puto problema. Y mi puta camiseta. Y la Puta Doña Inés a callarse su puta boquita. Que tal y como están las cosas. hasta mi amigo Jose, camarero y propietario del Oli, un lugar pequeñito pero discreto y acogedor donde me gusta tomar café, dice que le vamos a tener que pagar cinco céntimos de más al mes por cada cafelito que nos ponga, en concepto de derechos de autor. Y razón no le falta, porque si Victor Manuel y Ana Belén llevan toda la puta vida viviendo de La Puerta de Alcalá, ¿porque Jose no puede vivir de los cafés que con tanto mimo y cariño preparó ya el año pasado?
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Pero claro, ahí está el hombre, gilipollas de nacimiento, que antepone el arte al sentido común y al factor humano, sin darse cuenta que el arte lo hemos inventado nosotros mismos. Y que el arte está al servicio del ser humano, no el humano al servicio del arte. Y sin hombre, no hay arte. Y siempre con mi eterna duda: ¿qué es el arte? ¿quien decide lo que es arte? ¿lo decides tú o lo decido yo? ¿o lo deciden ellos? ¿y quienes son ellos?. Porque a mí me ocurre que cuando visito lugares de esos llenos de arte, a veces solo me sale: - la ostia... vaya puta mierda! -. Quizá sea un ignorante en la materia, que lo soy. O quizá tan solo sea que no soy tan tonto como para darle importancia a lo que no la tiene. Digas lo que digas, no es más que tu opinión, tan respetable como la mía. Sin más.
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Pero la cosa no acaba aquí, porque no solo rechazo la postura del Señor Santiago Calatrava, que al fin y al cabo solo defiende lo que es suyo, sino que también rechazo la del Consistorio. Podrían haber sido más humildes, pero no, que se note que somos de Bilbao. Y van y se ponen gallos: - Denuncie, Don Calatrava, denuncie, que total, si perdemos, no pagamos de nuestro bolsillo, si no del de todos los bilbainitos. Con tu dinero y con el mío. Y ahora amenazan con recurrir al Tribunal Supremo, que por un lado está bien, pues el Calatrava ese ya me empieza a rayar un poquito, pero por el otro no me acaba de hacer ni puta gracia, pues al final se hace con la tela de todos y como salga mal... Con lo fácil que hubiese sido ejercer una vez más de político: - Si Séñor Calatrava. Perdone Señor Calatrava. Cuanto lo sentimos Señor Calatrava. - Ale, dos palmaditas en la espalda y váyase muy discretamente a tomar mucho por el culo. Ah, y no se olvide de que en Venecia también anda con jaleos, pues según tengo entendido, diseñó otra chapuza similar. Aunque seguro que allí serán algo más listos.
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No obstante, si me tengo que posicionar en toda esta historia, me pongo del lado del Señor Iñaki Azkuna, que para algo somos de Bilbao, cojones.